Enrique de Goycoechea(*)
ARK-CAICYT: https://id.caicyt.gov.ar/ark:/s24690732/tbka8nuax
Resumen
Los objetivos generales del artículo son, en primer lugar, reconstruir el perfil social y la trayectoria iniciática de Ramón Cárcano, dirigente liberal cordobés y referente de la liga dominada por Miguel Juárez Celman durante la década de 1880. En segundo lugar, visibilizar algunas estrategias políticas, desarrolladas con el fin de ubicar en una posición dominante a la dirigencia juarista local del Partido Autonomista Nacional (PAN). La hipótesis de mi trabajo es que lo que distinguió a dicha dirigencia de sus opositores, a la par de una concepción laicista y liberal del Estado, fue una audacia política y económica sin precedentes en la provincia, la cual les permitió lograr una veloz inserción entre la dirigencia nacional del período.
Palabras clave: Ramón Cárcano; Perfil, Trayectoria; Estrategias políticas; Liberalismo.
Trajectories and political strategies. The liberals of Córdoba at the end of the 19th century: the case of Ramón J. Cárcano
Abstract
The general objectives of this article are, first, to reconstruct the social profile and initiatory trajectory of Ramón Cárcano, a liberal leader from Córdoba and a leading figure in the league dominated by Miguel Juárez Celman during the 1880s. Second, to shed light on some of the political strategies developed to establish a dominant position for the local Juárez leadership of the National Autonomist Party (PAN). The hypothesis of my work is that what distinguished this leadership from its opponents, alongside a secular and liberal conception of the state, was an unprecedented political and economic audacity in the province, which allowed them to quickly establish themselves among the national leadership of the period.
Keywords: Ramón Cárcano; Profile; Trayectory; Political strategies; Liberalism.
Trayectorias y estrategias políticas. Los liberales cordobeses a fines del siglo XIX: el caso de Ramón J. Cárcano
“Un hombre, por grande que sea, puede muy poco sin la complicidad y el concurso de los demás” (Cárcano, 1965, p. 161)
Introducción
Este trabajo se desprende de mi tesis doctoral (de Goycoechea, 2022), en la cual estudio el alcance y la densidad de la trama relacional de un sector de la dirigencia liberal cordobesa, dentro de un proceso de modernización económica e institucional iniciado en el último tercio del siglo XIX. En tal sentido, a fin de traducir a dimensiones empíricas medibles las relaciones entre sus miembros, he relevado un universo de correspondencia privada, documentos parlamentarios, universitarios y prensa periódica, al tiempo que he trabajado con herramientas analíticas provenientes de la prosopografía. A este respecto, puede verificarse que, a diferencia de la primera mitad del siglo XIX, en el que las dirigencias provinciales se mostraron reticentes a la conformación de un poder central, casi inmediatamente después de la caída de Juan Manuel de Rosas en la batalla de Caseros, se fue conformando una “sociabilidad política que lentamente dejaba atrás el relativo aislamiento provinciano para converger… en un sistema que articulaba lo local con una dimensión superior” (Míguez, 2012, p. 42) De hecho, de acuerdo con la lectura de Eduardo Míguez (2018), si algo evidencian los ocho años de la Confederación Urquicista es que muestran cómo trabajaron en la construcción de una nación las élites locales (p. 220). Así, el período comprendido entre 1850 y 1880 “fue vital en sí mismo ya que construyó la tendencia, ratificó el rumbo y consolidó la dirección” (Fernández, Pons y Videla, 1999, p. 426).
No obstante, durante la década de 1880, la República Argentina estuvo fundamentalmente dirigida desde un partido que monopolizaba en su interior la vida política e institucional, aunque el PAN distó de ser homogéneo y estructurado. Precisamente, sus miembros, nucleados en torno a los liderazgos de Julio A. Roca y Miguel Juárez Celman sostuvieron una intensa competencia por acceder a posiciones de poder, en una dinámica en la que, como señalara Paula Alonso (2010), los líderes de las dos ligas dominantes del partido desarrollaron estilos de conducción diferentes.
Ahora bien, dentro de un contexto de modernización institucional y económica del Estado, en el que por lo general los juaristas se mostraron más intransigentes que los roquistas, es posible advertir que, aunque ninguna facción rompió con el PAN, “un factor que potenciaba las tensiones entre tales actores, agudizando por ende el faccionalismo interno, era la ausencia de desafíos externos” (Moyano, 2015, p. 128). Efectivamente, cambios ocurridos entre los elencos dirigentes, durante las décadas anteriores, propiciaban dicha situación.
A saber, según Bragoni, Míguez y Paz (2023) la experiencia militar, influyente en la forja de trayectorias, había decaído luego de la Guerra del Paraguay. Igualmente, la injerencia de los sacerdotes en la vida política de las provincias venía disminuyendo desde 1860. Por el contrario, con la consolidación institucional del país, otros capitales, además del económico, entraron a tallar, como el prestigio intelectual y académico. También, coincidiendo con los crecientes atributos de la esfera nacional, en muchas provincias ocurrió un recambio generacional durante la década de 1870, caracterizado por la alta titulación profesional y la juventud de los nuevos dirigentes. Sin embargo, si bien gran parte de los integrantes del PAN eran graduados universitarios, en Córdoba estuvieron secundados por hombres vinculados al comercio o por terratenientes de las áreas que se estaban sumando a la explotación agropecuaria en el sudeste provincial. En tal sentido, la trayectoria de Ramón J. Cárcano, ineludible referente del juarismo cordobés, resulta reveladora en tanto alumbra un conjunto de experiencias, personales y de aliados, que tuvieron lugar en el marco de una exaltada lucha (ideológica, política y económica) por imponerse a un universo de dirigentes que hasta su llegada habían dominado los escenarios políticos locales.
Iniciación política de Cárcano
Ramón Cárcano nació el 18 de abril de 1860. Su autobiografía, así como su producción intelectual descubre, al decir de Adolfo Prieto (1982), “una… manera de mirar al mundo, una destreza para ubicar a los demás y a sí mismo en un orden deliberado” (p. 195), cuya particularidad, además de revelar aspectos centrales del régimen notabiliar argentino, se caracteriza por dotar de carnadura histórica a una serie de nombres, familias y trayectorias que alumbraron el universo de una novel generación dirigencial.
En tal sentido, en primer lugar, no es poco conocido que las élites sociales y políticas, aunque muchos de sus miembros poseían extensos territorios en áreas rurales, estaban fundamentalmente radicadas en las capitales provinciales (Moyano, 2006). En segundo lugar, que ciertas instituciones, como el Colegio Montserrat para el caso de Córdoba, constituían espacios donde se entretejían lazos de camaradería y amistad, dando lugar a futuros vínculos políticos entre la dirigencia del régimen. De hecho, Cárcano conoció en sus aulas a varios de quienes luego fueron aliados cercanos.[1] Asimismo, la Universidad Nacional, representaba un ámbito en el que tales relaciones encontraban la oportunidad de consolidarse. Precisamente, respecto de los momentos iniciales de su trayectoria política, a poco de ingresar a la carrera de abogacía, durante 1878, fue uno de los animadores principales del nacimiento de la Sociedad Literaria Deán Funes, a la que también presidió, con sede en un local que la Facultad de Derecho, por intermedio de Manuel Lucero,[2] había dispuesto para sus reuniones.[3]
A partir de 1879, ejerció la presidencia de la Juventud Universitaria, al tiempo que dirigía las acciones de un grupo de estudiantes que se habían congregado en torno a la candidatura presidencial de Roca, los cuales, en misión de propaganda por el interior provincial, constituían “una fuerza, un poco atrevida e insolente” (Cárcano, 1965, p. 48). Fuerza que, en pocos años, trascendió los límites de la mera insolencia juvenil, llegando a constituir una violenta constelación de jóvenes dirigentes bajo su liderazgo.[4]
Bajo el título: Conferencia en el Club Social de Córdoba, publicó su primer escrito a través del periódico liberal y anticlerical El Interior,[5] puesto que formaba parte de una serie de conferencias brindadas en el marco de las reuniones del PAN, donde “los grandes penates del partido” (Cárcano, 1965, p. 48), lo precedían en el uso de la palabra. Así, como consecuencia de su militancia en pos de los hombres del momento y de su cercana relación con la familia Juárez Celman, comenzó a desempeñarse como secretario de la gobernación de Antonio del Viso. Y al despuntar 1880, a la par que continuó ejerciendo dicho cargo, esta vez con Juárez Celman en el ejecutivo provincial, fue designado profesor del Colegio Montserrat junto a algunos de sus antiguos compañeros de estudio, como el catamarqueño Adán Quiroga y el riojano Joaquín V. González.
En 1882, nuevamente a través de la imprenta del Interior, publicaba su primer ensayo histórico: Juan Facundo Quiroga (simulación, infidencia y tragedia), donde pretendía legitimar históricamente a la dirigencia cordobesa del ochenta, respecto de las familias que habían dirigido los destinos de la provincia con anterioridad a la década de 1870, al tiempo que hacía foco en el protagonismo de parte de las dirigencias provinciales durante la confederación rosista. A partir de la publicación de dicho trabajo, comenzó a cimentar un prestigio académico luego consolidado mediante la publicación de diversos trabajos dentro del incipiente ámbito historiográfico argentino.
En 1883, ingresó a la cátedra de Derecho Comercial de la Universidad de Córdoba, mientras que instaló un estudio jurídico junto a José del Viso (hijo del ex gobernador). A partir de allí, comenzó una duradera sociedad jurídica, política y periodística hasta inicios de la década de 1910. En 1884, Cárcano y del Viso compraron la imprenta de El Interior, y mientras el primero ocupó la silla del director, “por su redacción pasaron los jóvenes Rufino Varela Ortiz, José Figueroa Alcorta, Ángel Ávalos y Evaristo Carriego” (Bischoff, 1980, p. 17). Salvo este último, el resto, además de destacados miembros de las filas juaristas, se relacionaron estrechamente con Cárcano. Incluso, Varela Ortiz y Ávalos, formaron parte de la “liga carcanista”[6].
Sin embargo, el veloz ascenso del dirigente en cuestión distó de ser regla general, sino el producto de una serie de factores que, combinados, resultaron sumamente favorables. De hecho, él mismo era consciente no sólo de su vertiginoso paso por el cursus honorum que pautaba la política del régimen notabiliar, sino de las características del terreno social donde éste estaba ocurriendo, que instintivamente lo obligaba a mantener un perfil bajo por “la mezquindad y contacto continuo de la vida provinciana” (Cárcano, 1965, p. 55).
Ahora bien, esta estrechez de miras de la sociedad local a la que aludía Cárcano, contrastó fuertemente con la capacidad para tejer redes socio-políticas que demostró la dirigencia liberal cordobesa. De hecho, la trayectoria de Cárcano se inscribe, según Agüero y López (2017), en
la creciente gravitación local/nacional de una elite muy compacta, con marcada voluntad de dirigir el curso de la vida nacional y con una vocación de poder que tiende a ser total porque ella misma lo es (concentra los fundamentos del poder social y entiende que deben traducirse en poder político) (p. 137).
Precisamente, la Sociedad Literaria Deán Funes (1878-1883), constituyó un ejemplo paradigmático del
proceso de reestructuración de las élites locales, marcada por la gradual nacionalización de una fracción y por la caída económica… de otras, el de una reorganización de los equilibrios políticos y culturales a escala nacional… así, la alta visibilidad local/nacional adquirida por varios de sus miembros es inseparable de los procesos aludidos (Agüero y López, 2017, p. 136).
En resumen, los años finales de la década de 1870 y los primeros de la siguiente, constituyeron la etapa fundacional de una fuerza local de proyección nacional, con una clara estrategia de entrenamiento político, que articulada en torno a empleos en la secretaría de la gobernación, o en las secretarías y subsecretarías de las dos cámaras provinciales, permitía a los jóvenes juaristas adquirir habilidades y destrezas específicas para la lucha política. Inclusive, el gobierno modificó el horario de atención de sus dependencias para que continuaran sus estudios por la mañana y trabajaran por la tarde. En similar sentido, ingentes recursos financieros destinados a sostener proyectos periodísticos se explican porque la prensa ocupaba un rol central en la formación política de estos jóvenes, “en especial, para su posterior desempeño legislativo, pues en las publicaciones debían mostrar la solidez de sus argumentaciones…” (Vagliente, 2015, p. 119). En definitiva, prácticas todas orientadas a “detectar los talentos de la joven generación que deberá alimentar a los planteles de funcionarios” (Vagliente, 2015, p. 129).
Pero en ciudades como Córdoba, de acuerdo a Fernández, Pons y Videla (1999), la tensión entre viejos y nuevos “fue ingrediente de un proceso histórico que puede remontarse a los años finales de la Confederación y el inicio del Estado nacional” (p. 430). Aunque sus rasgos más distintivos no estaban determinados por la longevidad de unos y otros, e inclusive compartían elementos comunes, como la participación dentro de los aparatos municipales, provinciales y/o nacionales. No obstante, durante el transcurso de los ochenta se produjeron hondas diferencias mediante un conjunto de
mecanismos y estrategias puestos en acción: la audacia para acomodarse a los cambios del mercado, una relación más fluida con el capital extranjero y la construcción de nuevas dinastías que los colocarán en la cúspide de las élites regionales (Fernández, Pons y Videla, 1999, p. 431).
Empero, como miembro del nuevo elenco gobernante, Cárcano demostrará una singular habilidad, ubicándose tempranamente muy cerca de la dirigencia nacional del PAN. Un ejemplo, fue su papel como vocero presidencial en el Congreso Nacional, en el que pronunció un celebrado discurso sobre los territorios patagónicos recientemente incorporados al Estado. Sin embargo, luego no se registran otras intervenciones suyas, pese a que en 1884 accedió al parlamento como diputado nacional, como si en efecto buscara adoptar un bajo perfil. Asimismo, reiteradamente estuvo ausente, pero esto quizá se deba a que en 1885 fue nombrado Ministro de Gobierno del roquista Gregorio Gavier, quien pronto se vio rodeado de un gabinete leal a Juárez Celman.
Otro aspecto destacable en relación a los fructíferos primeros peldaños de su carrera política, es la exitosa labor de propaganda iniciada por él mismo. A saber, la defensa de su tesis doctoral: De los hijos adulterinos, incestuosos y sacrílegos, tuvo lugar en momentos en que el enfrentamiento entre liberales y clericales había llegado a una tensión extrema en el contexto de las discusiones parlamentarias en torno a la sanción de la Ley 1420, que, entre otras cuestiones, promovía decididamente la enseñanza laica. El trabajo de Cárcano, un deliberado ataque a la autoridad moral de la Iglesia, desarrollado con una retórica formidable, vino a colmar el vaso y actuó de disparador de una dura pastoral del vicario Jerónimo Clara, prohibiendo su lectura, la de la prensa liberal y amenazando además con quitarles los sacramentos a los padres que enviaran a sus hijos a colegios estatales, “generando así un entredicho con el gobierno nacional que culminó con la expulsión… del nuncio apostólico…” (González, 2011, p. 7).
Empero, puede advertirse, mediante las fuentes consultadas, la presencia de elementos que permiten adoptar una perspectiva diferente. Es que más allá de su indudable impacto académico, hay indicios de una ponderación desmesurada de los efectos políticos que tuvo dicho escrito. En primer lugar, según Marcela González (2011), “se imprimieron unos tres mil ejemplares de su tesis a poco de haberla defendido” (p. 27). El número, por sí solo, es sorprendente al considerar el reducido círculo letrado cordobés del período. Empero, la impresión tuvo lugar en los talleres gráficos de El Interior, que pertenecía al autor de la tesis. Por ende, es más que probable que el volumen de la edición haya obedecido a la voluntad de posicionarse simbólica y políticamente, lográndolo precisamente porque Cárcano contaba con los medios y los recursos para hacerlo, más allá del interés que despertaba el texto.
En segundo lugar, si bien en su autobiografía afirmó que su trabajo fue “la primera tesis escrita presentada a la Universidad” (Cárcano, 1965, p. 58), los documentos académicos de la época permiten sostener que esto no fue así, y que ese honor le correspondió en verdad a José del Viso, tal como Waldo Ansaldi (1997) advirtió en su trabajo sobre la sociabilidad cordobesa de fines del siglo XIX. Otro dato que proporciona González (2011), es que del Viso fue replicante[7] de la tesis de su amigo, y en al acta antepuso a su nombre el grado de doctor. Por último, aun cuando la tesis de del Viso fue rechazada por el prestigioso profesor clerical Rafael García[8] (el mismo que rechazó al año siguiente la tesis de Cárcano), y que solo pudo ser presentada porque fue apadrinada por Juárez Celman, al igual que la de Cárcano, es difícil explicar que su texto no suscitara la más mínima polémica, siendo que giraba en torno a una temática similar a la de Cárcano, ya que titulada De la libertad de testar, hacía referencia a los derechos sucesorios de los hijos ilegítimos.
Sea como fuera, “la importancia del texto de Cárcano radica… en la dimensión simbólica que adquiere…” (González, 2011, p. 39), en un entorno con tensiones políticas e ideológicas ya instaladas, y en alguna medida coadyuvará a su definición, puesto que su autor ostentaba ya una posición ventajosa dentro de las filas juaristas, tal como me ocupo de profundizar en el próximo apartado, donde las circunstancias del contexto favorecerán a una dirigencia joven, pero ahora en condiciones de dominar el escenario político local.
Cambios en los elencos dirigentes locales
De acuerdo a Laura Cucchi (2012),
La década de 1870 se inició con cambios fundamentales para la política cordobesa. La reunión de la Convención Constituyente y la reforma de la Constitución provincial sancionada el 17 de Setiembre de 1870 resultaron de una importancia capital. Esta nueva Constitución… instituyó el cargo de Vicegobernador, los procedimientos a seguir en caso de acefalía, la regulación del juicio político, el establecimiento de jefaturas políticas y las bases del sistema municipal (p. 60).
Ahora bien, la reunión de la Convención Constituyente, marcó además el fin de anteriores enfrentamientos entre liberales y federales, que “hasta 1877… coincidieron en sus inclinaciones respecto a la política nacional, y apoyaron las candidaturas de Sarmiento y Avellaneda” (Cucchi, 2012, p. 60). Pero cuando Antonio del Viso asumió la gobernación, sectores jóvenes desplazaron a miembros del nacionalismo mitrista[9] de los espacios de poder. No se trató de una generación nueva que aprovechó un vacío de poder para proyectarse, sino que en una serie de maniobras tan audaces como veloces, los recién llegados desarticularon casi por completo la situación previa. En tal sentido, aunque al comienzo el nuevo gobierno apenas se sostuvo en una posición de notoria debilidad, con mayoría opositora en ambas Cámaras y con un aparato administrativo y militar controlado por sus adversarios, llevó adelante una completa reorganización de la estructura de autoridad provincial.[10]
Hechos por los que tanto Juárez Celman como sus aliados fueron descalificados como inexpertos nuevos ricos, recién llegados a la política provincial.[11] Así, el semanario La Carcajada, pese a identificarse con el discurso liberal de un oficialismo que venía a renovar “los aires de sacristía”, no dejaba de hacerse eco de tales consideraciones: “¿Quién no sabe que la mayoría de los que hoy representan á Córdoba en el Congreso son personajes anónimos, sin [mas] antecedentes… que los de haber adulado á los hombres que se han adueñado de Córdoba”.[12]
Asimismo, la oposición insistió reiteradamente en que el inicio de la carrera política de Juárez Celman coincidía sospechosamente con el de su enriquecimiento personal, ya que “es una [excepción] entre los hombres que le han precedido en el mando… una vez que su carrera pública no tiene historia y no data sino de una decena de años”.[13] En síntesis, a su cuestionado origen social, se agregaba el hecho de que el líder juarista se había convertido
en un hombre de fortuna sin más que haber sido ministro, gobernador, senador nacional y recientemente elevado a la presidencia. Y decimos esto porque… no ha ejercido otra profesión ni se le han conocido otros negocios. ¿De qué modo ha obtenido ese capital? ¿Con los sueldos que ha ganado?[14]
Pero, más allá de los sonados casos de corrupción que se denunciaron, de los que Cárcano tampoco quedó al margen, resulta en verdad dificultoso rastrear la trayectoria familiar de notables y dirigentes vinculados a Juárez Celman. Circunstancia de la que Cárcano parece haber sido consciente, puesto que, con una excepcional habilidad narrativa, mediante una extensa producción intelectual,[15] tejió los principales hitos históricos del interior del país con el entramado de las familias de las que provenía la dirigencia liberal juarista.
Por ejemplo, en su texto titulado: Juan Facundo Quiroga (Simulación, Infidencia y Tragedia), publicado en 1882, a la par que expone una sugerente tesis, que aun hoy suscita interrogantes, sobre el asesinato del caudillo riojano, desenvuelve los acontecimientos que motivaron la conspiración involucrando en el relato a algunos antecesores de sus correligionarios. Desarrollando in extenso la revuelta quirogana, que intenta en Córdoba el General Huidobro al regresar de la expedición al “desierto” organizada por Rosas, hará énfasis en el nombramiento de José Celman como Comandante Interino de la Frontera Sur, ocupándose puntillosamente de explicitar la filiación con el futuro gobernador de la provincia y el arraigo del Comandante con la ciudad, ya que se trata del abuelo materno del líder juarista, “el cual es vecino de Córdoba desde 1803” (Cárcano, 1960 [1882], p. 89).
Luego del asesinato de Quiroga, el comandante cumplirá un rol determinante en la detención del coronel Francisco Reinafé, uno de los autores intelectuales del asesinato. Éste, acatará la disposición superior sin observaciones, “Mientras tanto goza de completa libertad… no debe esta franquicia únicamente a su estrecha amistad con el comandante Celman, se sabe que los oficiales… no consentirán la prisión de su antiguo jefe” (Cárcano, 1960 [1882], p. 218-219). Asimismo, Marcos Rueda, abuelo paterno de Pablo Rueda (amigo de Cárcano y miembro de la liga carcanista), también será destacado protagonista de los acontecimientos al “resistir exitosamente, como encargado de los almacenes militares de la provincia, el nuevo intento de asalto de los hombres de Huidobro” (Cárcano, 1960 [1882], p. 87).
Hacia el final de su vida, Cárcano abordó nuevamente este cuidado relato, pero con el fin de entretejer su propia ascendencia con la de las principales familias del ámbito cordobés de la primera mitad del siglo XIX.[16] Y en su autobiografía, quien aparece en primer término es Juan Clemente de Oliva, su bisabuelo, también “amigo de los Reinafé” (Cárcano, 1965, p. 19), ubicando el centro de la actividad económica familiar en el norte provincial, un rasgo constitutivo del poder político local durante la colonia, y cuya continuidad hasta fines del siglo XIX no es difícil de constatar.[17] Según Cárcano (1965), su familia poseía importantes propiedades en San Francisco del Chañar, distrito donde explotaban “campos y ganados familias principales que habitan la capital” (p. 14). Asimismo, su abuelo materno, Francisco Marcos César, era dueño de varias estancias además de un comercio de ramos generales en el pueblo. Factores que lo habían llevado, junto con una larga permanencia en la zona, a ser jefe político del departamento.[18] El respeto a su autoridad era tal, que “Apenas con un sargento y dos gendarmes de policía posee más poder que la Sociedad de la Naciones” (Cárcano, 1965, p. 16-18).
Hasta aquí entonces, parte del entramado familiar por línea materna. Empero, en relación a su padre, la cuestión cambia significativamente, ya que no es posible ir más atrás de la década de 1850. Vinculado a una antigua familia lombarda, en 1849 Inocente Cárcano desembarcó en Buenos Aires como exiliado político, donde a poco de llegar fue contratado como profesor de música del Colegio Montserrat y se trasladó a Córdoba.
Durante la presidencia de Domingo F. Sarmiento (1868-1874), al iniciarse la construcción del ferrocarril Córdoba-Tucumán, renunció a su cátedra en el Montserrat para incorporarse al Consejo de Administración de José Telfener, conocido empresario italiano que tenía la concesión de la obra. Más tarde, Nicolás Avellaneda, quien había sido su alumno en el Montserrat, lo recomendó para integrar una comisión enviada a Londres a efectos de fiscalizar la compra de materiales ferroviarios, siendo designado a su regreso Inspector General de Colonias de la Provincia e Inspector General del Banco de la Provincia de Córdoba. Como “fervoroso partidario de su candidatura a la presidencia de la nación…” (Cárcano, 1965, p. 25), la relación se afianzó durante las visitas de Inocente a Buenos Aires, que tenían por objeto informar a Avellaneda sobre la situación provincial y “solicitar recursos para el Colegio de Montserrat, cuyas finanzas angustiosas estimulan descontentos” (Cárcano, 1965, p. 25).
Pero más allá del relato con que Cárcano pretendiera legitimar el entramado de sus vínculos con el poder político nacional, lo cierto es que, durante la presidencia de Sarmiento, la derrota del caudillo entrerriano López Jordán, repercutió significativamente en las provincias, ya que, a partir de ella, según Hilda Sábato (2012),
el ejecutivo central operó con éxito para desarticular las redes regionales de poder… y consiguió imponer una relación directa y vertical con cada uno de los gobiernos... En adelante, su respaldo estaría orientado a quienes podían asegurar, más que cualquier representación partidaria, la subordinación al poder central (p. 220).
Así, los grupos favorecidos definieron los rasgos de una constelación política nueva, diferente del nacionalismo mitrista y del federalismo caudillista, la cual se manifestó a la hora de la sucesión presidencial.
En efecto, Bartolomé Mitre, continuando con Sábato (2012),
había perdido buena parte de su influencia… como consecuencia de sus dificultades luego de la guerra contra el Paraguay y de las acciones del gobierno de Sarmiento destinadas a renovar las dirigencias provinciales. Estas,… constituyeron el principal sostén de la candidatura de Avellaneda, quien como ministro del ejecutivo… había tejido cuidadosamente una densa trama de apoyos electorales (p. 234).
Pocos años más tarde, aquella nueva constelación política constituyó la Liga de Gobernadores, propiciando el advenimiento del PAN en ocasión de la candidatura presidencial de Roca.
En resumen, para mediados de la década de 1870, ya existían condiciones de posibilidad para que Cárcano ocupara un lugar expectable entre los jóvenes de la alta sociedad cordobesa, considerando la posición social que en términos históricos ocupaba su madre, además de su patrimonio, y la rápida inserción que su padre había logrado entre la dirigencia local y nacional.[19] Justamente, la posesión de un escaso, pero valorado capital simbólico dio la oportunidad a Inocente Cárcano de integrarse a ella. Es que ya fueran porteñas o cordobesas, las élites “nunca recelaron de recibir en su seno a inmigrantes que se iban distinguiendo por el talento o por… la sonrisa de la suerte”.[20]
Sin embargo, un sector de la juventud local provenía de familias que iban a sufrir un rápido, y en ocasiones violento, desplazamiento de las esferas de decisión. En tal sentido, la joven fuerza política que se levantaba a partir de una alianza interprovincial articulada por Roca, se oponía al grupo “estatista”,[21] que constituía la encarnación de las ideas estancadas, y el cual era combatido con éxito por el grupo liberal conformado por los del Viso, Juárez Celman, Bouquet, Figueroa, Olmos y Posse. A los que se sumaba la juventud universitaria presidida por Cárcano, “núcleo de vanguardia extremista, ardiente y violenta, a la cual no se opone una resistencia de la misma naturaleza” (Cárcano, 1965, p. 54).
Efectivamente, en cuanto a los cambios producidos entre los elencos dirigentes, una de las aristas más sobresalientes y que la prensa destacó con insistencia, fue la particular manera en que se produjeron. Si bien no es acertado considerar que la violencia política fue patrimonio exclusivo de la dirigencia en cuestión, sí es factible afirmar, que al interior del PAN existió un grupo, los carcanistas, que desarrolló prácticas de una vehemencia inusitada, aun para los cánones del régimen oligárquico[22]. La Carcajada, semanario dominical de influencia en la provincia, lo expresaba en los siguientes términos:
Los hombres del presente no quieren por nada marchar con los elementos carcomidos del pasado… Esta es la gente que buscan los hombres del presente, gente que donde le digan apunten, hagan fuego. Por eso… cuando hay que llenar el puesto de juez federal u otro que tenga alguna importancia… salen a la superficie entidades á lo Moyano Gacitúa, á lo Figueroa… los hombres que no se han purificado en las aguas del juarismo, son condenados á vivir como un recuerdo de la historia. No sin razón se llaman los regeneradores, los hombres de la Córdoba Nueva.[23]
Asimismo, al tiempo que los medios opositores atacaron recurrentemente al elenco gobernante, es posible identificar, además, por parte de estos, una exaltación a la dirigencia del “pasado”, de una civilidad escrupulosa, contra una dirigencia del “progreso”, del adelanto en “prácticas inmorales”. Aunque aquí cabe advertir, que, si bien entre unos y otros existieron divergencias en cuanto al modo de concebir el ejercicio del poder político,[24] aquella evocación con reminiscencias nostálgicas, oculta mal significativas continuidades en torno a ciertas prácticas políticas que, tal como Míguez (2012) señaló, campearon a lo largo y ancho de la segunda mitad del siglo XIX, particularmente el fraude electoral y la cooptación de adversarios, vigentes ya inmediatamente después de Caseros.
No obstante, no constituye un dato menor el modo en que el juarismo se consolidó en el poder político de Córdoba, no sólo porque lo hizo con una virulencia notoria en relación a sus adversarios, sino también porque en tales prácticas estuvieron involucrados jóvenes dirigentes cuyo protagonismo, años después, tuvo un peso superlativo en todas las esferas del Estado nacional. A este respecto, la prensa insistía en el modo en que la juventud juarista había irrumpido en el escenario local, cuando la noche del veinte de febrero de 1880,
la familia del canónigo Vélez presenciaba… la comitiva libertadora que entró á la imprenta del Eco… Derribaba prensas, tiraba tipos, destrozaba la gran máquina del establecimiento, destruía caballetes… todo fue hecho trizas en medio de un furor salvaje. Era gobernador de Córdoba el Dr. Antonio del Viso y Ministro de Gobierno el Dr. Miguel Juárez Celman.[25]
Inclusive, La Carcajada iba más lejos, sugiriendo una posibilidad que envolvió con un siniestro manto de sospecha al elenco gobernante durante largo tiempo:
Nadie ignora que del Viso... ha sido el alma, la piedra fundamental… puesto que con su [elevación] al gobierno de este pueblo, debido á la “inesperada” muerte del gobernador electo don Clímaco de la Peña el orden actual tuvo base… y si bien al presente el hombre se encuentra poco menos que reducido a cero… esto no quiere decir que no se lo tenga en cuenta por los que manejan la batuta, siquiera sea por lo que aquel hombre pudiera cometer la imprudencia de descorrer el telón… y dejar ver lo que [fue] y á lo que se debió su [elevación] al poder.[26]
Sin embargo, nunca fue hallado indicio alguno que apuntara en la dirección sugerida por la prensa, más allá de que Miguel Ángel Ángulo y García[27] realizara una “denuncia por envenenamiento, supuestamente perpetrado por el autonomismo para abrirse paso a la primera magistratura provincial” (Cucchi, 2015, p. 48).
En definitiva, el ascenso de los liberales comprometerá seriamente la estabilidad en sus más altas esferas, aunque al margen de la audacia política desplegada, otro factor que
parece estar entre las razones de tal fractura entre las viejas élites criollas es la nacionalización política y económica de unos, y la caída de otros… en parte posible por la absoluta falta de sentido provinciano con que esa porción de la elite local encara su nacionalización (Agüero y López, 2017, p. 155-156).[28]
De hecho, dentro de un proceso en el que “los amigos se distancian y se dividen las familias que no tienen la misma filiación” (Cárcano, 1965, p. 48), la renovación dirigencial quedaba finalmente en evidencia cuando en 1884 ingresaba al Congreso Nacional una nutrida camada de diputados de alrededor de 30 años, e incluso, algunos todavía más jóvenes, como Cárcano, quien con sus 24 años aun no contaba con la edad legal para hacerlo. Empero, su diploma era aceptado sin discusiones, y junto con él, en representación de Córdoba ingresaban José del Viso, Pablo Rueda y José Figueroa Alcorta. Y en el mismo período, también accedían a la Cámara de Diputados de la Nación Silvano Bores y Lídoro Quinteros por Tucumán, mientras que Juan Balestra lo hacía por Corrientes, Adán Quiroga en representación de Catamarca y Joaquín V. González por La Rioja. Todos, futuros promotores de la frustrada candidatura presidencial de Cárcano en 1890.
A continuación, puesto que la pertinencia de esta sección ha radicado en visibilizar circunstancias y episodios que consolidaron la posición de Cárcano entre la dirigencia local, me enfocaré en determinadas prácticas y estrategias que resultaban cardinales dentro del repertorio de herramientas políticas disponibles en el régimen notabiliar.
La lucha continuada por otros medios
Las posibilidades para imponerse en la lucha política, no se agotaban en el uso del fraude electoral y/o la violencia armada. Por el contrario, en relación a grupos dominantes, existía una variada gama de recursos, de diferentes alcances, que denotaban su grado de penetración en la esfera del poder local, al tiempo que evidenciaban una inserción institucional cada vez más densa en el aparato estatal a nivel nacional. En este sentido, como indicara Sábato (2012), “la afirmación de un partido dominante fue una novedad. Y también lo fue… la articulación del partido con el entramado institucional del Estado que, si bien tenía antecedentes, alcanzó mayor eficacia a partir de 1880” (p. 308).
Asimismo, las herramientas disponibles, no se utilizaban sólo con el objetivo de desplazar a adversarios o de afianzarse en el escenario político, sino que además permitían cooptar a opositores en provecho del empoderamiento del partido gobernante. En efecto, la oposición no era meramente un obstáculo a ser eliminado, puesto que algunos miembros de ella, ya fuera por el patrimonio económico o por el capital político y relacional con el que contaran, podían contribuir a reforzar la liga o facción dominante, cuestión que parece haberse acentuado con la crisis económica del final de la década, en la que los opositores al PAN eran demandados y “solicitados… por uno y otro bando”.[29]
Un espacio que posibilitó llevar a un tiempo muchas de las acciones arriba mencionadas, entre ellas la obtención de recursos económicos, lo constituyó la Sociedad El Panal. Según María Benedetti (2013), además de rédito político, su fundador, Marcos Juárez, hermano del por entonces presidente, “obtenía del club considerables sumas de dinero… cada socio debía abonar una fuerte suma en concepto de cuota de ingreso que oscilaba entre los $1500 y los $3000” (p. 52). En las reuniones secretas que la logia Piedad y Unión n°34 celebraba en El Panal, tenían lugar juegos de azar, donde “Juárez pedía suscripciones a los ganadores de las distintas mesas…, más diez pesos fuertes por asiento, que se duplicaban pasadas las 2 A.M.” (Benedetti, 2013, p. 53-54). En resumen, el club percibía dinero de todas partes, restaurant, impuestos, cuotas de ingreso, cuotas extraordinarias, fichas de juego y donativos externos. Asimismo, el solo hecho de pertenecer, además de posicionamiento político, “otorgaba carta blanca en los establecimientos de crédito” (Benedetti, 2013, p. 54-55), aspecto en el que Vera de Flachs (1986) también reparara, ya que ciertamente “los miembros del Panal se socorrían mutuamente, además de contar con fuertes sumas de dinero disponibles en los bancos” (p. 12).
Es que el fácil acceso a créditos en entidades bancarias, resultaba sumamente atractivo para la clase política, más allá de las tensiones que la atravesaran. En tal sentido, las actividades que tenían lugar en el Panal, permitían el contacto entre la dirigencia juarista y aquellos que, no siendo parte de ella, deseaban adscribir su pertenencia al club. Por ejemplo, los bailes del Panal eran ocasión para cooptar adherentes seducidos por la promesa de importantes beneficios, circunstancia que la prensa apuntaba oportunamente: “los que hace poco eran opositores ardorosos los vemos ahora alistándose como voluntarios en el cuerpo de blandengues!”.[30]
Pero también ofrecía un ámbito de encuentro para los diversos integrantes de las filas juaristas,
desde los estudiantes que estaban dando sus primeros pasos en política y los miembros de las profesiones liberarles que nutrían el partido, hasta los hombres de acción como Marcos Juárez, que no interactuaban con aquellos en espacios habituales de formación y sociabilidad política como la Legislatura, la redacción de los diarios o las asociaciones universitarias (Cucchi, 2021, p. 213).
En tal sentido, “resultaba central tener una línea de acción que los separara de sus adversarios… imprescindible para mantenerse compactos y conservar la “homogeneidad” del partido”.[31]
Sin embargo, considerando la información disponible respecto de los apellidos que formaron parte del Panal, es factible comprobar que, salvo excepciones, aquellas familias que habían formado parte de los elencos gobernantes anteriores al ascenso del PAN, agrupadas en el Club Social, prácticamente no tuvieron relaciones políticas con los oficialismos juaristas. De hecho, son principalmente miembros del roquismo local los que aparecen cruzando filas. Precisamente, resulta sugerente un suelto del Eco de Córdoba, cuyos lectores pertenecían a sectores clericales, dando cuenta que “Múltiples son los frutos del bando autonomista que… ha escrito en su bandera esta divisa: la cosa pública solo para la facción y los de la facción”.[32] De esta manera, el acceso a diferentes beneficios era atribuido directamente a los miembros del partido, como se lamentaba otro periódico opositor: “Dicha distribución (de créditos) se ha hecho con equidad, pero casi siempre entre los que llevaban el signo de la Santa Federación”.[33]
No obstante, los bancos cumplieron un rol destacado en la cooptación de opositores, que para atraparlos “los situacionistas le pusieron carne en el anzuelo… le abrieron crédito en los bancos… Opositores a Juárez hasta más no poder, llegó un momento en que el roce ofrecía sus ventajas”.[34] Así, otorgar importantes sumas de dinero, fundamentalmente a partir de la promulgación de la ley de Bancos Garantidos en 1887, que habilitaba a bancos provinciales a emitir moneda nacional, permitió al gobierno local contar con una poderosa herramienta de seducción, y a la vez de presión, sobre sus adversarios, puesto que la perspectiva de un rápido enriquecimiento sin dar mayores garantías, a veces, que las de un apellido “respetable”, tenía como contrapartida un compromiso político que a la postre podía resultar altamente costoso.
La Carcajada, atenta a tales cuestiones, afirmaba que los
Bancos… son la base… de los gobiernos de actualidad. Con ellos se desarma a un enemigo con la mayor facilidad, sin necesidad de quemar un solo cartucho… Basta para conseguirlo una esquelita del gerente retirándole el crédito a un individuo y notificándole a otro la urgencia que hay en que liquide su cuenta. Hoy los bancos de estado son una especie de inquisición. Allí se purifican las faltas de fe en el autonomismo que domina.[35]
Vinculando además el endeudamiento de algunos notables con la presión ejercida en favor de los candidatos oficialistas, la revista conjeturaba que sus firmas eran puestas “abusivamente en una esquela de invitación, en un documento de adhesión… cuando sabe que, si de ello protesta, en seguida el banco lo llama a cuentas”.[36] A este respecto, es al menos sugerente el documento de adhesión[37] a la candidatura presidencial de Roque Sáenz Peña por el Partido Modernista en 1892, ya que es dificultoso hallar algún indicio claro que explique por qué junto a las firmas de conocidos juaristas se encuentran las de no pocos roquistas. El dato despierta interrogantes, ya que Sáenz Peña era firme opositor a Roca. Inclusive, a pesar de la fuerte polarización ideológica entre sectores católicos y la dirigencia liberal, en dicho documento también se hallan rúbricas de destacados dirigentes clericales, quienes no desconocían que una victoria del modernismo significaba la continuidad de los juaristas en el poder provincial.
Asimismo, aunque es pertinente mantener cautela en relación a la información vertida en las páginas de la prensa política, resulta imposible soslayar la recurrencia de los artículos que aluden a estas prácticas, sin olvidar el sutil detalle de que en ese momento Figueroa Alcorta se desempeñaba como Ministro de Hacienda e Instrucción Pública de Córdoba.[38]
No obstante, no es menos cierto que miembros de la Iglesia sostuvieron relaciones estrechas con los juaristas. Un caso notorio fue el del Obispo Toro a quien, de hecho, llamaban, el obispo del Panal. Incluso, en la pastoral que leyó al asumir el obispado, no tuvo reparos en reconocer su cercanía al gobierno de Marcos Juárez.[39] Otro ejemplo, paradigmático, lo constituyó la amistad que la familia Juárez cultivó con el conocido sacerdote Gabriel Brochero, de la cual la prensa no dejó de hacerse eco, habida cuenta de lo que las gobernaciones cordobesas del ochenta representaban para la Iglesia: “Si el doctor Juárez es un anticristo ¿cómo es que sacerdotes tan recomendables como el cura Brochero se manifiestan tan contrarios en ese sentido?”.[40] Desde Buenos Aires, con similares argumentos, Sud América (periódico del juarismo) se apresuraba a publicar el telegrama de Brochero saludando al presidente en su cumpleaños:
[Felicitote] en este día, en tu corta vida eres viejo ya por tus servicios al país; que los años que sigan sean siempre felices y los utilices para tu patria como los que han pasado. Mi saludo á Elisa y un abrazo cariñoso para ti. Tu cura que te visitará.[41]
Otro dato, por demás relevante, aunque por obvias razones jamás cuestionado por opositores, es que nunca dejaron de otorgarse donaciones a órdenes religiosas que administraban colegios, orfanatos, nosocomios y asilos, aun cuando las disputas entre autoridades eclesiásticas y el partido gobernante, a causa de las reformas laicistas, desembocaran en la ruptura de relaciones con el Vaticano. De hecho, la solicitud de dichas asignaciones monetarias a la legislatura provincial, eran moneda corriente en el orden del día de sus sesiones, y solían votarse sobre tablas, al igual que la cesión de terrenos para instituciones religiosas. Precisamente, las tensiones entre el oficialismo liberal y la oposición clerical, “difícilmente se vean en el balance de las transacciones políticas… o en los subsidios estatales que siguieron otorgándose a las entidades religiosas” (Vagliente, 2015, p. 192).
Ahora bien, a medida que el juarismo se debilitó, algunos prestigiosos notables, originalmente adversarios del PAN, fueron convocados a ocupar cargos cuyo nombramiento dependía del Ejecutivo provincial. Por ejemplo, a fines de la década, La Carcajada anunciaba la designación del médico católico Nicolás Berrotarán como director de un importante hospital provincial, destacando su no pertenecía “al grupo situacionista”.[42] Este episodio fue muy comentado, ya que “a causa de haber apoyado abiertamente la fuerte pastoral del Obispo Clara contra la sanción de la ley 1420, Berrotarán había sido separado de su cátedra… por orden del entonces Ministro del Interior, Eduardo Wilde” (González, 2011, p. 33).
De este modo, el oficialismo buscaba moderar tensiones en momentos en que la relación de fuerzas entre el partido gobernante y sus opositores comenzaba a redefinirse,[43] preanunciando una tendencia acentuada durante el siguiente decenio, tanto en el plano discursivo, como en el de las prácticas políticas, y que operó en favor de la construcción de consensos entre la dirigencia del PAN y notables clericales, a fin de asegurar la gobernabilidad de la provincia para la primera, y el acceso a posiciones anteriormente vedadas para los segundos.
Otro factor, de mucho peso, que permitía preservar y/o ensanchar posiciones de poder, era el acceso a puestos que garantizaban control no solo dentro del partido gobernante, sino también sobre los adversarios. A este respecto, paradigmática fue la gestión de Cárcano como Director General de Correos y Telégrafos, repartición que constituyó un dispositivo nodal del sistema político del período, ya que desde allí era posible fiscalizar y controlar las comunicaciones que circulaban entre dirigentes y empresarios a lo largo y ancho del país. Desde luego, Cárcano no fue el primero en ejercer tales prácticas. Incluso, el periódico porteño La Nación, insertaba habitualmente en sus columnas reclamos entablados por corresponsales del interior, que denunciaban
la fiscalización, supresión y alteración de los despachos telegráficos llevados á cabo por empleados de esa administración al hacer la transmisión de aquellos á su destino. Si el telégrafo y el correo se han de convertir en un verdadero espionaje… ¿Qué confianza puede tener el público?[44]
Sin embargo, la prensa porteña subestimó al joven ministro. La Nación dudaba de su competencia para desempeñar el puesto. Pero para la prensa local, que lo conocía mejor, los metropolitanos ignoraban que “El ministro Cárcano tiene competencia hasta para dirigir el observatorio astronómico. Ya verá La Nación el movimiento que imprime el incapaz… Cárcano es una novedad contemporánea”[45]. Efectivamente, ni bien desembarcó en Buenos Aires, hizo uso discrecional de todos los recursos a su alcance. Así, se encargó de seleccionar a los agentes cuyo control era clave en las provincias donde las ligas opositoras tenían sus baluartes. En Córdoba, nombró personalmente a los “administradores de correos” en treinta de las treinta y cinco localidades que contaban con el servicio, aumentando al mismo tiempo el sueldo de los empleados ya existentes. Designó además a los jefes de 1° y de 2° clase, a los guarda hilos y a los mensajeros.[46]
Tan seguro estaba de controlar los dispositivos que permitían una intervención eficaz, que desafió abiertamente a La Nación a presentar casos concretos que comprobaran las acusaciones sobre la violación de la correspondencia privada. Empero, a instancias de Bartolomé Mitre, a la sazón su director, el diario respondió al desafío publicando diariamente, durante varias semanas, “casos concretos” en los que la correspondencia, o no llegaba a destino, o presentaba signos de haber sido manipulada.
En resumen, el acceso a una amplia gama de recursos, su uso discrecional y el control de posiciones claves dentro del Estado, confirieron a Cárcano y sus aliados una extremada confianza en el desenlace exitoso de sus acciones. No obstante, en virtud de la posibilidad de establecer “una directa relación entre los objetivos de alcanzar nominaciones, victorias electorales y estabilidad para ejercer el poder, y la influencia del fraude, la coerción, el clientelismo y el voto de opinión” (Moyano, 2010, p. 89), considero que el factor sobresaliente en el accionar de Cárcano, lo constituyó el permanente uso de variados elementos de coerción. Es más, a la hora de lograr la candidatura presidencial de su líder, fue superlativa la dimensión que adquirió el uso de la fuerza por parte de la liga carcanista. Empero, la contracara del uso indiscriminado de dichas herramientas fue un progresivo aislamiento de los dirigentes juaristas, a la par de la acelerada pérdida de legitimidad del Ejecutivo federal, componentes que se sumaban al distanciamiento entre Juárez Celman y Roca. De esta manera, roquistas, juaristas y carcanistas, se precipitaron indefectiblemente hacia un final de época que, aunque preanunciado por diversos actores, no por eso dejó de ser menos disruptivo.
Conclusiones
Entendiendo al liberalismo como una cultura política dominante del último tercio del Siglo XIX, he pretendido asir algunas particularidades que lo agitaron en tanto tuvo lugar dentro de un orden político cuya manifestación en el territorio nacional desplegó variaciones en los espacios provinciales del periodo. De este modo, mediante un estudio de caso he buscado caracterizar una forma de construir poder considerando el perfil, los rasgos y las habilidades de los individuos que conformaron el personal de las agrupaciones dominantes del PAN en Córdoba. Así, la trayectoria de Cárcano se inició dentro de un proceso político que permitió acceder a posiciones de poder a un grupo de jóvenes provenientes de familias tradicionales del medio cordobés que, mientras transcendían rápidamente los marcos de acción locales para desenvolverse en la esfera nacional, promovían una radical transformación económica e institucional del Estado. Efectivamente, aunque los elencos gobernantes del ochenta poseían rasgos en común con los antiguos grupos dirigentes, tales como orígenes históricos y familiares, espacios de socialización y actividades productivas legatarias de la colonia, la trama vincular del juarismo, a nivel local, tuvo origen a lomos de nuevas lógicas económicas y a partir de una toma de posición en común dentro de un contexto de fuerte polarización ideológica, que, de hecho, ofrece claves para comprender la experiencia republicana moderna.
En tal sentido, instituciones como la Universidad y el colegio Montserrat, junto con el surgimiento de diferentes clubes y asociaciones estimularon el desarrollo de procesos identitarios y la constitución de un complejo arco de solidaridades que, entre otras cuestiones, permitió sortear con relativo éxito las posteriores impugnaciones al régimen notabiliar. Inclusive, hay claras señales que indican que la masonería jugó un papel nada desdeñable.
En cuanto a las herramientas utilizadas para desplazar a los adversarios y conquistar el poder político, consolidarlo y expandirlo hacia la esfera nacional, las mismas eran múltiples y de diversa índole, y su utilización dependía de la coyuntura y de los objetivos trazados. A saber, si bien las armas eran parte del repertorio político del período, los jóvenes juaristas no titubearon en escarmentar a sus opositores mediante el ejercicio de una violencia política que, además, pareciera haber constituido un modo de probarse y de obtener el reconocimiento de propios. Respecto de los drásticos cambios en las autoridades policiales, jefaturas políticas departamentales, guardias nacionales y el poder judicial, son conocidas sus diversas funciones para garantizar la gobernabilidad o la permanencia en el poder de los oficialismos de turno, entre ellas, la intimidación y/o la abierta participación en la represión de adversarios, el control de comicios y actividades de espionaje. Por otra parte, es indudable que más allá de sus funciones específicas, la Oficina de Correos y Telégrafos fue utilizada como un ámbito clave en el control del flujo de las comunicaciones. En este sentido, he dado cuenta del meticuloso cuidado con que Cárcano llevó adelante su gestión al frente de ella.
La cooptación de adversarios podía llevarse a cabo por diferentes razones. A veces, obedeció a la propia dinámica entre las distintas facciones y/o camarillas existentes dentro del PAN, pero ya fuera porque contaran con cierto prestigio o dispusieran de algún recurso indispensable para la lucha política, eventualmente también se facilitó el ingreso a su interior de dirigentes originalmente opositores al partido gobernante, una tendencia acentuada con la agudización de la crisis política y económica que desembocó en el final de la presidencia de Juárez Celman. Sin embargo, la cooptación a veces pretendió llevarse adelante mediante mecanismos poco convencionales, como lo fue la distribución de recursos económicos mediante créditos de fácil acceso, o bien por la presión ejercida sobre adversarios endeudados con entidades bancarias cuyos directorios estaban en manos del oficialismo. A este respecto, aunque es prácticamente imposible verificar su efectividad con las fuentes disponibles, es factible interpretar que prácticas de tal naturaleza conllevaban efectos disuasorios en relación a las acciones que pudiesen poner en marcha dirigentes y/o empresarios rivales de los gobiernos de turno.
Asimismo, en el caso de la dirigencia juarista de Córdoba, y pese al discurso laicista promovido por el PAN, durante la década del ochenta existieron notorias vinculaciones con influyentes miembros del clero y/o dirigentes vinculados a la Iglesia, al tiempo que se verifican otorgamientos de subsidios o la sesión de terrenos a órdenes religiosas, una forma de legitimar a los elencos gobernantes en el ámbito de la sociabilidad cordobesa, orientándose también en el mismo sentido designaciones de familiares de dirigentes opositores en establecimientos escolares. Después de todo, que los dirigentes cordobeses del PAN fueran laicistas, de ninguna manera implicaba el ateísmo, sino más bien un posicionamiento respecto del rol institucional del Estado. Es más, todos, sin excepción, provenían de familias católicas y participaban de los sacramentos religiosos, e incluso el propio Cárcano se encargó de manifestar su pertenencia a la fe cristiana.
La prensa adquirió importancia como órgano de propaganda del partido, configurando un espacio en el que cristalizaron conflictos en torno a disputas ideológicas y ambiciones personales. En Córdoba se destacaron los miembros más jóvenes de la liga juarista, que utilizaban las redacciones de los periódicos locales como peldaño fundacional de sus carreras y como espacio para la construcción de vínculos, como por ejemplo Ramón Cárcano y José del Viso, quienes llevaron adelante una intensa labor en favor de los intereses de las dirigencias liberales. Asimismo, el primero pretendió dotar de anclajes históricos a los nóveles elencos gobernantes a partir de una producción intelectual que visibilizaba el protagonismo de sus antepasados en las luchas políticas del siglo XIX por la organización nacional.
Fuentes
Diarios y publicaciones del período
El Eco de Córdoba, Córdoba (HBM-UNC)
El interior, Córdoba (HBM-UNC)
El Porvenir, Córdoba (HBM-UNC)
La Carcajada, Córdoba (HBM-UNC)
La Conciencia Pública (HBM-UNC)
Sud América, Córdoba (AGN)
Acta de sesiones Facultad de Derecho (UNC): 1881-1885
Carpeta: Gobierno II. Tomo 6: Correos y telégrafos (AHPC)
Diario de Sesiones (Cámara de Diputados de la Nación: 1888/1889) (ALC)
Manuscritas
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Archivo Figueroa Alcorta (AGN)
Colección Manuel Espinosa (AHPC)
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Recibido: 11/04/2025
Evaluado: 03/06/2025
Versión Final: 19/06/2025
(*) Licenciado en Historia; Doctor en Historia (Universidad Nacional de Córdoba. UNC). Docente de la Escuela de Historia (UNC). Argentina. Email: [email protected] ORCID: https://orcid.org/0000-0001-7397-7232
[1] Como sucedió con José del Viso, Pablo Rueda, Manuel Espinosa, José Figueroa Alcorta y el conocido jurista Cornelio Moyano Gacitúa.
[2] Rector de la Universidad, masón y miembro de lo que Liliana Chávez (1997) denominara el “círculo de Del Viso”, en el cual “se destacaba el elemento profesional universitario... junto con políticos de vieja trayectoria y reconocida convicción liberal” (p. 147).
[3] Su reglamento prohibía la actividad política militante, pero promovía abiertamente el librecambio y una marcada orientación laicista. No obstante, según Agüero y López (2017), sus miembros compartían con los sectores clericales la tendencia a retraerse al estamento de clase y la concepción de una correspondencia entre poder social y político (p. 139). Factores que, según José Luis Romero (1986), indicaban una arraigada permanencia, en las elites locales de fines del siglo XIX, de una percepción señorial de la vida legataria de la colonia.
[4] Son conocidas las revueltas de Tucumán (1887) y de Mendoza (1889), así como la destitución de Ambrosio Olmos de la gobernación de Córdoba (1888), llevadas adelante en nombre del unicato juarista y a fin de desplazar a Roca de la presidencia del PAN. Al respecto véase Alonso (2010); Cucchi (2021) y de Goycoechea (2022).
[5] Fundado y dirigido por el roquista Benjamín Posse, tuvo por objeto legitimar el advenimiento del PAN y la candidatura presidencial de Roca. A partir de 1880, pasó a ser el órgano de prensa oficial del gobierno de Juárez Celman.
[6] Considerando lo señalado por Martín Castro (2012), la denomino así porque “las Ligas dominan el panorama de la política nacional hasta comienzos de la década de 1890 (dado su rol clave en el reclutamiento de apoyos provinciales a los candidatos presidenciales)” (p. 40). En tal sentido, la liga carcanista alcanzó entidad política durante el último bienio de los ochenta.
[7] También lo fueron Filemón Posee, su primo Justino César y su amigo Cornelio Moyano Gacitúa, que, aunque dirigente fervientemente católico, fue cercano a Cárcano toda su vida. Factor que, entre otros, da cuenta que la distancia entre clericales y liberales nunca fue insalvable ni mucho menos definitiva.
[8] del Viso apeló la decisión del profesor García, la cual fue revocada por el Consejo de la Facultad de Derecho en la sesión del 1° de diciembre de 1883 [Archivo Facultad de Derecho (UNC): Actas de sesiones 1881-1885, fs. 198 y 199].
[9] El término alude a sectores agrupados bajo el liderazgo de Bartolomé Mitre, referente de un proyecto político de corte más centralista.
[10] El gobierno de del Viso “sustituyó autoridades en 16 de los 21 departamentos de campaña... Designó nuevas… jefaturas políticas y comandancias militares y procedió a una completa reorganización de la Guardia Nacional… ” (Cucchi, 2015, p. 73-77). En 1885, para fortalecer el control de adversarios en la capital, sumó la creación “de una fuerza represiva secreta, policial, distinta a la de sus antecesoras” (Vagliente, 2015, p. 203).
[11] Pese al discurso de la prensa opositora, dirigentes liberales de peso, como Antonio del Viso, Carlos Bouquet y Filemón Posse, poseían una extensa foja de servicios como funcionarios de la Confederación Urquicista (Cárcano, 1965, p. 75-76).
[12] La Carcajada, Córdoba, 29/05/1887, Hemeroteca Biblioteca Mayor –Universidad Nacional de Córdoba. En adelante HBM-UNC.
[13] La Carcajada, Córdoba, 14/04/1889, HBM-UNC.
[14] La Carcajada, Córdoba, 23/01/1887, HBM-UNC.
[15] Para una aproximación a la obra de Cárcano, y sus vinculaciones con el régimen de historicidad del orden notabiliar argentino véase de Goycoechea (2017).
[16] La pertenencia de Cárcano a las viejas élites criollas viene por vía materna. Y “si algo expresa la gravitación del linaje criollo en éste… es ese largo rodeo en torno a las estancias norteñas, que hacen de manera propiamente estanciera (él o Miguel Ángel, su hijo)” (Agüero y López, 2017, p. 135-157).
[17] Continuidad y convivencia con las dinámicas que la modernización institucional y los cambios del mercado internacional imprimieron a las viejas élites cordobesas. Es que efectivamente, una fracción de éstas, al tiempo que conservó sus propiedades en el norte cordobés, desplegó nuevas estrategias políticas, entrelazadas con tácticas de adaptación económica sobre extensiones de tierras “vacías” incorporadas al Estado en el sudeste provincial.
[18] Según Norma Pavoni (2000) se trataba de miembros de las clases propietarias, antiguos comandantes militares de campaña y/o jueces (p. 132-137). Cucchi (2015), señala que, a partir de la reforma de 1870 a la constitución de Córdoba, “los requisitos para ser designado jefe político coincidían con aquellos necesarios para ser senador provincial: ser ciudadano, mayor de 30 años y con una renta anual de mil pesos fuertes” (p. 77).
[19] Agüero y López (2017) consideran que, si hay algo que “evidencia el éxito de la inserción por vía matrimonial de Inocente Cárcano dentro de las elites criollas, es la muy consolidada posición de su hijo en los años setenta” (p. 157).
[20] Manuel de Oliveira Lima (1920, pp. 60 y 84) en Losada, 2005: 390.
[21] En el que destacaban particularmente las familias Allende, Vélez y los Peña.
[22] Por ejemplo, además de las ya aludidas revueltas tucumana y mendocina, véase Cucchi (2015) en lo atinente al uso de la violencia armada como forma de validar credenciales de pertenencia a las filas juaristas.
[23] La Carcajada, Córdoba, 30/01/1887, HBM-UNC.
[24] De hecho, Cucchi (2015) y Castro (2017) analizan la dificultosa convivencia de distintas formas de intervención política en el ámbito legislativo, la prensa y las manifestaciones públicas.
[25] El Eco de Córdoba, Córdoba, 31/01/1885, HBM-UNC. Luego de estos episodios, sus participantes, lejos de ser sancionados, solían ser ascendidos a la oficialidad de la Guarda Nacional o candidateados en elecciones legislativas, lo que lleva a Cucchi (2021) a plantear la posibilidad de que “esos eventos violentos pudieran constituir ritos de pasaje de lugares menores a otros de mayor protagonismo” (p. 203).
[26] La Carcajada, Córdoba, 20/11/1887, HBM-UNC. Al asumir la gobernación, el deceso inesperado de Clímaco de la Peña dejó expedito el camino a su vicegobernador Antonio del Viso.
[27] Escribano del Juzgado Federal. Diputado provincial entre 1877 y 1878, lideró la oposición en el recinto legislativo. Organizó y participó del alzamiento que intentó impedir el ascenso de Juárez Celman a la gobernación.
[28] Considerando tal razonamiento, no constituye un mero detalle narrativo el modo en que Cárcano (1965) reflexionaba acerca de su ascendencia: “Siempre es agradable conocer los antecesores, pero es mejor no necesitar antecesores y llevar en uno mismo todo el valor humano” (p. 23). Es más, desde 1887 Cárcano vivió en Buenos Aires, retornando a la ciudad de Córdoba al asumir su primera gobernación en 1913.
[29] La Carcajada, Córdoba, 25/11/1888, HBM-UNC.
[30] La Carcajada, Córdoba, 04/11/1888, HBM-UNC.
[31] Gregorio Gavier a Juárez Celman, 28/05/1885 [Archivo General de la Nación (AGN): Archivo Juárez Celman, leg. 1965].
[32] El Eco de Córdoba, Córdoba, 16/01/1885, HBM-UNC.
[33] El Porvenir, Córdoba, 12/02/1888, HBM-UNC.
[34] La Carcajada, Córdoba, 04/05/1890, HBM-UNC.
[35] La Carcajada, Córdoba, 12/01/1890, HBM-UNC.
[36] La Carcajada, Córdoba, 12/01/1890, HBM-UNC.
[37] Existe un telegrama dirigido a Sáenz Peña, donde pueden leerse las firmas de los adherentes del PAN cordobés a su candidatura: “Carlos Tagle; Juan Carlos Pitt; Mariano Goicoechea; José del Viso; Javier Lascano Colodrero; Luis Revol; Clemente Villada; Francisco Allende; Francisco Yofre; Ernesto Bancalari”, entre otros. [Archivo Histórico de la Prov. de Córdoba (AHPC): Col. Manuel Espinosa, Caja 1, Sobre I, Inv. 13001439].
[38] Cargo que ejerció desde el 02/01/1891 hasta el 16/05/1892 [AGN: Archivo Figueroa Alcorta, leg. 1].
[39] La Carcajada, Córdoba, 08/09/1889, HBM-UNC.
[40] La Carcajada, Córdoba, 07/10/1888, HBM-UNC.
[41] Sud América, Córdoba, 29/09/1887, AGN.
[42] La Carcajada, Córdoba, 07/07/1889, HBM-UNC.
[43] Me permito inferir que, con similar objetivo, se orientaron algunos nombramientos de maestras, inspectores y directores de escuela emparentados con dirigentes opositores [Archivo Legislatura de Córdoba (ALC): Diario de Sesiones (Cámara de Diputados de la Provincia), años 1888 y 1889]. Es decir, un intento de fidelizar adversarios durante la crítica coyuntura previa a la caída de Juárez Celman.
[44] La Conciencia Pública, 29/12/1884, HBM-UNC.
[45] La Carcajada, Córdoba, 17/04/1887, HBM-UNC.
[46] AHPC: Carpeta: Gobierno II, 1888, Tomo 6, Correos y Telégrafos.