La Inteligencia Artificial en la enseñanza de la Historia: desafíos, posibilidades y propuestas didácticas
Inés Bianchetti(*)
ARK-CAICYT: https://id.caicyt.gov.ar/ark:/s24690732/ufidiklrb
Resumen
El presente trabajo analiza los desafíos, posibilidades y tensiones que implica la incorporación de la Inteligencia Artificial (IA) en los procesos de enseñanza y aprendizaje, especialmente en la formación docente. En particular, se propone reflexionar acerca de cómo estas tecnologías pueden ser utilizadas de manera crítica y situada en la enseñanza de la Historia, promoviendo la construcción de aprendizajes significativos. Desde la especificidad disciplinar, se considera el modo en que la IA interpela las prácticas de análisis de fuentes, la construcción de explicaciones históricas y el desarrollo del pensamiento crítico propio de la Historia. A partir de una propuesta didáctica concreta, se indagan los alcances y límites de estas nuevas tecnologías en el aula, así como las mediaciones necesarias por parte del docente para orientar su uso pedagógico. Finalmente, se recuperan algunas conclusiones en torno a los criterios éticos y epistemológicos que deberían guiar la integración de la IA en la educación.
Palabras clave: Inteligencia Artificial; Enseñanza de la Historia; Tecnologías educativas; Pensamiento crítico; Formación docente.
Artificial Intelligence in History Teaching: Challenges, Opportunities, and Didactic Proposals
Abstract
This paper examines the challenges, possibilities, and tensions involved in incorporating artificial intelligence (AI) into teaching and learning processes, particularly in teacher education. Specifically, it reflects on how these technologies can be used critically and contextually in the teaching of History, fostering the construction of meaningful learning. From the perspective of disciplinary specificity, it considers the ways in which AI questions traditional practices of source analysis, the construction of historical explanations, and the development of the forms of critical thinking specific to History. Drawing on a concrete didactic proposal, the paper explores the scope and limitations of these new technologies in the classroom, as well as the mediations required from teachers to guide their pedagogical use. Finally, it presents conclusions regarding the ethical and epistemological criteria that should guide the integration of AI into education.
Keywords: Artificial intelligence; History teaching; Educational technologies; Critical thinking; Teacher education.
La Inteligencia Artificial en la enseñanza de la Historia: desafíos, posibilidades y propuestas didácticas
Introducción
En los últimos años, la irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) en distintos ámbitos de la vida cotidiana y profesional ha generado intensos debates sobre su impacto en la educación. Estas transformaciones no solo modifican la disponibilidad de información, sino también las formas en que se produce, se valida y se transmite el conocimiento. En este contexto, la escuela y la universidad se enfrentan al desafío de pensar cómo integrar estas nuevas tecnologías sin renunciar a sus propósitos formativos ni a su función crítica. En el caso de la enseñanza de la Historia, el desafío adquiere una dimensión particular. La disciplina se construye sobre la interpretación de fuentes, la contextualización temporal y la explicación de los procesos sociales desde múltiples perspectivas. Por ello, el trabajo histórico requiere del desarrollo de habilidades cognitivas y metodológicas específicas, tales como la lectura crítica de documentos, la comparación de evidencias y la comprensión de la multicausalidad. Frente a estos rasgos, la incorporación de la IA en el aula invita a revisar los modos en que se enseña y se aprende historia, y a reflexionar sobre los nuevos tipos de mediaciones entre docentes, estudiantes, saberes y tecnologías.
La IA puede ser comprendida tanto como una oportunidad para promover aprendizajes activos y críticos, como una fuente de tensiones en torno al rol docente y la autonomía del pensamiento. Lejos de sustituir la tarea de enseñar, su valor radica en la posibilidad de ampliar los modos de problematizar el conocimiento histórico y de generar espacios de reflexión sobre cómo se construyen las narrativas del pasado. En este sentido, resulta indispensable abordarla desde un enfoque que combine la innovación pedagógica con la especificidad epistemológica de la disciplina.
Estado de la cuestión
En los últimos años, distintos organismos internacionales y especialistas han comenzado a analizar las implicancias del desarrollo de la Inteligencia Artificial en el ámbito educativo. Entidades como la UNESCO en su documento titulado “Recomendación sobre la ética de la Inteligencia Artificial” UNESCO (2021) advierte que el uso de estas tecnologías debe orientarse a la promoción de la justicia social, la equidad y el bien común, subrayando la necesidad de un enfoque ético que garantice el respeto de los derechos humanos, las libertades fundamentales y la dignidad de las personas. Tal como sostiene el documento: “Los Estados Miembros deben velar por que el desarrollo y la aplicación de la Inteligencia Artificial contribuyan al bienestar general, a la reducción de las desigualdades y a la promoción de sociedades pacíficas, justas e inclusivas” (UNESCO, 2021, p. 7).
Diversos autores coinciden en que la IA no constituye un reemplazo del trabajo humano, sino una herramienta que configura las condiciones en que este se realiza. Su implementación en el ámbito educativo reabre el debate acerca de la función docente, la autonomía pedagógica y la mediación tecnológica en los procesos de enseñanza. La cuestión no radica en sustituir el trabajo de los profesores, sino en redefinirlo frente a nuevas formas de producción y circulación del conocimiento. En este sentido, los estudios recientes sobre cultura digital y educación (Scolari, 2023; Ferrarelli y Lion, 2023) enfatizan que la IA puede fortalecer la creatividad y la participación de los estudiantes si se la integra con propósitos claros y acompañamiento docente. Sin embargo, también alertan sobre los riesgos de reforzar desigualdades existentes vinculadas al acceso, a los sesgos de los algoritmos y a la opacidad de los sistemas de datos.
En el plano educativo, investigaciones de la OCDE (2022) y la UNESCO (2021) advierten sobre la disminución de la lectura sostenida y de la capacidad de concentración asociada al uso intensivo de pantallas digitales. Este fenómeno tiene consecuencias directas en la enseñanza de la Historia, una disciplina que exige atención al detalle, interpretación contextual y lectura crítica de fuentes diversas. La IA, al operar sobre grandes volúmenes de información, puede reproducir estos patrones o bien convertirse en un medio para problematizarlos. Por esto mismo, es fundamental considerar la materialidad y los sesgos de la IA. Como señala Crawford (2022), la Inteligencia Artificial no es una entidad abstracta o neutra, sino un conjunto de infraestructuras, decisiones y datos que reflejan relaciones de poder y desigualdades sociales. Incorporar esta mirada crítica en la enseñanza de la Historia permite interrogar cómo los algoritmos representan el pasado, qué voces priorizan y cuáles omiten, abriendo así nuevas oportunidades para el análisis histórico escolar.
La Inteligencia Artificial y su presencia en el aula
La Inteligencia Artificial (IA) dejó de ser una idea futurista para convertirse en una presencia cotidiana, se ha integrado de manera silenciosa pero profunda en nuestras rutinas. La UNESCO (2021, p. 3) la define como “máquinas capaces de imitar ciertas funcionalidades de la inteligencia humana, incluyendo la percepción, el aprendizaje, el razonamiento, la resolución de problemas, la interacción del lenguaje e incluso la producción creativa”. Pero para quienes nacimos en otro tiempo, esto no siempre fue igual.
A lo largo de la historia, el acceso a la información ha sido un privilegio reservado a unos pocos. Durante siglos, los saberes permanecieron concentrados en élites políticas, religiosas o académicas, mientras la mayoría de la población quedaba excluida. La invención de la imprenta en el siglo XV significó una transformación radical: permitió multiplicar los textos escritos y, con ello, ampliar las fronteras del conocimiento. Con el tiempo, la expansión de la educación pública y el desarrollo de los medios de comunicación masivos reforzaron ese camino hacia la democratización de la información.
La llegada de Internet a finales del siglo XX supuso, en palabras de Castells (2006), un punto de inflexión histórico: el surgimiento de una “sociedad red” en la que las tecnologías de la información y la comunicación se convierten en la infraestructura básica de la vida social, política y económica. Según el autor, el poder en este nuevo escenario ya no depende únicamente de la posesión de recursos materiales, sino de la capacidad de conectarse, de establecer y controlar flujos de información en redes globales. Internet abrió así la posibilidad de una biblioteca universal al alcance de cualquier persona con conexión, pero al mismo tiempo profundizó desigualdades entre quienes logran insertarse activamente en estas redes y quienes quedan relegados a una posición periférica.
En el ámbito educativo, este recorrido histórico muestra que cada avance tecnológico reconfigura los modos de enseñar y aprender, pero también redefine quiénes acceden al conocimiento y bajo qué condiciones. En este marco, el desarrollo de la Inteligencia Artificial representa un nuevo momento de tensión en el proceso de democratización del conocimiento. Si bien su capacidad de generar, procesar y distribuir información es inmensa, el acceso a las tecnologías más avanzadas permanece en manos de un reducido número de empresas privadas que controlan algoritmos, modelos de lenguaje y plataformas digitales. En los últimos años, las denominadas IA generativas, capaces de producir textos, imágenes o sonidos, profundizan esta transformación al intervenir directamente en los procesos de creación y comunicación. Tal como ocurría en épocas anteriores, asistimos a un escenario en el que la promesa de apertura y acceso universal convive con dinámicas de concentración y exclusión.
De este modo, la IA no solo constituye un desafío técnico o pedagógico, sino también político y cultural: nos obliga a interrogarnos sobre quién controla la información, quién define los criterios de acceso y bajo qué condiciones los sistemas educativos pueden apropiarse de estas herramientas para sostener el principio de equidad. Retomando a Castells (2006), se trata de reconocer que las redes de información no son neutrales, sino espacios atravesados por relaciones de poder que condicionan las posibilidades de aprendizaje y participación democrática en la era digital. Como advierte Crawford (2022), comprender la materialidad y los sesgos de estas tecnologías es indispensable para garantizar su uso ético y socialmente responsable.
Los desafíos y posibilidades de la Inteligencia Artificial
A diferencia de otras tecnologías digitales, la Inteligencia Artificial no solo procesa información: aprende, se adapta y puede generar nuevos contenidos. Esta capacidad abre enormes posibilidades, pero también plantea desafíos éticos y sociales vinculados con la equidad, la transparencia, la privacidad y la responsabilidad. En educación, estos dilemas adquieren un carácter central: enseñar con IA no significa simplemente incorporar una herramienta más, sino repensar la manera en que concebimos los procesos de enseñanza y aprendizaje.
Desde las teorías del aprendizaje, es posible iluminar estas tensiones. Carretero (1996, p. 23) recuerda que aprender no se reduce a recibir y acumular datos, sino que implica procesos cognitivos activos, donde los estudiantes interpretan, reorganizan y reconstruyen el conocimiento: “aprender supone cambiar nuestras representaciones, integrar nueva información en las estructuras previas y ser capaces de aplicarla en contextos diferentes”. Esta perspectiva subraya que la enseñanza debe generar condiciones para que los estudiantes interactúen críticamente con la información y la transformen en conocimiento significativo. En el caso de la enseñanza de la Historia, esta discusión adquiere una relevancia particular. Como advierte De Amézola (2008), la disciplina exige poner en juego prácticas intelectuales que permitan problematizar el pasado, analizar fuentes, contextualizar e identificar perspectivas, evitando visiones lineales o socialmente cristalizadas del pasado.[1] En este marco, trabajar con IA implica revisar cómo se representan las narrativas históricas, cómo se seleccionan y jerarquizan las fuentes y de qué manera se construyen explicaciones en entornos mediados por algoritmos, que pueden tanto ampliar posibilidades de análisis como reforzar interpretaciones simplificadas.
La llegada de la IA nos interpela a revisar estas creencias. ¿Qué significa “aprender” en un entorno donde la Inteligencia Artificial puede responder preguntas, generar textos o resolver problemas en segundos? ¿Cómo asegurar que el protagonismo siga estando en el estudiante y no en la máquina? Lejos de desplazar la labor docente, la IA puede abrir nuevas posibilidades si logramos integrarla de manera crítica, potenciando la autonomía, el pensamiento analítico y la creatividad.
Sin embargo, cuando pensamos en incorporar la IA al aula, no podemos pasar por alto una cuestión central: la accesibilidad. Aunque muchas de sus aplicaciones se presentan como universales y democratizadoras, el acceso a las herramientas más potentes sigue siendo privado y pago. Esto significa que no todos los estudiantes —y tampoco todos los docentes— pueden utilizarlas en igualdad de condiciones. En la historia reciente, Internet se convirtió en un gran igualador: una biblioteca infinita, disponible para cualquier persona con conexión. La IA, en cambio, introduce una paradoja. Por un lado, amplía las posibilidades de creación, investigación y aprendizaje; por otro, las limita a quienes pueden costearlas o a quienes forman parte de instituciones con suscripciones corporativas. El riesgo es que esta brecha tecnológica se sume a las desigualdades educativas ya existentes, generando un nuevo tipo de exclusión: la exclusión algorítmica[2]. Tal como advierte la UNESCO (2021), las brechas digitales y de infraestructura pueden profundizar la desigualdad educativa si no se acompañan de políticas públicas inclusivas y marcos éticos de regulación del acceso.
En un contexto educativo, esto nos obliga a preguntarnos: ¿cómo enseñar a nuestros estudiantes a utilizar críticamente una tecnología a la que tal vez no tendrán acceso a futuro cuando su suscripción dependa de un pago en moneda extranjera? ¿Cómo evitar que la IA se convierta en un privilegio más, en lugar de una herramienta para ampliar derechos y oportunidades? Responder a estas preguntas implica, como docentes, asumir una doble tarea: explorar y aprovechar las potencialidades de la IA en nuestras prácticas, al tiempo que exigimos políticas públicas y modelos de acceso que garanticen que este recurso no quede restringido a unos pocos.
Frente a este panorama, el docente no puede quedarse atrás en el avance de la tecnología. La IA no es un fenómeno que podamos ignorar ni una moda pasajera. Es una transformación que ya está moldeando la forma en que se produce, circula y consume el conocimiento. Por eso, más que temerla o rechazarla, necesitamos tomarla, trabajar con ella y ponerla bajo la lupa. Esto implica desarmarla: entender cómo funciona, descubrir sus potencialidades y también sus limitaciones. Aprender a criticarla, desmitificarla y desentrañar su carácter de infalible es fundamental para enseñar a nuestros estudiantes que no todo lo que produce una IA es verdadero, neutral o libre de sesgos.[3]
Explicar su funcionamiento en el aula —desde que se alimenta de enormes bases de datos hasta que genera respuestas basadas en patrones estadísticos— ayuda a desmontar la idea de que “piensa” como una persona. Aunque pueda emular ciertas capacidades del cerebro humano, la IA no siente, no comprende ni tiene conciencia. Sus respuestas, por más precisas que parezcan, son el resultado de cálculos y probabilidades, no de intuiciones, emociones o experiencias vividas. Si el conocimiento es poder, conocer cómo opera la IA nos permite usarla como una aliada y no como una caja negra que decide por nosotros. En este sentido, el rol docente se vuelve clave: guiar a los estudiantes para que aprendan no solo a utilizarla, sino también a cuestionarla, adaptarla a sus necesidades y, sobre todo, mantener el pensamiento humano como el centro del acto educativo. La mediación pedagógica en Historia, en particular, permite contrastar los relatos generados por la IA con fuentes y evidencias, fortaleciendo la interpretación crítica del pasado.
El aprendizaje es, ante todo, un proceso: no ocurre de manera instantánea ni se limita a la acumulación de datos. Implica exploración, ensayo y error, interacción con otros, construcción de significados y aplicación del conocimiento en contextos diversos. Desde la perspectiva pedagógica, cada estudiante avanza a su ritmo, con sus propias estrategias, motivaciones y obstáculos. En este sentido, la IA, bien utilizada, puede ofrecer recursos personalizados, brindar retroalimentación inmediata y sugerir caminos alternativos para resolver un problema. Su capacidad para procesar grandes volúmenes de información y responder en tiempo real puede liberar tiempo al docente para dedicarse a lo esencial: el acompañamiento humano, la mediación pedagógica y el fomento del pensamiento crítico.
Este potencial abre una oportunidad para acercar el modelo de la escuela moderna Ferrer (1910) a los nuevos tiempos. La estructura escolar que heredamos del siglo XIX —con su organización rígida de horarios, materias y evaluaciones— se diseñó para un mundo industrial, no digital. Incorporar la IA de manera consciente y crítica nos invita a repensar esas lógicas: favorecer aprendizajes más flexibles, fomentar la autonomía de los estudiantes, promover proyectos interdisciplinarios y desarrollar competencias que respondan a la complejidad del presente. Lejos de reemplazar la enseñanza, la IA puede ampliar las posibilidades de un aula más dinámica, conectada y relevante, siempre que se utilice como un complemento y no como un sustituto del trabajo docente. El desafío es, entonces, integrarla a un proyecto pedagógico que siga teniendo como centro la formación de personas críticas, creativas y comprometidas con su entorno.
Ahora bien, este diálogo entre el proceso de aprendizaje y la Inteligencia Artificial se da en un contexto cultural particular: vivimos en una cultura visual, dominada por imágenes, vídeos cortos, interfaces rápidas y estímulos inmediatos. Diversos estudios y diagnósticos educativos alertan sobre una disminución de la lectura sostenida, la comprensión profunda de textos y la capacidad de concentración (Difabio, 2005; Universidad de Málaga, 2005; Argentinos por la Educación, 2023). Por ejemplo, el informe Lectura y desigualdad. Comparaciones entre Argentina y América Latina advierte que en Argentina sólo uno de cada diez alumnos de tercero de primaria alcanza el nivel más alto de comprensión lectora, y que la desigualdad socioeconómica se asocia de modo fuerte a ese rendimiento (Argentinos por la Educación, 2023). En este escenario, la IA aparece como un elemento ambiguo: puede reforzar esa tendencia hacia la inmediatez o, si se la usa estratégicamente, puede ser un puente para fomentar y recuperar procesos de lectura y pensamiento más complejos. En lugar de utilizar la IA solo para resumir, simplificar o reemplazar la lectura, podemos aprovecharla para motivarla: generar materiales que estimulen la búsqueda de información, recrear textos en distintos formatos para facilitar la comprensión, o invitar a producir a partir de lo leído (debates, análisis críticos, reinterpretaciones creativas). Si se concibe como recurso mediador[4] más que como sustituto, la IA tiene el potencial de revertir la pendiente hacia la superficialidad y contribuir a una lectura más activa, analítica y situada; de lo contrario, corre el riesgo de reforzar la lógica de lo inmediato y fragmentado.
La IA puede ayudar a transformar un contenido abstracto en una experiencia interactiva, pero siempre como puerta de entrada a la profundización, no como su sustituto. De esta manera, la IA puede convertirse en una herramienta para reconciliar a la escuela con los lenguajes y hábitos culturales actuales, integrando lo visual sin abandonar la lectura y la escritura como ejes fundamentales del aprendizaje. Como plantea Scolari (2023), el reto para la escuela no es competir con la lógica audiovisual, sino aprovecharla como un medio para construir sentido histórico y pensamiento crítico.
Propuesta didáctica para su uso en el aula
En la enseñanza de la Historia, es fundamental recordar que el pasado no se nos presenta como un relato completo y objetivo, sino como una reconstrucción hecha a partir de fuentes que, a su vez, fueron producidas en contextos concretos. Esas fuentes —documentos oficiales, crónicas, imágenes, testimonios— no registran todas las voces por igual. Muchas veces privilegian la perspectiva de quienes ocupaban posiciones de poder político, económico o cultural, mientras que otros actores sociales —mujeres, trabajadores, pueblos originarios, personas afrodescendientes, disidencias sexuales— aparecen fragmentados, filtrados o, directamente, ausentes. Reconocer estas ausencias no es solo un ejercicio académico: es una forma de comprender que la Historia siempre es parcial y que el trabajo del historiador, y también del estudiante, implica buscar, imaginar y reconstruir las experiencias que no están en el relato dominante. Como señala De Amézola (2008), la tarea de enseñar Historia implica justamente mostrar que el conocimiento histórico es una construcción situada, atravesada por decisiones sobre qué voces se incluyen y cuáles quedan fuera.
Este enfoque permite vincular el uso de tecnologías emergentes con el propósito formativo de la disciplina: desarrollar una mirada crítica frente a las representaciones del pasado y comprender que toda narrativa histórica implica decisiones, selecciones y silencios.[5] En este sentido, el aula se convierte en un espacio para interrogar las fuentes, preguntarse quién habla, quién calla y quién queda fuera. Desde esta perspectiva, la tecnología —y particularmente la Inteligencia Artificial— puede ser un recurso interesante, pero siempre subordinado a esta mirada crítica. Antes de incorporarla, es clave que los estudiantes fortalezcan la capacidad de identificar las ausencias y de formular preguntas que recuperen las voces marginadas de la historia. Solo entonces tiene sentido integrar la IA: no como creadora automática de información, sino como medio para ayudar a: generar hipótesis, contrastar interpretaciones y poner en tensión las representaciones dominantes del pasado. En esta etapa, el rol docente resulta central: orientar el uso de la IA para que los estudiantes comprendan cómo se construyen los relatos históricos y aprendan a confrontar sus respuestas con la evidencia, reconociendo sesgos, errores o simplificaciones. Así, la tecnología se transforma en un posibilitador del pensamiento histórico y no en un fin en sí mismo.
Desarrollo de la propuesta
La siguiente propuesta se enmarca en el espacio curricular de Currículum y Didáctica del Profesorado de Historia y tiene como propósito explorar las posibilidades didácticas de la inteligencia artificial para analizar representaciones del pasado y reflexionar sobre los modos en que se produce conocimiento histórico. El diseño de la secuencia busca integrar el uso de IA con el trabajo con fuentes históricas, promoviendo un análisis situado que articule tecnología, saber disciplinar y perspectiva crítica.
Antes de iniciar el trabajo con la IA, el docente recupera los conocimientos previos de los estudiantes sobre la Revolución Industrial, proceso que será el eje de la propuesta. Se sugiere comenzar con una breve conversación o una dinámica de observación de imágenes (fábricas, obreros, máquinas, ciudades industriales) que permita reconocer transformaciones sociales y económicas del período. A partir de esta actividad, se introducen conceptos como industrialización, clase obrera, proletariado y capitalismo, que luego serán retomados al analizar los textos producidos por la IA. Esta instancia inicial busca anclar la propuesta en los saberes históricos específicos, garantizando que el trabajo con la herramienta tecnológica dialogue con los contenidos del campo disciplinar. Las tensiones analizadas en torno al acceso, los sesgos y el rol docente encuentran un terreno concreto en el diseño de propuestas didácticas. A continuación, se presenta una experiencia posible para trabajar con IA en el aula de Historia, desde una perspectiva crítica y constructivista.
INICIO
La propuesta parte de la presentación a los estudiantes de un conjunto de fuentes históricas sobre la Revolución Industrial, proceso que marcó profundas transformaciones económicas, sociales y culturales en los siglos XVIII y XIX. Estas fuentes pueden incluir documentos escritos (fragmentos de leyes fabriles, testimonios de trabajadores o discursos de empresarios), imágenes (grabados, caricaturas, fotografías), mapas de las zonas industriales o testimonios orales recreados.
A partir de este material, el docente guía a la clase para identificar qué actores sociales aparecen representados —empresarios, inventores, obreros, mujeres, niños trabajadores— y cuáles están ausentes o escasamente mencionados. Se busca que los estudiantes reconozcan las desigualdades de representación en los relatos sobre el progreso industrial y comiencen a reflexionar sobre las condiciones de vida y de trabajo de los distintos sectores sociales.
Luego, se abre un espacio de debate colectivo para reflexionar sobre las razones de esas ausencias: si se deben a limitaciones del registro histórico, decisiones políticas, desinterés social o a prejuicios y estereotipos propios de la época. Este intercambio puede orientarse con preguntas como: “¿Qué aspectos del proceso industrial se muestran como positivos?”, “¿Qué experiencias o voces no aparecen en estas fuentes?”, “¿Qué mirada sobre el progreso se transmite?”.
En esta etapa, se registran las conclusiones en el pizarrón o en un organizador visual —por ejemplo, un cuadro de doble entrada— que diferencie las “voces presentes” de las “voces ausentes”. El objetivo es que los estudiantes comprendan que el relato histórico sobre la Revolución Industrial no es completo ni neutral, y que siempre requiere ser interrogado para detectar quiénes quedaron fuera y por qué. Este registro servirá como punto de partida para el trabajo posterior con la IA, permitiendo contrastar las representaciones de las fuentes con las respuestas generadas por la herramienta.
DESARROLLO
Una vez identificadas las ausencias y los actores menos representados en las fuentes sobre la Revolución Industrial, se invita a los estudiantes a ponerse en el lugar de esos sujetos invisibilizados —por ejemplo, mujeres trabajadoras, niños obreros o artesanos desplazados por la maquinaria— y a formular, en grupos, preguntas que les harían si pudieran entrevistarlos. Este ejercicio busca promover la empatía histórica y la imaginación como herramientas para comprender la experiencia humana en contextos de transformación social.
Se reflexiona colectivamente sobre la relevancia y pertinencia de las preguntas: qué tipo de información podrían aportar, cómo modificarían nuestra comprensión del proceso industrial y qué vacíos llenarían en el relato. El docente puede orientar este momento con ejemplos de preguntas como: “¿Cómo cambió tu vida desde que empezaste a trabajar en la fábrica?” o “¿Qué pensás de las nuevas máquinas que reemplazan el trabajo manual?”
Tras esta instancia de reflexión, se presenta la herramienta de Inteligencia Artificial, por ejemplo, un chatbot como ChatGPT,[6] explicando brevemente su funcionamiento y aclarando que no “piensa” ni “sabe”, sino que genera respuestas basadas en patrones de información con los que fue entrenada. Se explicita que la IA no reemplaza la investigación histórica ni constituye una fuente en sí misma, sino un recurso para poner a prueba hipótesis y reflexionar sobre los discursos generados a partir de datos preexistentes.
Luego, se ingresan las preguntas elaboradas por los grupos, solicitando a la IA que responda “en primera persona” desde la perspectiva del sujeto histórico elegido, por ejemplo, “una niña que trabaja en una fábrica textil en Manchester en 1850” o “un campesino que emigró a la ciudad para buscar empleo”.
Las respuestas generadas por la IA se analizan en grupos para evaluar si son coherentes con el contexto histórico, si presentan anacronismos, si reproducen estereotipos o si aportan elementos novedosos. El docente guía el análisis con una tabla de cotejo o lista de verificación que contemple los siguientes criterios: coherencia temporal, fidelidad a las condiciones históricas, presencia o ausencia de sesgos de género, clase o etnia, y uso del lenguaje histórico apropiado.
Finalmente, se comparan las producciones de la IA con fuentes históricas reales o materiales seleccionados por la docente (testimonios obreros, fragmentos de prensa, legislación laboral, informes de fábricas), identificando coincidencias, contradicciones, vacíos y sesgos. Este contraste permite trabajar sobre la validez del conocimiento histórico y sobre la importancia de la evidencia para evaluar la verosimilitud de los relatos producidos por la IA.
CIERRE
Como producto final de la secuencia, los estudiantes elaborarán una producción escrita en el formato que prefieran: una entrada de blog, una noticia periodística o un guión breve de podcast. El objetivo es que comuniquen sus conclusiones articulando el análisis histórico realizado, la comparación entre las respuestas generadas por la IA y las fuentes reales, y una reflexión sobre las voces ausentes en los relatos del pasado y del presente.
Todas las producciones deberán incluir, de forma explícita:
● Una síntesis crítica de las respuestas de la IA, señalando qué elementos incorpora, cuáles omite y qué supuestos o sesgos pueden identificarse.
● Una comparación con al menos dos fuentes históricas reales, marcando coincidencias, diferencias, silencios y anacronismos.
● Una reflexión final que recupere el siguiente eje de problematización:
La pregunta por las voces silenciadas en el pasado se entrelaza con la pregunta por las voces silenciadas en el presente: ¿quiénes tienen acceso a la IA?, ¿qué miradas quedan fuera de sus bases de datos?, ¿qué desigualdades puede reforzar si no la utilizamos críticamente?
Para orientar la escritura, el docente puede proponer preguntas guía como:
– “¿Qué diferencias notaron entre la versión de la IA y las fuentes históricas?”
– “¿Qué actores sociales quedaron fuera del relato generado por la IA?”
– “¿Qué aprendimos sobre los criterios con los que se construye la historia y sobre quién tiene voz para narrarla?”
– “¿En qué se parecen los silencios del pasado y los silencios de la IA?”
Luego, en una puesta en común final, los grupos presentan sus producciones y se sistematizan las conclusiones en el pizarrón o mediante una presentación colectiva. Este momento permite conectar los hallazgos particulares con conceptos más amplios sobre la Revolución Industrial —progreso, trabajo, desigualdad, género, infancia, migraciones— y con discusiones contemporáneas sobre representación, acceso a la tecnología y construcción de narrativas.
La evaluación es formativa, gradual y participativa. Se valorarán la calidad del análisis comparativo, la pertinencia de los argumentos, la capacidad para detectar sesgos y silencios, y la reflexión sobre las fuentes y la IA. También se considerarán las habilidades de trabajo colaborativo, la diversidad de interpretaciones y la fundamentación con evidencias históricas.
Finalmente, el docente recupera las ideas centrales para enfatizar que la Historia no es un relato cerrado, sino un campo de debate permanente, y que las herramientas tecnológicas —cuando se utilizan críticamente— permiten interrogar las narrativas establecidas y visibilizar tanto las voces del pasado como las desigualdades del presente. De este modo, la IA se convierte en un medio para fortalecer el pensamiento histórico, la lectura crítica y la construcción democrática del conocimiento, y no en un fin en sí misma.
Propuesta para el aula: un análisis
Desde el punto de vista pedagógico, la propuesta se alinea con un enfoque constructivista y crítico, en el que el estudiante no es un receptor pasivo, sino un sujeto activo que investiga, formula hipótesis, contrasta evidencias y reflexiona sobre el proceso. Aquí, la IA no reemplaza al docente ni al pensamiento humano, sino que se convierte en un mediador que provoca preguntas y que obliga a encauzar un proceso de análisis para verificar y problematizar sus respuestas. El rol docente, en este marco, es el de orientar la indagación, promover el trabajo colaborativo y garantizar que el diálogo con la tecnología esté guiado por criterios éticos y epistemológicos propios de la disciplina histórica.
En el plano didáctico, el valor central de esta experiencia está en su capacidad para vincular la historia escolar con los desafíos contemporáneos. La pregunta por las voces silenciadas en el pasado se entrelaza con la pregunta por las voces silenciadas en el presente: ¿quiénes tienen acceso a la IA? ¿Qué miradas quedan fuera de sus bases de datos? ¿Qué desigualdades puede reforzar si no la utilizamos críticamente? De este modo, la actividad no solo enseña sobre un hecho histórico, sino que también ayuda a formar ciudadanos capaces de navegar un mundo en el que la información —y su control— es un terreno de disputa política, económica y cultural. Esta articulación entre pasado y presente permite que los estudiantes comprendan la dimensión política del conocimiento histórico y reconozcan que toda tecnología, incluida la IA, expresa relaciones de poder y decisiones humanas.
En definitiva, el sentido profundo de esta propuesta es preparar a los estudiantes para un doble desafío: el de comprender el pasado en toda su complejidad, y el de habitar el presente con herramientas para interpretar, crear y actuar de manera informada y ética. Integrar la IA en este camino no es un gesto de modernización superficial, sino una apuesta a que la escuela siga siendo un espacio de pensamiento crítico, de diálogo entre saberes y de construcción democrática del conocimiento.
En el contexto actual, la enseñanza de la Historia enfrenta un doble desafío: por un lado, la sobreabundancia de información disponible en múltiples formatos y, por otro, la necesidad de que los estudiantes desarrollen herramientas para discernir, interpretar y construir conocimiento propio. Esta propuesta se inscribe en esa tensión y busca aprovechar el interés que despierta la Inteligencia Artificial para, al mismo tiempo, ponerla en cuestión. Más que un ejercicio técnico, se trata de una experiencia formativa que pone a los estudiantes en el centro del proceso. Al identificar qué voces históricas han quedado fuera de los relatos y preguntarse por las razones de esa ausencia, los estudiantes comprenden que la Historia no es un reflejo fiel del pasado, sino el resultado de una selección y organización de hechos, cargada de intencionalidades, omisiones y silencios. Formular preguntas a esos sujetos invisibilizados no es solo un ejercicio de imaginación histórica, sino también un acto de justicia simbólica: abre la posibilidad de pensar cómo sería la historia si incorporara otras perspectivas y experiencias.
La introducción de la IA en esta secuencia no es un fin en sí mismo, sino un medio para confrontar a los estudiantes con un nuevo tipo de recurso: una nueva tecnología capaz de simular discursos, recrear escenarios y producir narrativas, pero que lo hace a partir de patrones preexistentes, con las mismas limitaciones y sesgos que los datos con los que fue entrenada. Al comparar sus resultados con fuentes documentales, los estudiantes aprenden que ninguna de las nuevas tecnologías es totalmente objetiva o infalible, y que toda producción de conocimiento debe ser analizada, cuestionada y contextualizada. En este sentido, el trabajo con IA se convierte en una oportunidad para fortalecer competencias metacognitivas y epistemológicas esenciales para la formación docente.
Este trabajo también ayuda a tender puentes entre la cultura escolar y el mundo fuera de la escuela. Vivimos en una sociedad marcada por la rapidez de lo visual y por la fragmentación de la información; sin embargo, el aula puede convertirse en un espacio para desacelerar, para detenerse a indagar, contrastar y reflexionar. La IA, usada de esta manera, no reemplaza la lectura ni la investigación, sino que las impulsa, generando situaciones de aprendizaje que integran lo creativo con lo riguroso, lo lúdico con lo analítico. Esta estrategia permite resignificar la cultura digital dentro de la escuela, transformando la curiosidad tecnológica en una vía para la construcción de pensamiento crítico e histórico.
En definitiva, la propuesta apunta a formar estudiantes capaces de dialogar con el pasado desde el presente, que puedan usar las herramientas tecnológicas sin subordinarse a ellas, y que sean conscientes de que el conocimiento histórico es siempre una construcción en disputa. Integrar la IA de forma crítica y creativa en el aula no solo actualiza nuestras prácticas docentes, sino que reafirma el papel de la escuela como espacio de construcción colectiva, de debate informado y de formación de ciudadanos que comprendan la complejidad del mundo que habitan.
Bibliografía
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Recibido: 28/08/2025
Evaluado: 21/10/2025
Versión final: 16/11/2025
(*) Profesora de Historia (Universidad Nacional de Rosario. UNR); Diplomada en Estudios Avanzados en Políticas y Prácticas de Evaluación de los Aprendizajes (UNR). Jefa de Trabajos Prácticos (Residencia de Historia y en el Taller Específico de Currículum y Didáctica. Facultad de Humanidades y Artes. UNR); Docente secundaria (Instituto Politécnico Superior. UNR; instituciones de nivel secundario provincial y de enseñanza para adultos); Profesora (Historia Argentina I, carreras de Licenciatura en Ciencias Políticas y Licenciatura en Relaciones Internacionales. Universidad Católica Argentina. Argentina. Email: [email protected] ORCID: https://orcid.org/0009-0002-3506-1105
[1] En Esquizohistoria, De Amézola (2008) sostiene que la enseñanza de la Historia se encuentra atravesada por una “triple fractura” entre la Historia académica, la Historia escolar y la Historia social. Para el autor, el desafío didáctico consiste en acercar a los estudiantes a prácticas propias del pensamiento histórico —analizar fuentes, contextualizar, reconocer perspectivas y comprender la naturaleza construida del conocimiento histórico— evitando narrativas lineales o acríticas. La incorporación de IA vuelve especialmente visible esta tensión, ya que los algoritmos suelen reproducir sentidos comunes del pasado más que interpretaciones historiográficas rigurosas.
[2] El término exclusión algorítmica refiere a las formas de desigualdad que se producen cuando el acceso a tecnologías basadas en inteligencia artificial depende de recursos económicos, infraestructura o permisos institucionales. A diferencia de otras brechas digitales vinculadas al uso o a la alfabetización tecnológica, la exclusión algorítmica se genera porque los algoritmos y plataformas más potentes son propietarios, de pago o están restringidos, lo que deja fuera —total o parcialmente— a quienes no pueden acceder a ellos y profundiza desigualdades educativas, económicas y sociales preexistentes.
[3] Los “sesgos de la IA” no son fallas aisladas, sino consecuencias directas del modo en que los modelos se entrenan y operan. Estos sesgos pueden originarse en los datos —que reproducen desigualdades sociales, culturales o históricas—, en los criterios de selección y limpieza del corpus, en la arquitectura algorítmica o en las decisiones de diseño tomadas por desarrolladores. Como resultado, los sistemas pueden generar respuestas que refuercen estereotipos, invisibilicen ciertos grupos, reproduzcan asimetrías de poder o privilegien perspectivas dominantes. Comprender este funcionamiento es clave para un uso educativo crítico de la IA, especialmente en disciplinas como la Historia, donde la representación del pasado siempre implica una selección, una mirada y un posicionamiento.
[4] En el campo pedagógico, un recurso mediador es todo dispositivo —material, conceptual o digital— que interviene entre el docente, el estudiante y el contenido para favorecer la apropiación del conocimiento. Su función no se limita a transmitir información, sino que actúa como un puente cognitivo y didáctico que organiza, orienta y estimula procesos de interpretación, problematización y construcción de sentido. En este marco, la inteligencia artificial puede funcionar como recurso mediador cuando se utiliza para generar andamiajes que amplíen las posibilidades de comprensión: por ejemplo, ofreciendo explicaciones alternativas, activando conocimientos previos, proponiendo preguntas guías, transformando formatos textuales para facilitar el acceso o promoviendo la producción reflexiva a partir de lo leído. Su valor pedagógico radica, entonces, no en reemplazar la actividad intelectual del estudiante, sino en habilitarla y potenciarla dentro de un proceso de enseñanza situado.
[5] De Amézola (2008) desarrolla la idea de que todo relato histórico es el resultado de elecciones —qué se incluye, qué se deja afuera, qué voces se priorizan— y sostiene que una enseñanza rigurosa debe hacer visibles estos procesos. En Esquizohistoria, plantea que el conocimiento histórico escolar suele presentar versiones simplificadas y linealizadas del pasado, alejadas de la complejidad de la investigación académica y de las memorias sociales. Para el autor, enseñar Historia implica justamente trabajar sobre esos silencios, ausencias y disputas de sentido, acercando a los estudiantes a prácticas propias de la disciplina: problematizar fuentes, reconocer perspectivas, analizar desigualdades de representación y comprender la naturaleza construida del conocimiento histórico. Integrar IA en este marco exige redoblar la mirada crítica, ya que los algoritmos tienden a reproducir visiones hegemónicas antes que interpretaciones situadas y complejas.
[6] El ChatGPT es un modelo de lenguaje desarrollado por OpenAI, basado en arquitectura de redes neuronales de última generación (modelos GPT). Está entrenado con grandes volúmenes de texto y es capaz de generar respuestas, explicar conceptos, sintetizar información, escribir textos y mantener conversaciones en lenguaje natural. No “sabe” en sentido humano ni accede a información en tiempo real, sino que produce respuestas a partir de patrones estadísticos presentes en los datos con los que fue entrenado. Como toda IA generativa, puede cometer errores, reproducir sesgos o construir información inexacta, por lo que su uso educativo requiere mediación docente y lectura crítica.