La guerra de Malvinas en la Norpatagonia: experiencias de soldados conscriptos de la Primera sección de abastecimiento y de vecinos en San Antonio Oeste (Río Negro)

 

Carlos Sebastián Ciccone(*)

 

ARK CAICYT: https://id.caicyt.gov.ar/ark:/s24690732/174zkkfeh

 

Resumen

 

Pese a estar ubicada al norte del paralelo 42°, la ciudad rionegrina de San Antonio Oeste vivió la guerra de Malvinas de una manera particular: incluida dentro del Teatro de Operaciones Sur y en tanto último punto de arribo de los trenes en el litoral norpatagónico, se convirtió en asiento de la Primera sección de abastecimiento, grupo dedicado a brindar atención a cientos de soldados que por allí pasaron con destino a las bases continentales del sur y a Malvinas. Poco se conoce sobre este rol de San Antonio y la experiencia de los soldados que ahí se establecieron. Ante tal vacancia, y valiéndonos de los aportes de la historia sociocultural de la guerra, la historia regional y la historia reciente, nos proponemos reconstruir y analizar las perspectivas y experiencias de los soldados conscriptos de la Primera sección de abastecimiento y de vecinos de San Antonio Oeste durante la contienda. El corpus documental se compone de documentación gubernamental y militar, entrevistas a vecinos y soldados asentados, quienes brindaron su testimonio y sus archivos personales.

 

Palabras clave: Guerra de Malvinas; Norpatagonia; Soldados conscriptos continentales; San Antonio Oeste.

 

 

The Malvinas’ war in Northpatagonia: experiences of Primera sección de abastecimiento’ conscript soldiers and local residents in San Antonio Oeste (Río Negro)

 

Abstract

 

Despite being located north of the 42° parallel, a city of Río Negro called San Antonio Oeste uniquely experienced the Malvinas War: as part of theTeatro de Operaciones Sur and serving as the last stop of trains on the northern Patagonian coast, it became the seat of the Primera sección de abastecimiento, a group dedicated to providing care to hundreds of soldiers who passed through on their way to the south continental bases and the Malvinas Islands. Little is known about San Antonio's role and the experiences of the soldiers stationed there. Faced with this knowledge gap, and drawing on contributions from the Sociocultural History of the war, Regional History, and Recent History, we propose to reconstruct analyse the experiences of the Primera sección de abastecimiento’ conscript soldiers and the local residents of San Antonio Oeste during their stay in San Antonio during Malvinas’ war. The documentary corpus consists of government and military documentation, interviews with local residents and stationed soldiers, who provided their testimony, and personal archives.

 

Key words: Malvinas’ War; Northpatagonia; Conscript continental soldiers; San Antonio Oeste.

 

La guerra de Malvinas en la Norpatagonia: experiencias de soldados conscriptos de la Primera sección de abastecimiento y de vecinos en San Antonio Oeste (Río Negro)[1]

 

Introducción

 

Durante años, la guerra de Malvinas fue asociada a lo estrictamente militar, reducida principalmente a lo acontecido en las Islas y las 200 millas de la zona de exclusión. Todo esto favorecido por aportes historiográficos tradicionales de historia militar, enfocados en las batallas, las armas y estrategias empleadas (Lorenz, 2011), así como también por estudios que reconstruyeron el entramado político y diplomático previo y posterior al desembarco de las tropas argentinas el 2 de abril.[2]

En los albores del nuevo milenio, a partir de los aportes de Rosana Guber (2001) y Federico Lorenz (2006), se abrió camino a una revisión historiográfica en clave sociocultural capaz de avanzar en la complejización de los discursos heroicos y nacionalistas predominantes. A partir de allí, distintas investigaciones incorporaron a sus análisis nuevos actores más allá de las esferas gubernamentales; y, sustentado por los enfoques regionales y el análisis e intersección en distintas escalas temporales y espaciales, se logró avanzar también en la revisión de aquellas lecturas centralistas que hacían foco en lo vivido en y por Buenos Aires. Como consecuencia, surgieron investigaciones dedicadas a reconstruir y analizar cómo se vivió el conflicto bélico en distintas ciudades de la Argentina continental (Lorenz, 2006 y 2013), lo cual implicó considerar la sociedad civil, la cotidianeidad de los ciudadanos, sus experiencias y recuerdos y las representaciones allí presentes.

En esta línea han trabajado historiadores/as —en su mayoría— patagónicos/as, dando cuenta de las particularidades de las ciudades del sur argentino y los efectos propios de la proximidad con las Islas —y, específicamente, al Teatro de Operaciones del Atlántico Sur (TOAS)—, y su pertenencia Teatro de Operaciones Sur (TOS).[3] En el caso de las ciudades del litoral, conviviendo con la amenaza de un bombardeo británico y la trastienda del movimiento de tropas y aviones (Olivares y Martínez, 2015); en la región cordillerana, afectadas por la hipótesis de un conflicto con Chile.

San Antonio Oeste fue parte de estas ciudades del litoral atlántico que vivieron la guerra de una manera particular: ubicada al norte del paralelo 42°, más precisamente en el golfo San Matías de la provincia de Río Negro, la ciudad fue incluida dentro del TOS y, dada su ubicación geográfica y su estructura ferroviaria (su estación constituía el último punto de arribo de los trenes en el litoral norpatagónico), se convirtió en asiento de la Primera sección de abastecimiento, grupo dedicado a brindar atención a cientos de soldados que por allí pasaron con destino a las bases continentales del sur y a Malvinas.

Poco se conoce sobre el rol de San Antonio antes mencionado; mucho menos sobre la experiencia de los soldados que allí se establecieron de forma permanente y el vínculo que construyeron con los habitantes de esa localidad. Ante tal vacancia, en el presente artículo nos proponemos reconstruir y analizar las perspectivas y experiencias de los soldados conscriptos de la Primera sección de abastecimiento y de vecinos de San Antonio Oeste.

Un objetivo de estas características requiere valernos de los aportes de la historia reciente y la historia sociocultural de la guerra, no solo por la necesidad de enmarcar la guerra de 1982 dentro de la última dictadura cívico-militar y del terrorismo de Estado, sino también por el notable interés “por una historia menos centrada en la política en su sentido clásico, y más interesada en la trama social y cultural del pasado reciente” (Franco y Lvovich, 2017, p. 197). La revisión historiográfica implicó la conceptualización de la guerra como “un fenómeno sociocultural con especificidades propias”, lectura que abrió camino a “experiencias, identidades y memorias de los sujetos atravesados de alguna forma por la contienda, tanto los conscriptos y militares que lucharon en las islas como sus allegados y familiares, y en forma más amplia, diversos sectores de la sociedad argentina” (Rodríguez, 2017, pp. 165-166). Adhiriendo al planteo de Andrea Rodríguez, quien retoma los aportes de Jay Winter y Antoine Prost, aquí abordaremos las formas en que soldados conscriptos y vecinos vivieron, imaginaron y conceptualizaron la guerra, entendiendo que en las experiencias confluye la subjetividad y lo social del mundo en el que viven, otorgándole significado (2014, p. 22).

Dentro de esta ampliación se incluyen los movilizados, soldados en su mayoría conscriptos que cumplieron funciones en distintos puntos de la Patagonia continental sin haber llegado a las Islas Malvinas ni ingresado a las 200 millas de la zona de exclusión (Chao, 2015a). El grueso de la Primera sección se conformó de soldados conscriptos, lo cual conlleva un gran desafío en lo que hace a fuentes documentales pues los únicos registros elaborados durante la guerra solo presentan datos cuantitativos sobre el personal desplegado en los distintos puntos del continente.[4]

Por otra parte, adherimos a los aportes de la historia regional, sintetizados en la advertencia de María S. Leoni (2018) acerca del uso de recortes espaciales preexistentes, por considerar que estas pueden condicionar el análisis y circunscribir las relaciones socioculturales a límites generalmente administrativos y políticos. En línea con ello, y recuperando los aportes de Silvina Jensen y Soledad Lastra (2015), Gabriela Águila afirma que “ninguna escala es neutra ni está definida de antemano”; por el contrario, “constituye una elección de las y los investigadores, vinculada con sus preguntas, su objeto de estudio, las dimisiones que pretende indagar, las fuentes con las que cuenta, etc.” (Águila, 2021). Partiendo de estas ideas, en este artículo reconocemos la necesidad de revisar las delimitaciones preestablecidas, entendiendo que la decisión de limitar el análisis al territorio circunscripto al TOAS implicaría dejar fuera a San Antonio, una ciudad del litoral patagónico, a la vez que un punto estratégico en la logística de la guerra; de lo que se trata, entonces, es de “ponderar cada escala por las configuraciones de lo social, las problemáticas del pasado o las causalidades de los fenómenos que nos ayuda a visibilizar” (Jensen y Lastra, 2015, p. 101).

En lo que respecta al campo historiográfico, los movilizados han sido relegados. Entre los trabajos que abordan directa e indirectamente la temática identificamos los escritos de Lorenz antes mencionados, que reconstruyen distintos aspectos de la guerra en el litoral patagónico; un artículo de Rosana Guber (2007) que analiza el desafío metodológico que implica el trabajo con la falsedad de relatos a partir de la experiencia vivida de un soldado movilizado que se hacía pasar por veterano; el estudio de Rodríguez (2010), enfocado en las identidades de los miembros del Apostadero Naval Malvinas y la percepción que estos tenían de los movilizados; y los trabajos de Daniel Chao (2015a, 2015b) que abordan el problema identitario de los movilizados de Corrientes a partir del acampe que un grupo de estos realizó entre 2006 y 2010.

En lo que respecta a los abordajes sobre la Patagonia continental, las investigaciones se enfocan principalmente en ciudades del litoral atlántico. Entre estas podemos mencionar los aportes de María Laura Olivares y Julieta Martínez (2013 y 2015) enfocados en la vida cotidiana en Comodoro Rivadavia durante el conflicto; de Milagros Pierini y Pablo Beecher (2022) sobre las memorias de habitantes de Santa Cruz, una sociedad con presencia de descendientes de migrantes malvineros; de Karin Otero (2022) acerca de las memorias sociales de Ushuaia, una ciudad con marcados vínculos con los isleños; y de Juliana Cuenca (2024) sobre las memorias de los habitantes de Río Grande. También, los aportes de Gastón Ballesteros (2022) y Mónica Durán (2024) que abordan al retorno de los soldados al Continente a través del episodio conocido como “el día que Madryn se quedó sin pan” y las publicaciones de Rodríguez sobre distintos actores de la sociedad civil de Neuquén (2022, 2024).

No existen publicaciones específicas sobre los soldados que se instalaron en San Antonio Oeste. Pese a ello, reconocemos el aporte de Sandra Rosetti y Rocío Parga (2016, 2023) sobre la construcción de las memorias de los soldados movilizados de la Tercera Sección de Abastecimiento, porque entre los entrevistados incorporan conscriptos que estuvieron asentados en esta localidad. A ellos debemos sumar la tesis de Miguel Ángel Huergo (2011) acerca de la estructura de logística y abastecimiento que construyó el Ejército Argentino para afrontar la guerra de 1982; su aporte es central para nuestra investigación porque da cuenta de la importancia de San Antonio Oeste como punto nodal para el transporte y la distribución de personal y material bélico dentro del continente.

Enfocados en reconstruir las experiencias de los soldados conscriptos en dicha localidad, el corpus documental que hemos construido se compone principalmente de entrevistas a estos actores y testimonios de vecinos que vivieron allí durante el conflicto. Para ello, nos hemos valido de los aportes metodológicos de la historia oral. El trabajo con entrevistas semiestructuradas nos ha permitido reconstruir acontecimientos sobre los cuales escasean documentos escritos, a la vez que conocer las percepciones, sentidos y experiencias de los actores involucrados. Es que, si bien las fuentes orales tienen validez informativa, “lo más singular y precioso es que introducen la subjetividad del hablante” (Benadiba, 2007, p. 13); una subjetividad atravesada por un contexto temporal/espacial y que da cuenta de lo que cada persona “deseaba hacer”, “lo que creía estar haciendo” y lo que en el presente piensan que hicieron (Portelli, 1991, p. 42).

Consideramos también la documentación elaborada por las tres Fuerzas antes, durante e inmediatamente después del conflicto bélico pertenecientes al Fondo de la Comisión Especial de Malvinas (CEM), dentro del cual se incluyen informes, documentos de organización, estrategias y órdenes emitidas por el Ejército y, específicamente aquellos elaborados por el V Cuerpo. Y, dado el enfoque sociocultural y las características del tema, nos hemos valido también de archivos personales de vecinos, compuestos por fotografías, cartas y otros elementos que permiten reconstruir lo vivido en 1982.

En primera instancia realizaremos una contextualización temporal y espacial; posteriormente, reconstruiremos la guerra en el plano regional y local y el papel de la Primera sección de abastecimiento; finalmente, analizaremos las experiencias y vivencias de estos soldados en la localidad.

 

La última dictadura en la región

 

El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 y la instauración del gobierno de facto trajo consigo una reconfiguración del territorio patagónico. Río Negro fue intervenida, poniendo fin al gobierno democrático de Mario Franco, quien había accedido al cargo tras haber triunfado en las elecciones de 1973. A partir de allí, la provincia quedó bajo la órbita de la Armada, representada en las figuras de Aldo Bachmann y Julio Acuña, militares de carrera que ejercieron el papel de interventor entre los años 1976-1978 y 1978-1982, respectivamente.

La intervención también se produjo a nivel municipal. Los consejos deliberantes fueron disueltos y, con el objetivo de asegurar la continuidad administrativa “se designaron cargos provisionales para funcionarios administrativos de las distintas comunas” (Luna, 2020, p. 32). En ciudades como General Roca y Cipolletti, estos cargos fueron ocupados por personal militar; en otras, este papel fue desempeñado por civiles previamente vinculados a la gestión municipal; y en lugares como San Antonio Oeste, el rol fue asumido por comisarios de la Policía de Río Negro (Tarifeño Molina, 2015).

La censura, la autocensura, la persecución y las acciones represivas y de espionaje/inteligencia afectaron la vida social, política y cultural de quienes habitaron el territorio. Todo ello como resultado de la injerencia del V Cuerpo del Ejército —un bastión de la Dictadura con sede en Bahía Blanca desde donde se articuló el terrorismo de Estado en la Norpatagonia— y la complicidad de instituciones como la Policía Federal, las policías de Río Negro y Neuquén, el servicio penitenciario de ambas provincias y, en menor escala, los municipios.[5] Es que, de acuerdo con la zonificación militar, la Patagonia y la región sur de la provincia de Buenos Aires quedaron bajo el arbitrio del V Cuerpo del Ejército. Río Negro quedó dividida en las subzonas 51 y 52.

La región atlántica de Río Negro quedó incluida dentro de la primera subzona[6]. Allí, Viedma fue el punto de mayor intervención. En tanto capital provincial, su importancia política se tradujo en persecuciones y detenciones arbitrarias que se planificaron y llevaron adelante en La Casona, edificio en que funcionó la sección de inteligencia del Destacamento 181 dependiente del V Cuerpo. Pero la esfera de influencia de este centro de operaciones no se limitó a la ciudad, sino que se extendió a la zona rural y localidades aledañas, así como también a las distintas ciudades costeras, entre ellas San Antonio Oeste.

La guerra de Malvinas fue, sin dudas, uno de los sucesos de mayor relevancia dentro de los años dictatoriales; un hito de carácter global —dada su magnitud y sus consecuencias— (Nievas y Bonavena, 2012); a la vez que un momento bisagra para un gobierno deslegitimado por los fracasos económicos, el uso sistemático de la violencia y la violación de Derechos Humanos (Jelin, 2005).

La guerra “se vivió del Colorado para abajo”, dirá un habitante de la Patagonia a Lorenz (2022, p. 63). Con mayor intensidad en la región atlántica (agudizada a medida que nos aproximamos al Archipiélago).[7] Basta con mencionar lo sucedido en Comodoro Rivadavia, Río Gallegos y Ushuaia para dar sentido a tal afirmación: el movimiento de tropa y aviones, los oscurecimientos y simulacros y las alertas rojas ante posibles ataques británicos marcaron el día a día en estas ciudades que desempeñaron un papel estratégico dentro del teatro de operaciones. Sus habitantes se adaptaron rápidamente, colaborando para que los soldados tuvieran un mejor pasar (Olivares y Martínez, 2013; Otero, 2022; Pierini y Beecher, 2022).

 

San Antonio y la guerra de Malvinas

 

Fundada en 1905, San Antonio Oeste se emplazó en la región como un punto estratégico del incipiente Estado argentino en su búsqueda de afianzarse en suelo patagónico. Bañada por las aguas del mar, este poblado ubicado dentro del golfo San Matías creció gracias al trazado de la red ferroviaria en la región norpatagónica, convirtiéndose en nexo entre las zonas atlántica y cordillerana.

La organización militar establecida por el V Cuerpo para el conflicto argentino-británico identificó a San Antonio como parte de un plan en el que el territorio continental cumplía un importante papel. Dentro del TOS, la ciudad quedó integrada al Sector Plata, delimitación territorial coincidente con la subzona 51 a cargo de la Agrupación 2do Comandante del Cuerpo de Ejército V, sobre la cual debía vigilarse el litoral marítimo y organizarse la logística y distribución terrestre, marítima y aérea de las unidades desplegadas principalmente en la Patagonia (Comando del Cuerpo del Ejército V, 1982 a).[8]

Como en el resto del TOS, en el Sector Plata se implementó un control de la población, con medidas que incluían el control de la identidad y el tránsito, la investigación selectiva de personas y la delimitación de zonas restringidas y controladas por las Fuerzas (Comando del Cuerpo del Ejército V, 1982 a). Gracias al relevamiento y las entrevistas que hemos realizado, es posible reconocer en San Antonio muchas de las prácticas que hemos mencionado al hablar de otros centros urbanos del sur del país. Tras el 2 de abril, la presencia de jefes de manzana encargados de controlar el accionar de los vecinos, los oscurecimientos y la restricción de la circulación en la vía pública se integraron a la rutina de los vecinos.[9] Al ser una ciudad costera, convivieron a diario con el temor a un ataque aeronaval británico; de allí que se volvieran regulares los simulacros en escuelas y hospitales, instituciones que de inmediato fueron señalizadas con cruces rojas en sus techos.[10]

A todas estas prácticas detalladas dentro de las órdenes secretas de operaciones de vigilancia y defensa del litoral marítimo impartidas por el V Cuerpo del Ejército (Comando del Cuerpo de Ejército V, 1982 a)[11], se le sumó una particularidad: en tanto último punto septentrional rivereño por el cual atravesaba el ferrocarril, la semana posterior al desembarco comenzaron a llegar decenas de trenes provenientes de distintos puntos del país, con soldados y material bélico cuyo destino estaba en las bases del sur. Así, tanquetas, Unimog y Jeeps se volvieron parte del paisaje y San Antonio se convirtió en una esas ciudades patagónicas que, siguiendo la retórica de Lorenz (2020), “de un día para el otro, tuvieron más uniformados que civiles” (p. 64).

 

El primer tren a San Antonio Oeste

 

Afrontar una guerra en el sur significaba nada menos que movilizar hacia allí las tropas desplegadas en los distintos regimientos del país; y junto con estas, cañones, vehículos y elementos de menor porte como armas, municiones, alimentos y medicina. Según lo detallado en el “Informe Oficial del Ejército Argentino - Conflicto Malvinas” (Comisión Redactora del Informe Malvinas, 1983), para tamaño objetivo se valieron de todos los recursos disponibles del Estado argentino. Por vía terrestre utilizaron las distintas rutas nacionales y provinciales y la extensa red de ferrocarriles que unían el norte y centro del país con la Norpatagonia. Pese a que para 1980 el ferrocarril se encontraba en “etapa de regresión”, caracterizada por una disminución de la inversión, el levantamiento de vías y la reducción del tráfico de cargas y de pasajeros (Benedetti, 2016), los militares priorizaron esta como una de las principales formas de trasladar armamentos y soldados hacia las bases continentales.

Los trenes cargados de armamento pesado y soldados comenzaron a llegar a San Antonio la tarde del 13 de abril como parte de una tarea de logística planificada en dos etapas. Según el informe antes mencionado, la segunda etapa inició dos días antes, cuando, desde la ciudad de Mercedes (Corrientes), partió la Compañía Comando RI 12 con destino a San Antonio.[12] Su jefe, el Capitán Arnoldo Buompadre, fue el encargado de la organización y puesta en marcha del traslado de vehículos, municiones, armamentos y soldados por vía férrea. La ciudad fue solo un lugar de paso para el grupo. Allí permanecieron unas horas; las necesarias para descargar los pertrechos, bajar los vehículos en los terraplenes, encender los motores, subirse a los vehículos y partir. “En San Antonio Oeste bajamos todo lo que habíamos cargado. Lo que había que cargar se cargó en los camiones…”, resumió Buompadre.[13] Fue entonces que, tras atravesar casi 2000 kilómetros en tren, la Compañía tomó la Ruta N° 3 con destino a Comodoro Rivadavia.

 

La vía se tiño de ‘verde militar’: un galpón como resguardo permanente de soldados

 

Como hemos mencionado anteriormente, el grupo encabezado por Buompadre no fue el primero que llegó a San Antonio. Dos días antes se instaló el Centro Regional de Movimientos 601 “San Antonio Oeste” (CRM 601)[14], componente dirigido por el Coronel Oscar Grasselli —DM Río Negro— e integrado por personal del V Cuerpo del Ejército, creado el 8de abril para cumplir tareas de logística y distribución dentro del territorio que se extendía entre el límite Norte del V Cuerpo y el Río Chubut (Comando del Cuerpo de Ejército V, 1982 b).[15] El CRM 601 se organizó en cuatro equipos de jefatura, tres de ellas encargados de cubrir y abastecer de combustible a los vehículos que se trasladaron al sur y un cuarto dedicado exclusivamente a los trenes que llegaron de distintos puntos del país. En el predio de la estación del ferrocarril se instaló la Primera sección de abastecimiento, un grupo conformado por soldados del Distrito militar Bahía Blanca, la Compañía Intendencia 181, la Compañía Telecomunicación 181 y la Compañía Comando V Cuerpo Ejército.[16] Tal como recuerdan los conscriptos René Ackerman y Raúl Martínez, integrantes de la Primera sección, el 11 de abril, decenas de hombres se subieron a los camiones militares y partieron desde Bahía Blanca con todo lo necesario para cumplir con semejante tarea: ollas, utensilios de cocina, alimentos, indumentaria y equipamiento para cada soldado. Desde la percepción de estos soldados, “hubo una mezcolanza de grupos”, una cantidad que “rondaba las 60 personas, entre personal de tropa, suboficiales y oficiales”; en el caso de los conscriptos, muchos de ellos fueron reincorporados y trasladados sin información[17] sobre el punto de destino:

 

La verdad que no había un destino, digamos, renombrado en su momento. El destino fue presentarnos a la compañía después de haber estado de baja y cada uno se subió a un camión porque le indicaban que tenía que subir a tal o cual camión. No sabíamos ni a dónde íbamos. A mí me tocó San Antonio a otros le tocó Comodoro Rivadavia y de ahí hacia abajo… Río Gallegos.[18]

 


Imagen 1

 

Planta urbana en la década de 1980 (Archivo de Catastro, Municipalidad de San Antonio Oeste) [delimitación de predio militar propia del autor]

 

La designación de San Antonio como sede del CRM 601 y la instalación de la Primera sección de abastecimiento significó para esta ciudad la presencia permanente de soldados, incrementada por el constante arribo de trenes. Ante esta situación, se delimitó un perímetro para uso exclusivo de militares y se prohibió la circulación y el ingreso a los vecinos. Fue así como en medio de la ciudad se estableció una zona militar que se extendió por casi todo el predio ferroviario, con un largo aproximado de entre siete y ocho cuadras (un tamaño significativo si consideramos la extensión de San Antonio en aquellos años).

Dentro del perímetro quedaron la estación, los talleres ferroviarios —desde 1961, propiedad de la Cooperativa Obrera Metalúrgica de San Antonio Limitada (COMSAL)— y un galpón propiedad de Transporte Ortiz, una empresa privada que transportaba paquetería en la Patagonia.

Durante la guerra, los talleres de la COMSAL continuaron trabajando, por lo que la opción elegida para instalar a la Primera sección fue el galpón de Ortiz, una edificación de grandes dimensiones que tenía agua, electricidad y hasta una línea telefónica.[19] El estado del edificio no era el mejor, así que lo primero que debieron hacer fue acondicionarlo para poder habitarlo y almacenar allí parte de las provisiones. También debieron reacondicionar los baños de los talleres ferroviarios aledaños. Así lo recuerda un conscripto que se unió a la Sección un día antes de su partida a San Antonio:

 

Nosotros llegamos ahí. Primero tuvimos que poner en condiciones lo que era el galpón, que era donde era la cuadra nuestra, que nosotros dormimos en galpón grande. Teníamos un par de estufas de ahí de leña para calefacción a todo el galpón; y la otra punta donde están las oficinas ahora o estaban las oficinas, eso se usó de depósito de mercadería. Eso es lo que hacíamos… Fuimos a la COMSAL, allá donde estaban los cosos de los trenes... Se destaparon esos baños, se acomodó. Todos metidos en la mierda, perdón la expresión, limpiando todos los desagües. Y ahí nos íbamos a bañar, porque no había nada.[20]

 

A diario llegaban trenes provenientes de distintos puntos del país, por lo que el grupo debió trabajar regularmente para recibir y brindar un plato de comida caliente a los contingentes. Bajo el mando de oficiales y suboficiales, los soldados tenían funciones definidas: cocinar, lavar, hacer mandados, preparar equipos y colaborar en la carga y descarga eran algunas de las tareas que realizaban, siempre alternándolas con guardias. José, un vecino que vivía frente a la vía, describe el escenario de la siguiente manera:

 

Porque el tema era así: llegaban los trenes, eran como que iban hasta la estación; hay una parte donde giraban y cambiaban de vía. Volvían para atrás y ahí donde está el natatorio había como un tope que tenía una rampa. Entonces los vagones atracaban ahí y empezaban a bajar todos los cañones los que traían arriba; los Unimog. Porque eso venía todo cargado. Después, con el transcurrir los días nos enteramos que ahí venía todo lo que era munición, viste. Por eso es que ellos custodiaban, no lo dejaban salir de ahí al lado, viste. Y bueno, en ese lugar, viste, así que era un, era permanentemente, un trabajo continuo.[21]

 

La irrupción en San Antonio fue total. La vía y sus alrededores cambió su fisonomía tradicional: aquel inmenso predio en que los vagones de carga se entremezclaban con vegetación patagónica se convirtió en asiento de soldados y estacionamiento de tanquetas y vehículos camuflados. El impacto fue aún mayor debido a que el trazado de la vía atravesaba la ciudad y la estación de tren se encontraba en un punto nodal. La comunidad estaba acostumbrada a circular por estos lugares para desplazarse a ambos lados del pueblo y las manzanas de los alrededores estaban habitadas. Los patios de las casas aledañas miraban hacia la vía y solo una cerca separaba el predio ferroviario de sus propiedades, por lo que era muy común ver niños jugando en esos lados. La guerra modificó todo: los vecinos no pudieron transitar más esa zona y desde el fondo de sus casas comenzaron a apreciar un escenario bélico. Fue entonces cuando la guerra llegó a sus patios.

 

Imagen 2

 

 

Llegada del tren a San Antonio Oeste vista desde la casa de una familia (Archivo familia Seitune)

 

Entre el 13 de abril y el 13 de mayo arribaron a la localidad un total de 35 trenes que transportaron diecinueve Comandos, Unidades y Subunidades independientes[22]. Pese a la interrupción en la afluencia de trenes, la Primera sección de abastecimientos se mantuvo instalada en San Antonio cumpliendo sus funciones hasta el final de la guerra. Tras conocerse esta noticia, y en sintonía con la decisión del gobierno militar de ocultar el regreso de los soldados al continente y a los cuarteles (Gamarnik, Guembe, Agostini y Flores, 2019), la Primera sección abandonó San Antonio; y con ello, su tarea de abastecer tropas. Así, días después del 14 de junio, y tras nueve semanas de asiento, el grupo partió a Bahía Blanca en una operación de similares características a su arribo: rápidamente guardaron sus pertenencias, subieron a la parte trasera de los camiones y, ocultos por la lona de la caja, regresaron a Bahía Blanca. Consecuencia de una retirada de estas características, olvidaron algunos elementos; entre ellos, un cañón que quedó abandonado en el predio ferroviario por meses.[23] Y todo ello pese a que una semana después, el ferrocarril retomó su función militar: esta vez, San Antonio fue el punto de partida de decenas de trenes que transportaron soldados y vehículos que llegaron desde las bases del sur para regresar a sus lugares de origen.[24]

 

El ‘día a día’ de los conscriptos de la Primera sección de Abastecimiento

 

La vida de los soldados conscriptos instalados en San Antonio estuvo atravesada por la rutina militar (exacerbada en tiempos de guerra) y la austeridad propia de vivir en una edificación de las características del galpón de Transporte Ortiz: el día comenzaba a las 6 de la mañana con el toque de diana y una higienización rápida; luego del mate cocido en el desayuno, empezaban a preparar la comida para los contingentes que, generalmente, llegaban al mediodía; descargaban los trenes y organizaban pertrechos; comían; continuaban cargando los camiones que se dirigirían al sur; merendaban; y si terminaban sus obligaciones y no les tocaba montar guardia, podían disfrutar de un momento de ocio hasta las 8 de la noche, horario en que cenaban para luego irse a dormir. El siguiente testimonio grafica la rutina:

 

Ackerman: Pero un día normal, un día común era, bueno, nos levantaban a las seis de la mañana, si es que no venía un contingente antes. Casi siempre los contingentes llegaban al mediodía. Entonces, a las seis de la mañana tocaban diana, que era el silbato. Arriba la compañía y bueno, nos levantábamos, nos formábamos, nos mandaban a higienizar y ya te vestías como [silencio]

Ciccone: ¿Dónde se higienizaban?

Ackerman: Y, había unas piletas. nos teníamos que turnar. Es más, para bañarnos nos llevaban a un club, no me acuerdo el club que íbamos caminando, que era como una distracción también porque era como que paseábamos un poco por San Antonio… Tampoco había muchas duchas, había seis, siete duchas… imaginate que éramos cincuentipico. O sea que se bañaban de a turnos, hasta que se terminaban de… te quedabas en el gimnasio. O sea, era una distracción… Eso era cuando te llevaban a bañar ¡Que no nos llevaban todos los días! Íbamos entre dos y tres veces por semana. Después te tenías que higienizar en los piletones esos que había ahí. No me acuerdo donde estaban los piletones. Había dos o tres piletones.

Después de eso, a preparar para recibir al contingente. Y si no había contingente, siempre alguna actividad. Recorrer la zona donde estábamos, buscar, empezar a buscar refugios por si nos llegaban a atacar los ingleses. Y después, bueno, llegaba la tarde donde se tomaba el mate cocido y a las ocho, a las 20 horas, se cenaba y a las 21 estábamos ya acostados porque a las 6 había que levantarse. Siempre y cuando, lo mismo, siempre y cuando no haya…. Cuando venía un contingente lo sabíamos un día antes, así que bueno, eso era un día ‘normal’ [gesto de comillas con sus manos].[25]

 

La austeridad se hacía presente en las condiciones de higiene, la alimentación y las condiciones en que dormían y soportaban el invierno. Para higienizarse debían usar piletones y podían bañarse cada tres o cuatro días. Preparaban la comida en cocinas de campañas ubicadas cerca del galpón. El menú no era variado, pero contaban con las cuatro comidas a diario. Sin embargo, existían dos grandes problemas: el primero, que la materia prima utilizada no estaba en las mejores condiciones, tenía gorgojos y hongos producto de la humedad y de su almacenamiento en lugares inapropiados;[26] el segundo, que la comida tenía gusto a óxido debido a que, para poder elaborar numerosas raciones, utilizaban tambores de 200 litros que se iban deteriorando con el uso y oxidando con el rocío de la noche.[27]Había comida, sí. Sí, sí. La verdad que hambre realmente no pasamos” recuerda un conscripto, pero el óxido invadía el sabor de los platos de comida hasta hacerla imposible de digerir. Sobre este tema, otro conscripto relata:

 

Resulta que se cocinaba en tambores de 200 litros, el tambor de chapa que conocemos de aceite, cortado a la mitad, se hacía fuego afuera de ese galpón de Ortiz y se cocinaba con eso. Cuando se terminaba de cocinar, de un día para el otro, ese tambor quedaba con humedad, a la intemperie, qué sé yo cuánto. Entonces al otro día, por desgracia teníamos al cocinero que no era muy higiénico. Entonces, se cocinaba en el mismo tambor. Con óxido ¡Pero mucho óxido! De un día al otro se oxidaba. Se revolvían los guisos, qué sé yo cuánto. Y ahí se cocinaba. Era tal el gusto óxido que tenía, que yo en un momento dado dije ‘No, no puedo comer esto’. Porque no lo podía comer, o sea, tendría que haber tenido mucha hambre para haberlo comido.[28]

 

Los soldados debieron soportar las bajas temperaturas y el incesante viento patagónico en un predio descampado, refugiados en un galpón que hacía algunos años había dejado de funcionar, durmiendo en colchonetas sobre el piso, calefaccionados con dos estufas a leña.[29] De hecho, ese año cayó nieve, algo atípico para esta localidad costera, una ‘desgracia’ que acrecentó las adversidades que debió afrontar el grupo: “para colmo nos tocó, en desgracia, una época muy difícil, con mucho frio. Recuerdo nieve en ese entonces”, recuerda el conscripto.[30]

La austeridad se complementaba con prácticas violentas, castigos y abusos de autoridad. A ello nos abocaremos en las siguientes páginas. Basta aquí con mencionar que la existencia o no de castigos dependía del perfil de los superiores y del vínculo que estos construían con sus subordinados. En este sentido, la estadía de la Primera sección estaba supeditada a este tipo de situaciones: como resume un conscripto, “por ahí había días difíciles y había días en que la pasábamos bien.”[31]

 

Aquellos días “en que la pasábamos bien”: vecinos solidarios y “escapaditas”

 

La cotidianeidad en aquellos días en los que ‘todo estaba bien’ era el resultado de la armonía dentro del grupo y la eficiencia del trabajo ante el arribo de los trenes. Pero había un componente que repercutía favorablemente en la Primera sección. Estamos hablando del vínculo que los soldados establecieron con los vecinos.

Si bien los conscriptos tenían órdenes expresas de no conversar con gente, lo cierto es que, con el correr de los días, los soldados fueron estableciendo vínculos con los integrantes de la comunidad. La curiosidad de los vecinos se entremezcló con la solidaridad y el patriotismo. Colaborar no solo significaba aportar a un país en guerra (en un contexto en que los medios de comunicación pregonaban unidad y “hermandad” en la sociedad argentina)[32] sino también solidarizarse con aquellos soldados que no gozaban de las mejores comodidades por estar asentados en pleno invierno en un galpón en desuso.[33] La comunidad tomó conciencia de esta situación y de que la alimentación “no era buena”, por lo que fue permanente la llegada de familias con leña, pan, yerba mate y/o tortas; las panaderías, carnicerías y verdulerías enviaban a diario paquetes con productos diversos.

 

Nosotros éramos muy jóvenes y se nos acercaba mucha gente, colaboraba mucha gente con nosotros; por ahí alguna carnicería que nos daba una tirita de asado… así que, fueron meses duros, por ahí, por estar lejos de la familia; pero, a su vez, la gente de San Antonio nos cobijó.[34]

 

Los sanantonienses los ‘cobijaron’ brindándoles lo necesario para el día a día. También lo hicieron a través de invitaciones espaciales: muchas familias abrieron las puertas de sus hogares para ofrecer un almuerzo a soldados. El plan representaba todo un acontecimiento para ambas partes y generalmente incluía para estos últimos la posibilidad de probar algún plato de comida distinto, mirar televisión y conversar sin la supervisión de sus superiores, tomarse una ducha caliente, escribir cartas a familiares y amigos y, si existía un teléfono en la casa, llamarlos.

En la mayoría de los casos, las invitaciones se hacían bajo autorización de los superiores; en muchas otras ocasiones, los soldados se escapaban. Y si bien resultaba difícil establecer un vínculo a lo largo del día, los vecinos se las arreglaban para invitarlos y recibirlos en sus hogares. Las experiencias de las familias Vincent y Seitune grafican esto último:

 

Y, por ejemplo, a la noche, la ventana esa que yo le mostraba a este chico [señala a uno de los entrevistadores]... la levantaba y los chicos se venían para acá, se bañaban, se afeitaban y cenaban.[35]

 

Si bien no, no te dejaban acercar, por ejemplo, yo te puedo dar el caso nuestro: mi vieja me dice 'vamos a invitarlos a comer'. Entonces yo, desde el medio de la calle les gritaba: '¡los invitamos a comer!'. SHI SHI SHI [silba] nos hacían, viste, porque no podían salir. Y en un momento, me hace seña uno, viste; yo me cruzo y le digo: 'mira, mi mamá quiere invitarlos a comer'; porque ellos estaban muertos de hambre. Y entonces dice: 'solamente podríamos ir de noche, pero muy escondido', dice, 'porque si nos detectan', dice, 'nos castigan'. Digo: '¡bueno! entonces díganos una hora'. Dice: 'lo que ustedes tendrían que hacer', dice, 'para que una vez que esté la comida', nos decía, viste, 'apaga todas las luces de la casa, entonces nosotros ya sabemos, que ahí tenemos que cruzar'… Entonces, apagamos todas las luces y ahí, al ratito, cayeron. Una vez que entraban a la casa, bueno, viste, estaba todo bien... era como si hubieran visto a su familia, porque era un poco así.[36]

 

Los soldados tenían órdenes de limitarse al perímetro del ferrocarril. Para poder escaparse era necesario actuar de incógnito, generar acuerdos de complicidad y comunicarse sin ser vistos por las jerarquías. En el caso de la familia Vincent, golpeando la ventana de una de las habitaciones traseras; en el caso de Seitune, llegando a acordar códigos de comunicación: las luces apagadas anunciaban a los soldados que la comida estaba lista. La cercanía de estas casas y la oscuridad de la noche facilitaban la salida y el regreso al predio de estas invitaciones a cenar. Es que escaparse suponía un riesgo por infligir las reglas; y una ‘desobediencia’ podía generar consecuencias.

Pero las ‘escapadas’ no eran únicamente a casas de vecinos. Aunque escasas, existió otro tipo de salidas sin autorización que tenían por objetivo socializar y distenderse. Uno de los puntos elegidos era Queen y King, dos bares ubicados en el centro de la ciudad. Allí permanecían poco más de una hora, escuchaban música, conversaban con gente y regresaban al predio por las calles menos transitadas.

 

Y bueno, hubo noches que por ahí nos hacíamos una escapadita. Siempre vestidos de soldados. ¡No teníamos otra ropa! Unos fenómenos porque te dejaban entrar, te convidaban algún trago. ¡Muy buena gente! Así que nos divertíamos. Escuchábamos un poquito de música y nos volvíamos. Tampoco que podías estar mucho tiempo porque a las 6 de la mañana había que levantarse. Si bien era joven y podías aguantar. Pero bueno, por ahí lo necesitábamos un poco de distracción y no pensar tanto en el problema que estaba.[37]

 

Este tipo de experiencias permitía a los soldados “no pensar tanto” en la guerra y lo que estaban viviendo. Para que esto pudiera lograrse, era necesaria la complicidad del personal de seguridad y de la dueña de ambos locales, quienes no solo permitían el ingreso de soldados uniformados (no tenían otra vestimenta) a los que, en ocasiones, les regalaban algún trago, sino que, además, ocultaban su presencia a los superiores.

 

Aquellos “días difíciles”: la inminente llegada del enemigo y los castigos excesivos

 

La Compañía convivía con dos grandes incertidumbres: que los envíen al sur, ya sea a las bases continentales o a Malvinas; o que los sorprenda un ataque al golfo. Trasladar al sur la Primera sección implicaba nada menos que eliminar de la logística el eslabón que conectaba el transporte terrestre por tren y por ruta. La posibilidad de abandonar San Antonio era un tema conversado entre los conscriptos, principalmente en los días posteriores al 11 de mayo, día en que se produjo el arribo del último tren a esta estación. Según la percepción de los soldados, la decisión dependía de lo que sucedía en Malvinas: si en algún momento las tropas de las Islas necesitaban soldados cocineros, estos irían allí. De hecho, días antes del 14 de junio, el grupo se preparó para viajar al sur; pero, tras permanecer alistados en los camiones durante un largo rato, la operación se suspendió. Como rememora uno de los conscriptos entrevistados:

 

En un momento, fue antes de, de la rendición, de que se rindió Argentina, no te podría decir cuánto antes, pero en un momento nos hicieron juntar las cosas y nos habían dicho que, probablemente, íbamos a ir al frente a cocinarle a los del frente porque había muchos heridos; y bueno, necesitaban refuerzos. Bueno. Estuvimos tres horas sentados arriba del camión y llegó una orden de que nos teníamos que quedar. Y bueno, a los pocos días, a los dos o tres días terminó la guerra.[38]

 

Por su parte, el temor ante la presencia británica era compartido por civiles y uniformados (de allí la regularidad de oscurecimientos y simulacros). Todas y cada una de las acciones militares que se fueron llevando a cabo en la ciudad estuvieron condicionadas por una posible presencia británica en el golfo San Matías. Ante esta situación, por ejemplo, uno de los Equipos de jefatura del CRM recibió instrucciones de patrullar regularmente el área comprendida entre San Antonio Oeste y el asentamiento urbano de San Antonio Este —donde, desde 1977, se estaba construyendo una terminal portuaria—.

Pero, sin dudas, el gran problema de los conscriptos estaba relacionado con la violencia que sufrían por parte de sus superiores. El abuso de autoridad en las Fuerzas Armadas constituye un componente de la cultura militar argentina sostenido y legitimado a lo largo del tiempo, un elemento común al que debían hacer frente los eslabones más bajos de la estructura militar, los cabos y soldados conscriptos (Ressia, 2021, p. 285). El servicio militar obligatorio era un momento en que estos últimos recibían “tratos degradantes” que iban desde insultos y maltrato verbal hasta castigos físicos con severas consecuencias. El periodo dictatorial exacerbó y legitimó la violencia estatal; y la guerra no estuvo exenta de estas prácticas.

En San Antonio, los soldados de la Primera sección fueron castigados por no cumplir con las órdenes de los superiores; también, si los interceptaban en alguna ‘escapadita.’ Una de las formas elegidas eran los “bailes”, nombre con que se conoce en la jerga militar a las rutinas física de alta intensidad y repetición que incluía ejercicios como carrera a mar, cuerpo a tierra y salto de rana. Este castigo se hizo presente en el predio ferroviario con el agravante de que, en numerosas ocasiones, los soldados debieron realizar este desgaste físico a altas horas de las noches invernales y, en ocasiones extremas, llevando solo ropa interior. Recuerda un conscripto:

 

Por ahí el sargento se levantaba con otro humor y, bueno, nos hacía bailar y todas esas cosas que, para nosotros… En una época de guerra no te podían hacer bailar, salto de rana, carrera a mar, sino que te tenían que instruir y preparar psicológicamente para estar en una guerra ¡Nada más![39]

 

En el Archipiélago existieron numerosos casos de castigos arbitrarios que combinaban violencia física y psicológica, cuya máxima expresión fueron los enterramientos en fosas y estaqueamientos.[40] La primera de estas prácticas implicaba introducir a los soldados en fosas y enterrarlos hasta la altura de sus hombros, con el objetivo de inmovilizarlo por largas horas; la segunda “era parte del reglamento militar y se denominaba calabozo de campaña”, y consistía en atar las extremidades estiradas del soldado castigado a cuatro estacas clavadas en el suelo (Ressia, 2021, p. 285). El clima invernal y la amenaza permanente de un ataque acrecentaban el castigo.

En San Antonio se produjeron situaciones similares. El abuso de autoridad dependía del perfil del superior a cargo y del vínculo que este poseía con el grupo, de modo que existían casos en los que la relación estaba basada en la solidaridad y el respeto,[41] y casos en los que sucedía lo contrario. La presencia de estos últimos generaba que los conscriptos la Primera sección vivieran en permanente estado de alerta. Según el relato de uno de los entrevistados, “parecíamos más prisioneros de guerra que soldados”, “vivíamos con el alma en la mano porque no sabíamos de dónde iba a venir el zarpazo.”[42]

El punto máximo de la violencia se materializó en castigos como los ya mencionados: dentro del predio ferroviario hubo estaqueados y los motivos de tales castigos fueron diversos. Así lo recuerdan dos soldados que vivenciaron el calabozo de campaña; cada uno con experiencias distintas:

 

Cuando volvimos de esa escapadita, nos agarró un sargento, el sargento Juárez, que es un tipo bastante jodido [risas] y bueno, nos castigó de la peor manera: nos estaqueó, nos estaqueó en calabozo de campaña. Calabozo de campaña es: estaqueado en el piso, boca arriba con una carpita que te supera el cuerpo, esto [señala con sus manos una distancia]. Y te tenía ahí todo el día, con un compañero tuyo custodiándote para que no te desates, no te escapes. O si querías ir al baño que te acompañe al baño ¡Armado! ¡Una locura! Pero bueno. Éramos tres, yo y dos más. Así que bueno, estuvimos dos días estaqueados. O sea, a la noche te sacaban, dormías en tu lugar; a la mañana te levantaban, hacías lo que hacían todos y te metían en la carpita hasta el mediodía. Comías y te volvían a meter en el calabozo de campaña hasta la hora de la cena; hasta la hora de la merienda; merendábamos, de vuelta a la carpita hasta la hora de la cena y después dormías, normal, en tu cama. ¡Sí! Algo medio complicado, pero bueno.[43]

 

El porqué, ya te digo, era por una idea que ya me había tenido este sargento. Y ahora te voy a explicar el otro porqué [el soldado se refiere primero al óxido del tambor en que cocinaban]. Entonces, como era un chofer yo, en una escapadita para allá, tenía $10 en el bolsillo (no sé cuánto era en ese entonces) y me pude comprar dos empanadas en una rotisería. La peor idea mía fue haber venido caminando desde esa rotisería que era a un par de cuadras de ahí; y vengo comiendo esas empanadas ¡tenía hambre! Era el mediodía. Y me ve ese sargento: ‘¿por qué yo no quería comer la comida esa que se hacía ahí?’. Y bueno, ahí la pasé mal. Ese fue [silencio]. Por ese motivo, esa persona me agarra como un odio, que se cuánto. Y ahí estuvimos en el calabozo de campaña, compañeros, dos o tres compañeros míos y yo.[44]

 

Como muestra el primer testimonio, el castigo es el resultado de una ‘escapadita’ nocturna; en el segundo, según lo expresado, se debió a una mezcla entre su enemistad con un superior y la decisión de comer sin autorización una comida distinta a la del resto de sus compañeros. Las diferencias radicaron también en la rigidez y la duración en el calabozo pues, mientras el primero pudo acceder a las comidas y a volver a dormir de noche al galpón, el segundo debió mantenerse allí por varios días sin posibilidad de moverse ni alimentarse. En ambos casos, custodiados por conscriptos que se encargaban de darles agua y comida a escondidas.

 

Imagen 3

 

 

Soldados estaqueados dentro del predio ferroviario (Archivo personal)

 

Al estar estaqueados en las proximidades de una de las arterias principales de la localidad, muchos sanantonienses fueron testigos. Un vecino que a diario atravesaba la zona de camino a su trabajo recuerda:

 

Gilavert: ¡Pero acá el castigo era mucho más cruel! El castigo era, por ejemplo, yo personalmente vi en una oportunidad o dos, o dos oportunidades, chicos en el patio que los estaqueaban y los dejaban ahí varias horas, tapados con una lona que no ¡que no los tapaba! que la lona estaba, qué se yo, aproximadamente unos diez centímetros del cuerpo. Le ponían una lona como para [silencio] y ahí quedaban horas, castigado por alguna mala conducta, supuestamente realizaron. Eso era lo que se decía…

Ciccone: ¿Y a usted que le generaba eso? no hablaba con los vecinos?

Gilavert: Sí ¡sí! Por supuesto, lo hablábamos. Más que nada lo hablábamos en los trabajos, en los lugares se hablaba; se comentaba; se decía. Y bueno, inclusive un grupo de gente que se arrimó a consultar y a ver porqué era ese castigo. Pero bueno, en esa época por ahí también estaba el 'no te metás'. Eran épocas duras… no era ni siquiera cerca de la Democracia.[45]

 

Y si bien parecía no haber límites para el ejercicio de la violencia por parte de los militares, lo cierto es que en San Antonio el límite provino de la sociedad. Es que, pese a estar inmersos en un contexto en que el terrorismo de Estado condicionaba las acciones de los propios vecinos de la localidad —“épocas duras”, en la que “estaba el ‘no te metás’”— distintos actores de la comunidad intervinieron para poner fin a la situación. Aquello que comenzó con un comentario entre vecinos se convirtió posteriormente en un pedido expreso para que dejaran de realizar este tipo de prácticas. Rememora uno de los soldados estaqueados:

 

En un momento dado, estábamos ahí había una calle muy cercana a la vía, un paso nivel, de ese depósito. Entonces nos habían estaqueado a un costado, eso era un descampado libre, al rayo del sol y a la intemperie total. Y en un momento dado pasa la gente del pueblo por ahí, gente civil, y ve esa situación, ese panorama donde habíamos tres compañeros atados de pies y manos en el calabozo de campaña, y por ese motivo, no sé, se contactó con autoridades. Vino, no recuerdo bien, en ese momento, había un jefe máximo que procedía de Buenos Aires, de Bahía, no me acuerdo donde. Llama al jefe de esa Compañía a hacerse cargo de lo que había hecho. Entonces, por suerte, gracias a la gente de San Antonio que vio la situación [silencio]. Nos metían en el calabozo de campaña, igual estuvimos metidos en un calabozo chiquito, pero bueno, ya era una habitación.[46]

 

Conclusiones

 

A lo largo de este escrito hemos reconstruido distintos aspectos sobre la guerra de Malvinas en la ciudad norpatagónica de San Antonio Oeste. a partir de las perspectivas y experiencias de los soldados conscriptos de la Primera sección de abastecimiento y vecinos de la localidad. Producto del recorrido realizado, a continuación, desarrollaremos algunas reflexiones.

La primera está relacionada con la importancia de abordar este tipo de casos desde una perspectiva regional. Ubicada a 200 kilómetros del paralelo 42°, la guerra impactó de forma directa en San Antonio. Ampliar la mirada al territorio continental del TOS y, específicamente al Sector Plata, nos ha permitido conocer cuestiones vinculadas a la logística de la guerra que excedieron los límites del TOAS. Más aún, atendiendo a revisar ambas delimitaciones preestablecidas, aquí nos hemos enfocado en una pequeña porción del Sector Plata, cuya importancia se materializó en el establecimiento de la máxima autoridad del Centro Regional de Movimiento 601, el coronel Oscar Grasselli, y de los equipos de jefatura. Esto nos permitió focalizar en uno de los componentes de este Centro, la Primera sección de abastecimiento.

El trazado ferroviario, clave en el traslado de tropas, vehículos y material bélico durante el conflicto, tenía a esta ciudad como último destino hacia el sur; de ello se valieron los estrategas militares que optaron por constituir a San Antonio en un punto de conexión entre la Patagonia y el resto del país, de distribución de tropas hacia el litoral atlántico y la región cordillerana lindante con Chile. Es en este sentido que el caso analizado nos invita a pensar posibles escalas para futuros análisis, sin dejar de lado aquellas delimitaciones establecidas por el gobierno dictatorial. Una de las posibilidades es identificar un corredor atlántico que incluya otras ciudades litorales y, principalmente, Comodoro Rivadavia y Río Gallegos, sedes de otros Centros Regionales de Movimiento de la Patagonia, en donde la cotidianeidad de sus habitantes estuvo signada por la presencia de soldados, los oscurecimientos, los simulacros y el temor a una incursión británica; otra alternativa sería delimitar un corredor ferroviario que considere las distintas rutas utilizadas para la guerra, principalmente aquellas ciudades en las que el tren se abastecía de material bélico y tropa. Ambos corredores confluyeron en San Antonio, de allí su particularidad.

La segunda reflexión atiende a las experiencias de los soldados conscriptos de la Primera sección de abastecimiento. Tanto en los días en que estos afrontaron experiencias ‘difíciles’ como en aquellos a los que caracterizaron como ‘buenos’, puede vislumbrarse la particularidad del contexto dictatorial. La instalación del CRM 601 y de su equipo ferroviario en San Antonio trajo consigo violencia y abuso de autoridad. Allí también existieron “bailes” y calabozos de campaña, prácticas que se llevaron a cabo en Malvinas y en distintas ciudades del litoral atlántico, a la vez que castigos institucionalizados dentro de las Fuerzas Armadas.

La figura del soldado estaqueado irrumpió en la vía pública; por ende, implicó para los vecinos la convivencia con este tipo de expresiones violentas. Sin embargo, convivir no significó aceptar: fue la sociedad civil la que, en pleno contexto dictatorial, adoptó un rol activo, capaz de confrontar con el poder de las autoridades militares e intervenir para poner fin a este tipo de prácticas.

La estadía en San Antonio se materializó también en gratos recuerdos de los soldados, muchos de ellos relacionados con la solidaridad y predisposición de sus habitantes. Los almuerzos en casas de vecinos les permitían cortar con la rutina militar diaria, socializar con civiles y hasta contactar familiares. La complicidad vecinos-soldados puede entenderse de dos formas que no son excluyentes. La primera, como una expresión de patriotismo y colaboración a un país en guerra; la segunda, como una muestra más de cómo la comunidad desafió el orden establecido por las autoridades, en tiempos dictatoriales en los que este tipo de acciones podían ser considerados actos de subversión contra la Nación.

Así, las experiencias de conscriptos constituyen un primer acercamiento para comprender el fenómeno bélico en esta ciudad. Aún falta camino por recorrer. Las voces de suboficiales y oficiales, así como ahondar en lo vivenciado por vecinos son líneas futuras a desarrollar, útiles para complejizar la reconstrucción histórica a escala local-regional, necesarias para problematizar la guerra de Malvinas en la Norpatagonia.

Los camiones de la Primera sección irrumpieron en San Antonio, con soldados que rápidamente se instalaron en un lugar estratégico como el predio ferroviario. Pero, así como llegaron, también se fueron. La imagen de un cañón abandonado refleja a la perfección esta idea. Al igual que ese cañón, la guerra quedó en las memorias de los sanantonienses; también en la de los soldados conscriptos, algunos de los cuales hace poco comenzaron a brindar testimonio e, incluso, reconocerse como ‘movilizados’. Es que, como recuerda uno de los entrevistados, al regresar a Bahía, un suboficial le advirtió: “lo que había sucedido era pasado.”

 

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Fotografías del archivo familia Seitune.

Fotografías de archivo personal.

 

Entrevistas

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Gilavert, L. (18/11/2021), entrevista por Proyecto “Cultura, identidad e historia local en el espacio público y en tu pantalla”, Instituto de Formación Docente de San Antonio Oeste, San Antonio Oeste.

Ackerman, R. (18/03/2022), entrevista personal, Bahía Blanca.

Martínez, R. (18/03/2022), entrevista personal, Bahía Blanca.

(22/04/2025), entrevista personal, S/L.

Rossio, C. (28/11/2015), entrevista por S. Rossetti y R. Parga, Bahía Blanca.

Sar, M., (27/08/2024), entrevista personal, San Antonio Oeste.

Seitune, J. (27/11/2021), entrevista por Proyecto “Cultura, identidad e historia local en el espacio público y en tu pantalla”, Instituto de Formación Docente de San Antonio Oeste, San Antonio Oeste.

T. A. (20/08/2024), entrevista personal, San Antonio Oeste.

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Recibido: 08/11/2024

Evaluado: 18/02/2025

Versión Final: 13/05/2025

 

 



(*) Profesor en Historia (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales. FLACSO); Licenciado en Historia (Universidad Nacional del Sur. UNS); Diplomado en Enseñanza de las Ciencias Sociales (FLACSO). Argentina; Magister en Análisis Histórico del Mundo Actual (Universidad de Cádiz). España. Doctor en Historia (UNS). Argentina. Profesor (Instituto de Formación Docente de San Antonio Oeste); Docente (Universidad Nacional del Comahue. UNCo). Becario posdoctoral (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas / Centro de Estudios y Análisis Político. Complejo Universitario Regional Zona Atlántica y Sur. UNCo). Argentina. Email:  [email protected] ORCID: https://orcid.org/0000-0002-0908-4082

[1] Agradezco a los/as evaluadores/as por sus devoluciones y al grupo de lectura del PI 04/V122: “Río Negro entre dos dictaduras (1966-1983): Estado, violencia y construcción de ciudadanía” del CURZAS – UNCo.

[2] Para un desarrollo historiográfico, ver: Lorenz, 2011; Rodríguez, 2017.

[3] Existe cierta ambigüedad en la documentación militar elaborada durante la guerra respecto a los límites que definen los Teatros de Operaciones (principalmente, sobre el límite Norte). El TOAS incluyó los espacios marítimos y aéreos comprendidos entre las 200 millas y la línea costera extendida entre el Cabo de Hornos y el paralelo 42° (el Plan Esquemático 1/82 lo extiende hasta la cuenca del Río de la Plata). El TOS comprendió el territorio continental ubicado entre la costa atlántica y los límites con Chile, desde la Isla Grande hasta la zona costera aledaña a Bahía Blanca (aunque el límite norte establecido también fue el paralelo 42). El TOS nunca fue oficializado por decreto, con lo cual únicamente es posible detectar la delimitación territorial de este Teatro dentro de la documentación emitida por el comandante del V Cuerpo del Ejército, General de División Osvaldo Jorge García, comandante del TOS. El Análisis del nivel operacional en el conflicto del Atlántico Sur, elaborado por la Escuela Superior de Guerra Conjunta de las Fuerzas Armadas (Ortiz, de Vergara y Demierre, 2013) da cuenta de esta ambigüedad, reconociendo que las contradicciones y ausencia de ideas claras, consecuencia de una guerra aislada de cada Fuerza Armada. Ver: Comando del Cuerpo del Ejército V, 1982 a; Comisión de Análisis y Evaluación de las Responsabilidades del Conflicto del Atlántico Sur, 1983; Eguillor Stivale, 2022.

[4] A modo de ejemplo, podemos mencionar los documentos “Resumen de Personal de distintos elementos del Ejército en el TOS, TOAS y a disposición del Comando en Jefe del Ejército” (Ejército argentino, 1982) y “Documentación varia relativa al Servicio Postal y Correo del Ejército durante el Conflicto Malvinas” (Servicio Postal y Correo del Ejército, 1982).

[5] Durante todo el período dictatorial, “el ámbito municipal fue el gran productor de insumos del servicio de inteligencia civil institucionalizado en 1980 en la provincia de Río Negro, el cual fue denominado ‘Martillo’” (Suárez, 2016, p. 3).

[6] Tal como detalla Roberto Tarifeño Molina (2015), la Subzona 51 incluyó en Buenos Aires, los partidos de Adolfo Alsina, Guaminí, Coronel Suárez, Saavedra, Puán, Tornquist, Coronel Pringles, González Chávez, Tres Arroyos, Villarino, Bahía Blanca y Patagones.; en Río Negro, los departamentos de Avellaneda, Pichi Mahuida, 25 de mayo, 9 de julio, Valcheta, San Antonio, Adolfo Alsina y Conesa (p.109).

[7] Con el agregado del cambio que implicó el inicio de una guerra en un territorio con el que las ciudades patagónicas tenían un vínculo real, fortalecidos gracias a los Acuerdos de comunicaciones de 1972 (Carassai, 2022).

[8] Tal como detalla el documento Orden de operaciones N° 02/82 (Vigilancia y Defensa del Litoral Marítimo) del Comando del Cuerpo de Ejército V “La Agr 2do Cte Cpo Ej V continuará la vigilancia del litoral marítimo y lo defenderá, ante la materialización de la agresión británica en la jurisdicción (Subz 51 - MI), para mantener la integridad territorial, a fin de contribuir al logro de los objetivos de la estrategia operacional” (1982 b, p. 25). La Agrupación "2do Comandante" del Cuerpo de Ejército V quedó conformada por la Compañía Comando V Cuerpo Ejército, Elementos del Grupo de Artillería 3 (agregado), la Compañía Telecomunicación 181, la Compañía Intendencia 181, el Destacamento de Inteligencia 181, los Distritos Militares Bahía Blanca y Río Negro, Sección Policía Militar 181, el Escuadrón de Seguridad Vial Sierra Grande (dependiente de Gendarmería Nacional), Fuerzas Policiales Provinciales (bajo control operacional) y Prefectura Naval Argentina (en apoyo) (Comando del Cuerpo de Ejército V, 1982 a, p. 28). Según los documentos del Ejército, esta agrupación desplegó un total de 2394 efectivos en el Sector Plata (Servicio Postal y Correo del Ejército, 1982).

[9] Según lo establecido por el Diario de guerra del V Cuerpo del Ejército Argentino, en su Anexo XV (1982 a, p. 8) correspondiente al Plan de Campaña Esquemático del TOS, se establece que toque de queda y oscurecimiento para todos los centros demográficos comprendidos dentro de este territorio.

[10] Sar, M. entrevista realizada el 27 de agosto de 2024, San Antonio Oeste.

[11] Para el caso de la ciudad de Bahía Blanca, ver: Rodríguez (2007).

[12] En la primera etapa, los soldados se trasladaron en tren hasta Paraná y, desde allí, por vía aérea hacia Comodoro Rivadavia (Comisión Redactora del Informe Malvinas, 1983, p. 45).

[13] Entrevista realizada por “Malvinas y sus protagonistas” a Arnoldo Buompadre el 9 de noviembre de 2022. Recuperada de: https://www.youtube.com/watch?v=ynvzC_DThto&ab_channel=MalvinasysusProtagonista

[14] No hemos detectado información específica sobre la composición del CRM 601 ni de los distintos equipos de jefatura que la integran. La documentación analizada solo referencia el nombramiento de sus autoridades y el Diario de guerra de la Dirección de Transporte (1982), Centro Coordinador de Movimientos 601 establece el 8 de abril que el personal restante será constituido “con personal del Cpo Ej V” (p. 11).

[15] A lo largo del conflicto se crearon otros CRM. El 8 de abril, junto con el CRM 601 se creó el CRM 602 “Paraná” y semanas después, el 30 de abril, el CRM 604 “Comodoro Rivadavia” y el CRM 605 “Río Gallegos” Dirección de Transporte - Centro Coordinador de Movimientos 601, 1982; Huergo, 2011).

[16] Entrevista realizada a Raúl Martínez, 22 de abril de 2025, Bahía Blanca.

[17] En referencia a la falta de información, el conscripto Carlos Rossio reconoce que en un principio la orden fue ir hasta Comodoro pero que, a mitad de camino eso cambió: “Nosotros salimos de acá, eh... Estaba la orden de que llegábamos a Comodoro y nos marcaban para... para las islas. Después en el medio de camino nos cambiaron las órdenes y nos quedamos como compañía de abastecimiento en San Antonio” Entrevista realizada por S. Rossetti y R. Parga a C. Rossio, 28 de noviembre de 2015, Bahía Blanca.

[18] Entrevista realizada a Raúl Martínez, 22 de abril de 2025, Bahía Blanca.

[19] Entrevista realizada a Vincent, A. y Leal, N. por el proyecto “Cultura, identidad e historia local en el espacio público y en tu pantalla”, 16 de marzo de 2022, Instituto de Formación Docente de San Antonio Oeste.

[20] Entrevista realizada a T.A, 20 de agosto de 2024, San Antonio Oeste. Por pedido explícito del entrevistado, se preserva su identidad colocando únicamente sus iniciales.

[21] Entrevista realizada por proyecto “Cultura, identidad e historia local en el espacio público y en tu pantalla” a J. Seitune, 27 de noviembre de 2021, Instituto de Formación Docente de San Antonio Oeste.

[22] Según los registros del Diario de Guerra de la Dirección de Transporte del Ejército, Centro Coordinador de Movimientos 601 (1982), procesados por Miguel Ángel Huergo (2011, p. 213-216), los 35 trenes trasladaron: Comando Brigada Infantería III, Regimiento 5 de Infantería, Compañía de Operaciones Electrónicas 601, Grupo de Artillería 101, Batallón Logístico 3 y Compañía de Comunicaciones 3, Escuadrón de Exploración de Caballería Blindado 3, Comando Cuerpo Ejército IV, Grupo Artillería Defensa Aérea 101, Regimiento de Infantería 1, Grupo de Artillería Defensa Aérea 602, Regimiento de Caballería de Tanques 10, Grupo de Artillería Blindado 1, Escuadrón de Ingenieros Blindado 1, Batallón Logístico 1, Regimiento de Infantería Aerotransportada 17, Grupo de Artillería 121, Batallón de Comunicaciones Comando 101, Comando de Arsenales.

[23] Recuerda Alberto: “Por eso cuando se fueron, que se terminó la guerra, se olvidaron un cañón ahí... que estuvo como dos o tres ahí tirado [risas] ¡Nadie lo venía a buscar!” Entrevista realizada a Vincent, A. y Leal, N. por el proyecto “Cultura, identidad e historia local en el espacio público y en tu pantalla”, 16 de marzo de 2022, Instituto de Formación Docente de San Antonio Oeste.

[24] Según los registros del área de Logística de la Dirección de Transporte (Unidades varias, 1982), el 18 de junio comenzaron a llegar materiales y vehículos y posteriormente personal militar. Entre los días 21 de junio y 30 de junio partieron de la estación un total de 15 trenes.

[25] Entrevista realizada a R. Ackerman, 18 de marzo de 2022, Bahía Blanca.

[26] Entrevista realizada a T. A, 20 de agosto de 2024, San Antonio Oeste.

[27] Al de menor tamaño, las ollas que el grupo había traído desde Bahía Blanca solo eran utilizadas cuando no llegaban contingentes.

[28] Entrevista realizada a Raúl Martínez, 18 de marzo de 2022, Bahía Blanca.

[29] Entrevista realizada a T. A, 20 de agosto de 2024, San Antonio Oeste.

[30] Los vecinos eran conscientes del frio que pasaban y la falta de elementos que poseían los soldados para afrontar las bajas temperaturas: “Nosotros veíamos como los trataban a los chicos y cómo se preparaban. Nos llamaba mucho la atención”, afirma un vecino; y prosigue “¡el frío que pasaban! porque, bueno, generalmente los chicos que venían del Norte de nuestro país. Entrevista realizada a L. Gilavert, 18 de noviembre de 2021, por el proyecto “Cultura, identidad e historia local en el espacio público y en tu pantalla”, Instituto de Formación Docente de San Antonio Oeste, San Antonio Oeste.

[31] Entrevista realizada a Raúl Martínez, 18 de marzo de 2022, Bahía Blanca.

[32] La publicidad publicada en la prensa contribuyó al clima de la época, a partir de la exacerbación de los sentimientos nacionalistas y patrióticos. Ver: Isidori (2012).

[33] Entrevista realizada a Vincent, A. y Leal, N. por el proyecto “Cultura, identidad e historia local en el espacio público y en tu pantalla”, 16 de marzo de 2022, Instituto de Formación Docente de San Antonio Oeste.

[34] Entrevista realizada a R. Ackerman, 18 de marzo de 2022, Bahía Blanca.

[35] Entrevista realizada a Vincent, A. y Leal, N. por el proyecto “Cultura, identidad e historia local en el espacio público y en tu pantalla”, 16 de marzo de 2022, Instituto de Formación Docente de San Antonio Oeste.

[36] Entrevista realizada por proyecto “Cultura, identidad e historia local en el espacio público y en tu pantalla” a J. Seitune, 27 de noviembre de 2021, Instituto de Formación Docente de San Antonio Oeste.

[37] Entrevista realizada a R. Ackerman, 18 de marzo de 2022, Bahía Blanca.

[38] Entrevista realizada a R. Ackerman, 18 de marzo de 2022, Bahía Blanca.

[39] Entrevista realizada a Raúl Martínez, 18 de marzo de 2022, Bahía Blanca.

[40] En la mayoría de los casos registrados en Malvinas, los castigos eran ejemplificadores y constituían “una respuesta disciplinaria a la búsqueda desesperada de alimentos, acopiados por los superiores y negados a los soldados”. Los castigos eran un agravante a “las condiciones inhumanas a las que fueron sometidos los soldados por falta de alimentos y vestimenta adecuada” (Parera 2022). Para profundizar, ver: Ranalletti (2017); Ressia (2021); Perera y Laino Sanchis (2021); Guembe (2022).

[41]Y yo tuve la suerte de tener un suboficial muy macanudo”, afirma uno de los conscriptos al recordar que su superior lo autorizó a comer en un restaurante por su cumpleaños. Entrevista realizada a R. Ackerman, 18 de marzo de 2022, Bahía Blanca.

[42] Entrevista realizada a T. A., 20 de agosto de 2024, San Antonio Oeste.

[43] Entrevista realizada a R. Ackerman, 18 de marzo de 2022, Bahía Blanca.

[44] Entrevista realizada a Raúl Martínez, 18 de marzo de 2022, Bahía Blanca.

[45] Entrevista realizada a L. Gilavert, 18 de noviembre de 2021, por el proyecto “Cultura, identidad e historia local en el espacio público y en tu pantalla”, Instituto de Formación Docente de San Antonio Oeste, San Antonio Oeste.

[46] Entrevista realizada a Raúl Martínez, 18 de marzo de 2022, Bahía Blanca. Es preciso señalar que, sobre este episodio existe otra versión que explica que la interrupción se debió a la llegada de familiares de un estaqueado a San Antonio. Al ver la situación, sus padres armaron un “despelote medio fuerte”, “y ahí nos soltaron. Inclusive a mí me dieron ropa limpia y todo para bañarme para irme con ellos, me dieron el día”, relata T. A, entrevista realizada el 20 de agosto de 2024, San Antonio Oeste.