Acerca del “terrorismo de estado” en Argentina (Apuntes para la reflexión en el aula)®

 

Irma Antognazzi[1]

 

“Terrorismo de estado” es un término útil por lo que describe: un plan de terror impulsado desde el estado

Pero por más afinada y minuciosa que sea la descripción de los hechos aberrantes que refiere, resulta insuficiente para conocer de qué se trata realmente. ¿De qué estado estamos hablando?

La falta de explicación y de enfoque global, reduce la cuestión a una descripción de horrores, una cadena de hechos verdaderos, verificados e investigados por la historia, otras ciencias y por la justicia. Sin embargo, necesitamos poder explicarnos de qué sociedad se trata; cuál es su génesis; cuáles son los intereses de los grupos sociales que protagonizaron; de dónde provino el poder para cometer semejantes hechos aberrantes y encontrar el significado de las políticas y los discursos “oficiales” de entonces y de ahora.

Con un conocimiento más completo aún que la memoria colectiva ya instalada, estaremos en mejores condiciones -como pueblo argentino- para reunir las energías sociales todavía dispersas y elaborar propuestas políticas adecuadas para desmontar esos aparatos de terror definitivamente. De otra forma, aunque gritemos NUNCA MÁS seguimos viviendo sobre el nido de la serpiente, porque el poder financiero que estuvo moviendo los hilos del terrorismo de estado, es el mismo de hoy, aún más concentrado e internacionalizado, aunque han cambiado diversos gobiernos. Pero como hoy hay otro contexto histórico, otra correlación de fuerzas y experiencia acumulada en el campo popular, sus formas represivas y terroristas aparecen menos expuestas.

Las descripciones de los hechos que produjo el “terrorismo de estado” que han podido ser develados –como cantidad de prisioneros, secuestrados-desaparecidos, torturados, amenazados- y las maneras de actuar de los aparatos represivos sobre los cuerpos, corren el riesgo de ser parciales si no se los ve dentro de la totalidad del proceso. Y lo parcial da por resultado un conocimiento deformado. Descripciones de los horrores a través de relatos, lecturas, películas, etc. llevados a la escuela, pueden dar resultados no deseados o hasta contrarios a los objetivos planteados. Por esto queremos reflexionar con los docentes dispuestos a formar ciudadanos conscientes, democráticos, comprometidos con la historia en su calidad de seres humanos plenos, -miembros del pueblo argentino, latinoamericano y mundial. Aunque nos confesemos democráticos y antidictatoriales, si no hemos llegado a explicarnos las causas, los por qué, y a ayudar a los estudiantes en el descubrimiento de sus propios interrogantes, nos quedamos en la superficie, en lo aparente, en lo que se deja mostrar. Habremos perdido la profundidad que nos otorga la aplicación de la teoría de la historia y habremos quedado sin recursos suficientes para entender la sociedad del presente, que está profundamente enraizada en los ’70 y particularmente en el terrorismo de estado”. Y si no podemos entender la historia del presente, la que se está haciendo en el día a día, se dificulta la capacidad de participación y protagonismo de las nuevas generaciones en la construcción de otro mundo que es posible.

 

¿Que memoria colectiva se ha construido en estos últimos 30 años?

Quizás parte del rechazo que solemos encontrar en los estudiantes para abordar los años 70 incluido el golpe militar del 76, sea porque se les ha conformado una memoria teñida de sangre y de torturas sin que esos conocimientos les ayuden a entender su realidad actual. Aunque ésta está vinculada históricamente con aquella época y aquellos hechos, el conocimiento del proceso histórico les ha sido vedado a las nuevas generaciones, y por ende también a gran parte de la docencia actual.

Veamos algunos de esos temas que consideramos que aún no han sido incorporados a la memoria colectiva.

·                    No se ha rescatado plenamente la identidad política de aquellos jóvenes de los `70, sus ideas y sus prácticas de vida, sus sueños, sus problemas, sus temores y tampoco su alegría y su risa.[2] En general no ponemos las risas en esta historia que contamos de los 70, como si creyéramos que es necesario evadirlas para que nuestras historias sean más creíbles y más “fuertes”. Siempre es más fuerte la verdad que los escamoteos.

·                    Denunciamos a los responsables del terrorismo de estado, (las cúpulas de las Fuerzas Armadas, tenemos nombres de represores ya identificados). Todo esto significa el logro de un gran esfuerzo por destapar lo que pretendían que quede totalmente oculto o justificado. Sin embargo, todavía no ubicamos a los ideólogos como personeros de una clase o de intereses nativos y extranjeros ante los cuales respondían, y a los que ejecutaban las órdenes, como productos descompuestos de una sociedad que los crea, los habilita, los estimula y los forma para la represión salvaje y la complicidad con el poder.

Damos pie muchas veces para que se entienda que hablamos de “ángeles” y “demonios”, sustantivos que no permiten entender los objetivos y las encarnizadas luchas de los cuerpos involucrados. No abordamos en las escuelas el estudio de los diferentes proyectos en pugna, en el contexto de la ruptura del proyecto peronista de manera tal que permita incorporar a la memoria colectiva las propuestas políticas de las organizaciones revolucionarias de la época (por ejemplo, todas las vertientes que se reconocían peronistas y todas las que se reconocían marxistas, marxistas- leninistas, trotskistas, maoístas). Tampoco se ha divulgado a nivel masivo el proyecto de la oligarquía financiera y el uso del “terrorismo de estado”.

·                    En la memoria colectiva ha quedado un erróneo intento de explicación: el “terrorismo de estado” habría sido producido por los militares. No hay duda. Se ha comprobado el papel de las cúpulas y numerosos integrantes de las tres fuerzas armadas y de seguridad en el cumplimiento del plan de terror contra el pueblo. Pero no es correcto presentar el problema como una puja entre militares y civiles en abstracto, como si unos y otros tuvieran cualidades político-ideológicas adosadas de una vez para siempre. Esa falsa caracterización acerca de los militares en abstracto, en todo tiempo y lugar represivos y contra el pueblo, tiene serias consecuencias en la historia del presente, tanto interna como internacionalmente. Por ejemplo, cuando el entonces coronel Hugo Chávez encabezó un golpe militar en Venezuela en 1992 contra las políticas “neoliberales”, ese prejuicio operó como anteojeras. Esa falsa caracterización a partir de la experiencia argentina erróneamente evaluada, colocó a muchos organismos de derechos humanos y gran parte de la sociedad en contra de un hecho histórico de contenido popular y antiimperialista de una fuerza y originalidad inusitadas que trascendió el espacio de Venezuela para irradiarse a toda América Latina. Pasaron diez años hasta que una parte importante del pueblo argentino pudiera asimilar ese golpe militar como expresión de las luchas del pueblo venezolano contra el poder financiero local y de los EE.UU. Tampoco se mantiene presente el dato de que Perón -que produjo grandes transformaciones con un proyecto industrializador que favoreció a capas sociales populares en la década 40/ 50- era militar. Este falsa visión de antagonismo entre militares y civiles facilitó al poder político de turno (Alfonsín, Menem, de la Rúa) cumplir con las exigencias de los Estados Unidos: liquidar por ahogo presupuestario a las Fuerzas Armadas y a sus emprendimientos científico- tecnológicos y dejarlas “sucias” sin los debidos procesos judiciales. Tengamos en cuenta que con la consigna ”fuerzas armadas asesinas” hemos generalizado esa visión falaz, al punto tal que llegó a instalarse la idea de que una nación, la nuestra, no debería contar con Fuerzas Armadas. No nos hemos preocupado en disputar la formación ideológica de nuevos militares para la democracia y el pueblo, en lugar de dejar la tarea en manos de instructores del poder financiero.[3]

La dicotomía militares versus civiles esconde a la parte de la sociedad civil que preparó el golpe militar contando con la complicidad de las Fuerzas Armadas de la Nación y respondiendo a sus intereses gran monopólicos transnacionales. Y no nos referimos a gente del pueblo que pedía “orden” ante una situación conflictiva del último gobierno peronista del 73, entonces bajo la presidencia de “Isabel” Perón. El golpe fue dirigido política e ideológicamente por el poder financiero que lo fue preparando desde un año antes contando con las cúpulas de las fuerzas armadas homogeneizadas en torno a ese proyecto antipopular y pro imperialista y formadas en la Doctrina de Seguridad Nacional. Hoy no cabe ninguna duda que dicho golpe de estado tuvo por objetivo favorecer el rápido proceso de concentración capitalista para lo cual la oligarquía financiera necesitaba liquidar la resistencia popular, incluyendo la resistencia de capas medias de la burguesía nativa. No cabe duda que las cúpulas de las tres fuerzas armadas, homogéneas como nunca antes, fueron el brazo armado del Partido del Poder Financiero.[4] Con una memoria colectiva errónea, “civiles” como los Cavallo, los Martínez, de Hoz, los Machinea, los Walter Klein (por citar algunos) responsables de crear las estructuras para el vaciamiento del país y el enriquecimiento de grupos económicos, y que formaron parte del estado terrorista quedaron despegados de los “chupaderos” y de las órdenes de secuestrar y matar; y siguen siendo calificados como economistas expertos -tecnócratas- y no como cómplices y autores intelectuales de los aberrantes delitos contra el pueblo argentino. Esa falsa caracterización llevó a que gran parte de “la sociedad” aceptara que dichos personajes fueran ministros de los gobiernos que se sucedieron desde 1983. Observemos que pudimos poner en el banquillo de los acusados y hasta fueron condenados los comandantes de las tres armas, pero el único juicio contra Martínez de Hoz a raíz del endeudamiento externo, iniciado en 1982 por don Alejandro Olmos, estuvo 18 años en Tribunales Federales, y al fin el juez lo sobreseyó, en el año 2000[5], porque prescribió la causa. Y no hubo reclamos populares masivos, el pueblo no lo supo, no pudo atar cabos entre los terroristas militares y los terroristas económico-financieros. En estos días vemos como justo triunfo popular que haya sido puesto ante el Juez Baltasar Garzón, el represor Cavallo de la Escuela de Mecánica de la Armada. Todavía somos pocos los que advertimos que no se convoca a los estrados judiciales a los autores ideológicos de los crímenes pasados y actuales contra el pueblo argentino, civiles, cuadros políticos del poder financiero.

·                    A las nuevas generaciones les hemos transmitido una imagen de que “jóvenes eran los de antes”. Los jóvenes de hoy debieron hacer descubrimientos por el método empírico del ensayo y error. Faltó una generación que les ayudara a atar cabos con la historia. Todavía hay muy escasos análisis históricos serios para descubrir qué errores conceptuales manejábamos los que fuimos protagonistas de los 70; qué lectura de la realidad hacíamos, qué factores veíamos y cuáles no, cómo entendíamos la teoría de la historia y cómo la aplicábamos. Una mirada retrospectiva sería utilísima para ver cuánto de aquel proceso está inscripto en la historia del presente, que sin embargo es muy distinto a aquél, aunque en la superficie parezca un retorno.

 

¿Cómo se formó esta memoria colectiva

que resulta funcional al poder dominante?

Hay historiadores, científicos sociales, economistas y comunicadores sociales que son operadores del poder dominante, que se han formado en sus universidades e institutos, que han recibido subsidios para lograr esa formación orgánica al poder, y que han sido cooptados. Otros, investigadores y docentes en distintos niveles de la educación, bien intencionados, intentan dar una batalla contra el poder establecido pero no han estudiado a fondo con herramientas científicas ya que les han sido vedadas y fueron captados por las modas del posmodernismo. Otros, que al no advertir perspectivas de cambio social, se han dedicado a alcanzar privilegios personales. Otros, lamentablemente en número reducido todavía, no hemos podido o nos han impedido llegar más allá de nuestras cátedras o publicaciones, sin prensa y escasos recursos para investigación y extensión. A pesar de este cuadro, con escaso nivel científico en las nuevas generaciones, verificamos que hay un proceso de creciente demanda por la verdad y por la explicación histórica y que el enfoque historiográfico del presente con los recursos de la teoría científica de la historia cada vez da más respuesta a los desafíos actuales del conocimiento de lo social.

 

¿Qué nos falta introducir para explicar el “terrorismo de estado”?

Es necesario conocer el escenario histórico, interno e internacional, en el que se produjo. Para ello es imprescindible contar con la caracterización del imperialismo -la forma de internacionalización que adopta el capitalismo en cierta etapa de su desarrollo-. Esta forma involucra no sólo cuestiones generales de la mundialización de la economía, la política y las finanzas, o el desarrollo tecnológico sino cambios en la subjetividad, las mentalidades, la cultura, en conductas diversas. Pero no alcanzaría con definir capitalismo e imperialismo. Para explicarnos el “terrorismo de estado” del 76 al 83 es necesario ubicar el proceso histórico de desarrollo del capitalismo en Argentina, particularmente desde la experiencia del estado industrializador del peronismo de los 40-50; período en el cual se fueron acumulando masas de capital en cada vez menos manos con un ritmo y velocidad pocas veces vistos en la historia. Ese proyecto, hegemonizado por la burguesía nacional, favoreció una distribución del ingreso social como nunca antes y nunca después, instaló avances materiales y subjetivos en amplias capas sociales, básicamente la clase obrera industrial y rural, que estaban dispuestas a defenderlos. Después del golpe militar que destituyó al gobierno de Perón en 1955 -la llamada “Revolución Libertadora”- en la década siguiente se instala una puja de proyectos. Por un lado, la burguesía en proceso de monopolización y transnacionalización acelerada, que intenta ahogar a una burguesía nativa que perdía espacio para sus negocios; por otra parte, los embrionarios proyectos de liberación nacional y social que emanan de los sectores sociales en proceso de empobrecimiento que contaban con alta conciencia antiimperialista y conscientes de los procesos de construcción del socialismo y de luchas revolucionarias en toda América Latina. La voracidad de algunos grupos económicos nativos y extranjeros desde los 60, provocaron la pérdida de las condiciones de vida que había asegurado, para amplias capas sociales, el peronismo, cuya caída se había producido pocos años antes. Esta tensión social, dio pie, primero, a la resistencia peronista y luego a varias explosiones sociales (los rosariazos y los cordobazos) y al surgimiento de diversas organizaciones peronistas y marxistas, alentadas en gran medida por los exitosos resultados sociales de la revolución cubana, la lucha popular contra la invasión de los Estados Unidos a Vietnam, la presencia de grupos guerrilleros en toda América Latina, el triunfo de la Unidad Popular en Chile entre algunos hechos relevantes. El corto espacio de recuperación de la democracia entre 1973 y 1976 muestra el complejo panorama de sectores sociales y políticos enfrentados, con formas de lucha sindical, ideológica y política, y manifestaciones de lucha armada a partir de propuestas de organizaciones peronistas y marxistas a la vez que la creciente onda represiva de organizaciones parapoliciales y paramilitares. Justamente en esas dos décadas, 60 -70 hay muchas claves para explicar el terrorismo de estado del 76 en adelante.

 

¿Qué sector de la burguesía tenía el poder del estado?

Ese “estado terrorista” estaba en poder de la oligarquía financiera, capa social que fue concentrando su poder político, económico y financiero llegando a un clímax en el 2001. A partir de las elecciones de octubre de ese año, con un alto porcentaje de votos en blanco o anulados como expresión de rechazo a la política que se implementaba, entendemos que está en un punto crítico, porque el pueblo ha acumulado poder de manera tal que está provocando un cambio ya perceptible en la correlación de fuerza entre ambos campos. Esto lo planteamos sólo a modo de hipótesis que requiere verificación.

Describir el “terrorismo de estado”, como políticas represivas es sólo una parte del conocimiento de esa historia. Pero debemos advertirnos a nosotros mismos que en gran medida esa fue una pantalla para ocultar el vaciamiento económico-financiero del país. Los golpes contra la soberanía nacional, contra el estado nacional, fueron hipotecas tomadas contra el conjunto del pueblo argentino, sobre nuestro patrimonio acumulado natural y cultural, todas políticas que formaban parte del mismo plan instalado desde el poder del estado terrorista.

El horror del terrorismo de estado fue tan impactante que les sirvió para tapar estos otros planos de la realidad. La necesidad de justicia por parte del pueblo fue tan fuerte, y tan escaso el aporte de intelectuales para profundizar en la historia total, que sin advertirlo hasta hoy, nos ha quedado oculta una parte de la historia. Por ejemplo, que el día siguiente del golpe militar el FMI le otorgó un crédito al gobierno militar y envió en varias ocasiones veedores para determinar el margen de endeudamiento; ¿cuántos conocemos las maniobras delictivas por los cuales se fue gestando una deuda externa como nunca antes habíamos tenido? ¿Cuántos de nosotros supimos que cuando empezó la etapa democrática el presidente Alfonsín contando con tan gran apoyo del pueblo argentino, podría hacer desconocido la descomunal deuda externa del estado, las garantías que habían firmado el gobierno militar por créditos de empresas privadas y las deudas que impusieron obligatoriamente a las empresas estatales? ¿Cuántos recordamos las investigaciones sobre delitos económicos que realizó el Dr. Ricardo Molinas al iniciar la etapa Alfonsín desde la Fiscalía Nacional de Investigaciones a su cargo? ¿Cuántos pudimos atar cabos entre las políticas y los funcionarios de la dictadura militar y los de la “democracia” que le siguió, calificados de expertos y tecnócratas, cuando en realidad eran cuadros políticos del capital financiero?

Gran parte del discurso “oficial”[6] ha sido difundido por intelectuales del sistema y fue adoptado acríticamente, por organizaciones populares, por docentes progresistas, quienes se vuelven multiplicadores de las ideas de su enemigo de clase aún sin saberlo. Nosotros, docentes que tenemos en nuestras manos la formación de los sectores populares, deberíamos preocuparnos por capacitarnos más científicamente, incorporando estos temas a nuestra currícula y no simplemente acceder a las “actualizaciones” que pretenden desde el poder dominante. Si sólo nos manejamos con la memoria colectiva “oficial” instalada en los mass media, podemos estar contribuyendo, sin saberlo y sin quererlo, a abonar el terreno de quienes necesitan adormilar la conciencia popular para hacer con impunidad sus cuantiosos y fraudulentos negocios y para hacer abortar los intentos de organización y nuevas propuestas que emanan de las necesidades populares.

La oligarquía financiera debe ocultar sus negocios y sus intereses particulares, que están objetivamente enfrentados a otras clases y sectores sociales. Necesariamente tienen que ocultar el hecho de que la tremenda represión desatada contra el pueblo en marzo del 76 se produjo cuando ya las organizaciones peronistas y marxistas habían sido prácticamente destruidas por la aplicación de un plan que habían empezado a ejecutar a mediados del 1974. “Recuperar el orden” o “terminar con la subversión y el terrorismo” fueron los discursos justificatorios para encubrir los demás aspectos de su política: endeudamiento externo forzoso, corrupción y ganancias supernumerarias para algunos sectores internos y transnacionales, y garantizar que ningún sector social fuera capaz de oponerse al proceso de apropiación de las riquezas sociales liquidando inclusive la resistencia de los sectores de la burguesía nativa que también debían ser esquilmados en beneficio del poder financiero.

¿Qué otro discurso falaz? Debieron ocultar el significado de clase de la democracia, usando el término democracia a secas[7], limitado a un régimen que garantiza elecciones periódicas y alternancia de partidos, mientras esa formalidad es un arma para lograr consenso y esconde un injusto régimen de distribución del ingreso social y sucesivos “ajustes” forzosos al nivel de vida. El discurso “oficial” siguió contraponiendo “democracia a secas” a “dictadura”. Con este eufemismo tapaba la forma que iba adoptando la dictadura del capital financiero, cercenando posibilidades de vida humana a millones de argentinos.

Presentando la historia como una alternancia de golpes militares y gobiernos democráticos, les resulta factible ocultar qué sector tiene el poder del estado, desde donde protagonizar “golpes de mano” (golpes de estado que dan sectores civiles que no utilizan, porque no necesitan, poder militar). Tenemos ejemplos recientes: el golpe de mercado de 1989 que obligó a un recambio de la camarilla gobernante a partir de un juego violento en el mercado de divisas. O todos los atropellos de la gestión Menem sobre el Congreso de la Nación y la Constitución Nacional. O el golpe de mano de la oligarquía financiera sobre el Congreso de la Nación Argentina en 2001, cuando el entonces presidente de la Rúa con su ministro de Economía Cavallo, exigió y arrancó al Congreso de la Nación plenos poderes para el Poder Ejecutivo, entre otros.

El discurso del poder, además, intenta ocultar o deformar las formas en que los pueblos resisten, buscan caminos y manifiestan su protesta y reclamos. Intenta evitar que el pueblo ate cabos, que descubra la unidad que objetivamente se va plasmando a medida que avanza el proceso de concentración y centralización.

Es necesario, por lo tanto, juntamente con la forma represiva del terrorismo de estado, analizar las políticas que se estaban desarrollando en el campo popular. En los 60-70 algunos grupos políticos planteaban como objetivo estratégico golpear al “poder militar”. En ese entonces no había llegado a visualizarse masivamente la gestación de la burguesía financiera y se veía lo aparente: las Fuerzas Armadas represoras. Hoy, a treinta años de aquello, resulta visible al conjunto social la fuerza y el autoritarismo con que impone sus políticas el poder financiero transnacional y sus formas locales. Hoy ya están identificados con algunos nombres de empresas, de grupos económicos o de principales propietarios.

Sin embargo el poder financiero necesita ocultarse y lo hace detrás de ciertas camarillas políticas que operan como testaferros. Pretende seguir quedando en las sombras aunque sabe -desde octubre del 2001- que ha sido descubierto en gran medida y que ya no cuenta con el consenso logrado al fin de la etapa militar. En las elecciones legislativas de octubre de 2001, el pueblo manifestó contundentemente este descubrimiento; luego quedó más claramente expuesto ese descubrimiento masivo con la explosión social de diciembre del mismo año y con los repetidos “cacerolazos”, “escraches”, cortes de rutas y calles, contra las entidades financieras y los responsables políticos.

¿Qué más deben ocultar para mantener el poder? Fundamentalmente ocultar las contradicciones dentro de su propia clase. Mostrarse fuertes a pesar de sus profundas divisiones y problemas. Este campo también ha salido a la luz. Ya se hace evidente que el poder financiero no es una fuerza monolítica, al punto que ha perdido sus herramientas para mantener consenso social y tampoco puede usar los aparatos represivos en la misma medida que en otras épocas. Entonces han acuñado otra palabreja engañosa que usan para justificar sus políticas, sus negocios, la impunidad del poder: la “gobernabilidad”. El discurso “oficial” amenaza con “el “caos”, el “terrorismo”, la “subversión”, si se volviera a los `70. Por eso necesita seguir mostrando de los 70 solamente la violencia manifiesta, y hasta llegaría a tolerar, para calmar las presiones populares, que avance la justicia en el juicio y castigo a los militares por violaciones a los derechos humanos.[8] Sería un logro indudable de los fuertes y continuos reclamos populares por justicia. Pero el poder financiero y los discursos “oficiales” no asocian estos delitos que deberían ser juzgados, con los delitos aberrantes cometidos desde la función pública produciendo el desfalco y pérdida del patrimonio de la nación. Podrían llegar a ser extraditados los genocidas requeridos por jueces que investigan violación a los derechos humanos, pero no dejemos de advertir que los Martínez de Hoz, los Machinea, los Cavallo y Cía., siguen sin ser asociados con el plan puesto en práctica desde el estado de la oligarquía financiero bajo el asesoramiento de estos intelectuales al servicio del poder. Tampoco se asocia el terrorismo de estado, con la causa judicial de la deuda externa que investiga los ilícitos cometidos desde 1976 hasta 1982, con documentos, testimonios, peritajes y que duerme en el Congreso de la Nación desde el año 2000 a pesar de la recomendación del juez Ballesteros de investigar a los culpables del endeudamiento fraudulento.

El discurso “oficial” amenaza con el peligro de “volver a los`70”, (como si la historia volviera) por la violencia de la “subversión”. Los `70 serían el espejo donde mirarse si el pueblo creciera en organización política y se planteara construir otro poder, con otro estado. Sin embargo, para desmontar definitivamente las bases del terrorismo de estado que siguen todavía vigentes, aunque con otras formas[9] es preciso estudiar profundamente la etapa histórica aludida.

No es casual todo el operativo intelectual en el país durante el 2002 de John Holloway[10] -un “filósofo” irlandés radicado en México y que se presenta como “amigo” de los zapatistas-. Intentó, por un lado, hacer una crítica pretendidamente sutil a la teoría marxista, pero además, convencer a los nuevos dirigentes sociales que empezaban a gestarse a la luz de las luchas populares, de que no se construyeran organizaciones políticas que se planteen un estado para la defensa de los intereses populares porque arrastrarían inevitablemente los vicios de organizaciones de “izquierda”.

El tema del poder y el estado de nuevo tipo que en los 70 habían planteado algunas organizaciones revolucionarias por primera vez en la historia argentina -aunque con insuficiencias y con el resultado conocido- empezó a ser descubierto por amplias masas populares hacia fines de la década del 90 y se puso de manifiesto en diciembre de 2001. En ese contexto la campaña de Holloway con la amplia difusión de su libro y los foros virtuales que lo retomaron, más ciertas figuras que lo adoptaron al pie de la letra, contribuyó a postergar la naciente organización por el poder y la democracia popular.

Desde 1983 hasta 1999 la oligarquía financiera logró consenso para aplicar sus políticas de concentración del capital y de ajuste al pueblo bajo el paraguas de la democracia, de la mano de partidos políticos que fueron abandonando su historia de banderas democráticas y populares, como la Unión Cívica Radical y el Partido Justicialista. En ese período no necesitó golpes militares para seguir imponiendo políticas cada vez más violatorias de los derechos humanos, menoscabando la vida de millones de argentinos, quitándoles las libertades más elementales de comer, educarse, curarse, tener vivienda, tener familia, trabajo, y el poder de imaginar, crecer, disfrutar, pensar, proyectar su propia vida y la de su familia. Largos discursos acerca de la “gobernabilidad” fueron precedidos de frases como la “democracia posible”.

El “terrorismo de estado” a partir del golpe del 76, abrió una etapa de fuerte concentración capitalista en la que sectores del poder financiero nativo aliados a grupos extranjeros, pretendieron ir sacando ventajas del proceso de “globalización” en la medida que incentivaron “bicicletas financieras” y otros mecanismos de expoliación de recursos de la nación y de sus habitantes. Con las nuevas condiciones creadas, por el “terrorismo de estado” sin resistencia visible, fueron modificando la estructura del estado y demás instituciones lo que permitió que pudieran “nacionalizar” las deudas de las grandes empresas privadas que contaban con garantía del estado; que quedase abierto el camino a las “privatizaciones” (entrega a precio vil) de las empresas del estado a partir de los 90; el vaciamiento del Poder Judicial, de las Fuerzas Armadas y de Seguridad y de las estructuras legislativas nacional y provinciales, marco que garantizó la total impunidad para la corrupción y el autoritarismo más extremo en toda la década menemista y el gobierno de De la Rúa.

Es necesario advertir que en ese proceso está presente el terrorismo de estado de los 70. Pasamos tres décadas sin que hayamos podido visualizar colectivamente estas conexiones, que se mantuvieron ocultas por las razones antedichas. Sin embargo, como pueblo, logramos producir una explosión social como la de diciembre de 2001. La historia no se detiene, anda muchas veces por carriles subterráneos que la ciencia, sin embargo está en condiciones de descubrir y calibrar. El pueblo debió aprender del método de ensayo y error. Pesó la falta de una intelectualidad dotada de formación científica al servicio de los intereses populares. Estos retrasos, estas dificultades se están detectando. Tienen que ver con esta preocupación que nos estamos planteando hoy: cómo formar a nuestras nuevas generaciones no sólo para explicarse la historia sino para poder transformarla. Estamos como pueblo argentino, frente al desafío de nuevas utopías, ahora con la convicción de que es necesaria la ayuda de la teoría científica de la historia. Aunque este planteo puede recibir críticas de “positivista”, ¿acaso, no sabemos que el poder dominante tiene científicos a su servicio? ¿Por qué reproducimos acríticamente la idea de que no hay ciencia de lo social?

Es tarea del análisis histórico poner al descubierto la génesis de los procesos, no al margen de los hombres, sino con su protagonismo. Todos los hechos humanos son históricos, en el sentido de que se producen en un tiempo, sociedad, contexto, y en un espacio determinados.

¿Hemos batallado lo suficiente contra un falso concepto de que la historia se repite? ¿Hemos batallado lo suficiente acerca de que lo aparente no es necesariamente la esencia de los fenómenos y que ambos mantienen una relación dialéctica entre sí? ¿Hemos batallado lo suficiente acerca de que el historiador debe ser consciente de su lugar en la sociedad, de su formación, y del carácter histórico de su obra como docente o como investigador para acercarse al conocimiento verdadero? ¿Somos conscientes de que hay teoría de la historia, que, como toda teoría, opera como método para conocer y transformar?

La campaña ofensiva contra la única teoría científica de la historia que hasta ahora se ha producido, me refiero al materialismo histórico dialéctico, desterrado, vilipendiado hasta haber llegado a abandonarse y reemplazarse por nuevas opciones historiográficas de moda, debilitan las posibilidades del pueblo para conocer el movimiento social. Sin embargo, los intelectuales del poder sí conocen las posibilidades que abre, por eso lo prohiben o lo expulsan de los centros académicos a la vez que lo aplican para diagnosticar los movimientos de la sociedad e intentar frenar las fuerzas que se pudieran gestar para removerlo.

 

***

Es necesario entrar en la batalla de las ideas. Hay espacios claves como la universidad y la educación terciaria, donde se forman los nuevos docentes e investigadores, donde es necesario dar esta batalla sistemática y deliberadamente. Hasta ahora hemos dejado el terreno libre para el avance de las ideas que conviene al poder dominante. Todavía se deja hacer a “los otros”. “Ellos”, “los otros”, -el poder financiero y sus intelectuales- necesitan ocultar y deformar. “Nosotros, -pueblo”- debemos dar la batalla palmo a palmo por la verdad, por descubrir, por hacer con-ciencia, combatir la alienación y los resortes que garantizan todavía la explotación material y espiritual del hombre. No podemos garantizar el “nunca más” si no descubrimos como pueblo quiénes somos y donde está el nido de la serpiente.

 

Irma Antognazzi. Rosario, julio de 2003.

 

Algunas lecturas sugeridas

ANTOGNAZZI, Irma y FERRER, Rosa (comp.). Del rosariazo a la democracia del 83. Grupo de Trabajo Hacer la Historia. UNR, Rosario, 1995.

ANTOGNAZZI, Irma y FERRER, Rosa (comp.). Argentina, raíces históricas del presente. Grupo de Trabajo Hacer la Historia. UNR. Rosario, 1997.

Cuadernos de Historia Viva. Sentencia completa del juicio a la deuda externa. Publicación del Grupo de Trabajo Hacer la Historia. UNR. Rosario, 2001.

IZAGUIRRE, Inés. “El poder en proceso. La violencia que no se ve”. EN: Sader, Emir (comp.). Democracia sin exclusiones ni excluidos. Nueva Sociedad. Caracas. 1998.

JULIÁ, Carlos. La memoria de la deuda. Una deuda con la memoria. Biblos. Bs. As., 2002.

MONTES, Graciela. El golpe y los chicos. Gramón Colihue. Bs. As. 2001.

 

Notas

 



® Una versión preliminar de este artículo fue presentada en el Seminario de formación para docentes de enseñanza media “Un pasado que no cesa: ¿Cómo transmitir la experiencia totalitaria a nuestros alumnos?” organizado por el Museo de la Memoria. Rosario, 26 y 27 de junio de 2003.

[1] Docente de Problemática Histórica de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario. Directora del Grupo de Trabajo Hacer la Historia. Docente de la Sección Historia del Instituto Superior del Profesorado N° 3. www.hacerlahistoria.com.ar

[2] En un artículo de mi autoría sobre la cárcel de Villa devoto, intento advertir sobre la vida en prisión, la actividad creativa, el estudio, la forma de resolución de problemas y la construcción política, en contexto de máxima censura y represión. EN: Del rosariazo a la democracia del 83, Grupo de Trabajo Hacer la Historia, Rosario 1995. p.293 a 310

[3] Al momento de hacer esta presentación en el Seminario citado hemos tomado conocimiento que se ha creado una cátedra de Derechos Humanos en la Escuela Provincial de Policía en la ciudad de Rosario.

[4] Antognazzi, Irma. “De la democracia de la burguesía nacional a la democracia de los grupos financieros transnacionales”, EN: Revista Herramienta, Nº12. Bs As, Otoño 2000; y Antognazzi, Irma. “La dictadura financiera desenmascarada. La posibilidad de democracia popular”. EN: Revista Herramienta Nº19. Bs As. Otoño 2002.

[5] Ver la resolución completa del juicio a la deuda en Cuadernos de Historia Viva. Grupo de Trabajo Hacer la Historia. Rosario, 2001.

[6] Me refiero al discurso que se expande por los mass media, que penetra las estructuras académicas con los intelectuales del sistema, que se acepta sin reflexión por su apariencia de adecuado y cierto.

[7] Antognazzi, Irma. Qué democracia, qué participación. Colección Temas. Facultad de Humanidades y Artes. Rosario, 1991

[8] En estos momentos sigue en la Suprema Corte de Justicia para su resolución el expediente que declara inconstitucionales las leyes de “obediencia debida” y “punto final”, ambas sancionadas durante el gobierno del Dr. Raúl Alfonsín.

[9] Como ejemplo, es muy ilustrativo el libro del Dr. Oscar Blando Detención policial por averiguación de antecedentes. Estado de derecho, policía y abuso de poder. Prólogo del Dr. Eugenio Zaffaroni. Editorial Juris

[10] Holloway, John. Como cambiar el mundo sin tomar el poder. Herramienta, Bs. As., 2002.