Historiadores del Villazo: memoria e identidad

 

 

Entrevista a Ernesto Rodríguez[1] por Giorgina Lo Giudici[2]

                                                    

 

En el mes de marzo del corriente año se cumplieron 46 y 45 años del primer y segundo Villazo, respectivamente. Para quienes formamos parte, de alguna u otra forma, de la comunidad de Villa Constitución, estos aniversarios suelen ser motivo de reflexiones (nuevas o continuaciones de otras ya existentes) sobre el proceso, sus implicancias, su significado en el presente, la forma de abordarlo, no solo en tanto objeto de estudio sino también como balance sobre una experiencia pasada para pensar nuestro accionar presente y futuro, etc. Esta entrevista a Ernesto Rodríguez, historiador del Villazo y docente del ISP Nº 3 de Villa Constitución, fue realizada a mediados de marzo, y la ampliamos con motivo de la presente publicación.[3] Nos propusimos, en esta oportunidad, profundizar sobre los aspectos que el entrevistado, de algún modo, había omitido u olvidado comentar.

En su libro Los abusos de la memoria, Tzvetan Todorov plantea que de ninguna manera debe oponerse el concepto de memoria al concepto de olvido sino que, por el contrario, el ejercicio de la memoria implica la interacción permanente de la supresión (el olvido) y la conservación.[4] Es decir, recordar algo implica olvidar otras cosas. Todorov profundiza diciendo que al enorme prestigio del que goza la memoria, en tanto que capacidad por preservar información, le falta –o queda devaluada– una arista de análisis, que es la selección. Dicha selección, al momento de recordar, implica otorgar cierta jerarquía a tal o cual recuerdo en desmedro de otros, en pos de constituir el relato.

De la historiografía del Villazo forman parte, entre muchísimos otros, trabajos realizados por protagonistas de los acontecimientos. Reflexionar y hablar sobre cómo se recuerda cobra especial importancia en el caso de alguien que, habiendo vivido determinado hecho o proceso, se dedica luego a estudiarlo y a escribir al respecto. En este caso, al tratarse del estudio de un proceso que se desarrolló dentro de una comunidad obrera[5], el papel del historiador se encuentra atravesado por diferentes identidades, o quizás diferentes aspectos de una misma identidad: al recordar y escribir lo hace como protagonista, como académico y, también, como político.

Entendemos la memoria como un conjunto de experiencias individuales y sociales. Todorov desarrolla en el mismo libro que citamos, la idea de que la forma en la pensamos nuestro pasado se relaciona no solo con la identidad individual sino también con la necesidad de una identidad colectiva, que nos hace parte de determinado grupo social al que pertenecemos. La falta de profundidad sobre determinados temas o ciertos recuerdos surgidos en la primera versión de la entrevista nos llevó a reflexionar sobre esta cuestión, que desde ya nos determina (aunque no necesariamente de forma consciente) a brindar o no determinada información sobre el hecho en cuestión y lo que recordamos de él.

Esperamos de esta entrevista que sea un aporte a ese laboratorio al que hace referencia, que permita ver con mirada crítica una de las grandes escuelas de lucha de clase obrera.

 

GLG: ¿Qué te parece que aporta el estudio de la clase obrera en esta región?

 

E.R.: Desde el punto de vista cuantitativo, la huelga del Villazo fue estudiada por una gran cantidad de investigadores, tanto en el país como en el exterior. Se han dedicado a ese estudio historiadores profesionales de distintos niveles, tanto terciarios y universitarios como también se han escrito tesis doctorales (como la de María Cecilia Cangiano o la de Victoria Basualdo) no solo en Historia sino también en otras especialidades como las Ciencias Políticas y la Sociología (Agustín Santella, Agustín Prospitti, Andrea Andújar). Es una de las huelgas más estudiadas en nuestro país.

Con respecto a la calidad de los abordajes, son indudablemente también importantes, ya que se trata de investigadores muy prestigiosos. Además hay escritos de protagonistas del Villazo que intentaron sistematizar la experiencia, como los trabajos de Juan Actis, Victorio Paulón, Angel Porcu, Tito Martín, Bernardo Galitelli, Pepe Kalauz. Jorge Winter y Mercedes Balech recopilaron una serie de testimonios y documentos en la revista Historia de las luchas obreras argentinas. Más adelante el mismo Winter desarrolló su tesis antropológica alrededor de este mismo tema. Es indudable que el Villazo constituye un laboratorio de muchas enseñanzas para la clase trabajadora. Creo que las huelgas deben ser para la clase trabajadora, en tanto que instancia de estudio y análisis, lo que para los militares son las batallas. Aquéllos intelectuales orgánicos que intenten aportar a la emancipación de la clase trabajadora deben –deberíamos– estudiar las luchas, sistematizar esas experiencias con el objetivo de guiar la praxis política. Por lo tanto un proceso, una lucha tan importante, variada y rica en cuanto a enseñanzas, vivencias y experiencias, requiere una sistematización profunda para guiar las luchas posteriores.

Dentro del proceso general hay tópicos que fueron abordados con especial interés,
por unos u otras investigadores o tendencias políticas, entre ellos el plenario antiburocrático de abril de 1974, o las enseñanzas que brinda el Villazo no como huelga común sino una huelga con toma de fábrica y toma de rehenes, que si bien no era algo inusual en esa época -etapa de auge que se abre con el Cordobazo-, en el caso de Villa fue muy masiva. El trabajo de Juan Actis aporta muchísimo a la sistematización de esa experiencia de toma de fábrica y de los mecanismos de control sobre el resto de la ciudad. Además está el tema de cómo comienza a dividirse la ciudad y el debate de la existencia o no de un frente de masas, que puede advertirse territorialmente, a partir del 20 de marzo de 1975, es decir la división entre zonas de control obrero y las zonas bajo dominio de la represión; la relación entre empresarios y dictadura militar y la cuestión de cómo la clase obrera se vio afectada por la dictadura a partir de la implementación de un proyecto económico que implicó un traspaso de recursos de la clase trabajadora a los empresarios.

 

GLG: Se cumplen 46 años del primer Villazo y 45 años del segundo ¿Qué significa estudiar estos procesos hoy en día?

 

E.R.: Para mí significa, en primer lugar, que la memoria no es única ni unívoca, hay memorias. Para los historiadores que nos ubicamos en un lugar significa la construcción de una memoria en particular. Significa tejer y construir puentes entre aquéllas experiencias y los jóvenes de ahora, significa que un ámbito muy importante en esa disputa de memorias es el aula y que no podemos dejar la construcción de esas memorias a los que pueden intentar justificar la represión del movimiento obrero, o descalificar o distorsionar la lucha. Hay que iniciar ese combate por la memoria para que la lucha del Villazo, la lucha de la clase obrera no sea distorsionada. Los héroes y mártires deben ser recordados como tales, reivindicados, valorados y reconocidos como guías y modelos a seguir.

 

GLG: ¿Qué te llevó a estudiar El Villazo?

 

E.R.: Yo nací y pasé la mayor parte de mi vida en un barrio obrero, en ese momento recientemente creado. Ese barrio es el barrio Malugani, uno de los barrios, o de los loteos, que se realizaron en las primeras décadas de la instalación de Acindar. Por esta razón es que la gran mayoría de las personas que vivían allí eran obreros jóvenes y, por lo tanto, me crié en un barrio donde la mayoría de mis amigos eran hijos también de obreros… algún encargado o supervisor de las fábricas, pero en general eran mayoritariamente obreros y con el correr del tiempo mis amigos se convirtieron (y yo también) en obreros de las fábricas. La mayoría de nosotros estudiamos el industrial, por lo cual también, digamos, el perfil de nuestro estudio nos llevó a una relación laboral con alguna de las empresas metalúrgicas o de los talleres dependientes de esas empresas.

En mi niñez, cuando se produjo el Villazo, si bien tenía 11 años y en la represión posterior tenía 12, algunas cosas ya las tenía claras. Es en barrio Malugani y en los barrios próximos en donde se registra la mayor cantidad de víctimas de la represión. Es el caso de Rodolfo Mancini, Jorge Andino, Pedro Reche, los Salinas, Ojeda, Lobotti, José García… todos eran de Barrio Malugani o de barrios lindantes como barrio Altamira, Cilsa… y el otro gran barrio obrero popular donde también hubo situaciones de violencia importantes fue el barrio San Lorenzo, aunque con menor cantidad de muertos en relación a mi barrio.

También fue un barrio del que ingresaron, a fines de la década del 60 y principios de los 70 obreros jóvenes, que tenían algunos años más que yo y que los conocía y que por lo tanto vi parte de su militancia, como repartir las publicaciones de las tendencias a las que pertenecían y que luego sufrieron algún tipo de violencia política, persecución, cárcel o directamente fueron asesinados. Además de esto, también en este barrio vivían trabajadores que estaban identificados con la patronal o con la represión, de un modo u otro, es decir, carneros, gente que marcó a otros compañeros, entregadores… no sé si tanto los que formaron parte de la patota, pero en los barrios también hubo gente que formó parte de la patota, quizás más identificable en Barrio San Lorenzo que en Malugani.

Eso llevó a elegir la Historia como mi carrera terciaria, luego de terminar en la escuela San Pablo. Cuando en el último año de carrera tuve que elegir el tema del Seminario de investigación final, en un principio mi interés estaba centrado en una parte de la lucha obrera de Villa Constitución, que era la lucha de los trabajadores anarquistas, pero como suele suceder en muchas localidades, en Villa Constitución no estaba conservado el patrimonio histórico, los últimos líderes sindicales ya habían fallecido y, por lo tanto, no había una cantidad de fuentes que me permitiera abordar la problemática de las luchas sindicales anarquistas durante la década del ‘20 y ‘30 en Villa. Por eso extendimos el período hasta abarcar el Villazo y la posterior represión, en un momento en el que todavía no se hablaba demasiado del tema. Esto fue en el ‘86, es decir, habían pasado recién 3 años de la dictadura, todavía había mucho temor, algunos de los exiliados aún no habían vuelto y, si bien en algunos casos hubo entrevistas que fueron importantes (fuimos los únicos entrevistadores antes de que esas personas fallecieran), también las entrevistas de esa época estaban atravesadas por el temor y, por lo tanto, también muchas veces el recorte de la información que se proporcionaba y la construcción del discurso era, por decirlo de algún modo, alfonsinista.

Pero era una forma de dar respuesta a muchas de esas conversaciones que se hacían en voz baja, mirando mucho a quién se tenía al costado antes de decir algo, escuchando versiones muy disímiles según la compañía… pero principalmente tratando de poner sobre el papel un relato que todavía era difícil que pudiera emerger en Villa Constitución, que explicara los hechos que en mi ciudad habían afectado particularmente a mi barrio, a la gente más cercana. Era una Historia que me atravesaba, a mí, a mi población, a mi gente, a mi clase social. Siempre sentí una deuda con esos jóvenes que conocí en mi barrio y creo que una forma de poder comenzar a pagar esa deuda era escribiendo sobre ellos, sobre su historia, su vida y su experiencia porque, como dicen por allí, si los recordamos nunca mueren. Yo estoy convencido de que hicieron todo lo posible para construir un mundo mejor para los que veníamos atrás.

 

GLG: ¿Cómo creés que tu experiencia del Villazo, pero también la memoria transmitida influyó en tu decisión de estudiar y luego investigar en el campo de la Historia?

 

E.R.: François-Xavier Guerra habla de un sistema global de referencias, estaría constituido por ideas, por comportamientos, por el imaginario social, por valores. Indudablemente, tanto la memoria como la historia son memoria e historia del presente, y ese presente está íntimamente vinculado con ese sistema global de referencias, que predomina en determinado grupo al cual pertenecemos y al cual intentamos ajustarnos, o sincronizar con él. Por eso, cuando rememoramos el pasado omitimos o silenciamos parte de la experiencia vivida para ajustarnos a ese sistema de representaciones del presente. Incluso, determinados olvidos no lo son tanto, sino que son mecanismos que utiliza nuestra mente para tratar de ajustar y acomodar nuestros recuerdos al sistema global de referencias que adherimos en la actualidad.

Mi memoria personal sobre mi experiencia en el Villazo contiene una serie de silencios. Uno de esos silencios está vinculado a mi relación con mi padre, que constituye una omisión.

Cuando nos juntamos con mis ex compañeros de estudios del profesorado, mis colegas docentes me dicen: “todavía no fuiste al psicólogo”. Eso tiene que ver con que ahora estoy haciendo una rememoración del pasado, realizando un esfuerzo por no omitir ni tampoco distorsionar la experiencia de ese niño de 11 o 12 años que lo vivenció.

Mis recuerdos dicen que mi papá era delegado, supongo que hasta 1973 aproximadamente, y recuerdo que él dice que por las características que está adoptando la conflictividad del movimiento obrero de Villa Constitución, no quiere continuar y renuncia a su puesto. Tenía, evidentemente, más edad que algunos de los que después van a ser dirigentes del movimiento obrero vinculado al Villazo, duplicando la edad de los más jóvenes, como por ejemplo Juan Actis y su generación, que había ingresado a fines de los sesentas, principios de los setentas. Esta puede ser una sugerencia para los historiadores que realizan historia del movimiento obrero y que, quizás, pueden omitir algunos criterios de análisis vinculados con los trabajadores. Estas diferencias etáreas no son menores en el caso del análisis del Villazo, porque esas diferencias etáreas generaron notorios comportamientos diferentes entre una generación y otra de trabajadores. Los más viejos son los trabajadores que estuvieron viviendo en una Villa Constitución que expulsaba población, donde no había puestos de trabajo, con una pobreza generalizada. A partir de la radicación de Acindar, tuvieron mayores posibilidades de incorporarse al mercado laboral, y en mejores condiciones. Esto mejoró considerablemente las condiciones de vida de un sector importante de la población. Como la instalación de Acindar comenzó a fines de los cuarenta, y la producción comenzó en el 51, durante las primeras presidencias de Perón, existía por parte de estos trabajadores una fuerte identificación con el peronismo, por un lado y, por el otro, un fuerte sentido de pertenencia con la fábrica, ambos factores con los que identificaban el mejoramiento de sus condiciones de vida. Y aquí quiero llamar la atención sobre esta especie de sinécdoque que utilice al referirme a “la fábrica” como sinónimo de Acindar. En Villa Constitución se instalaron números establecimientos fabriles, pero solo una era “la Fabrica”. El ingreso a Acindar proporcionaba a los obreros no solo un buen salario sino también el acceso a los créditos, seguridad, estabilidad, progreso material. Y si bien no fue una fábrica con gran inserción en la ciudad sino más bien una fábrica gueto, hubo momentos en donde también ofreció a los hijos de los obreros fiestas y regalos para el día del niño o viaje de vacaciones a Córdoba y a la Costa atlántica. Esto explicaría, en parte, ese sentimiento de pertenencia e identificación con Acindar de los obreros más antiguos o que venían de provincias o zonas con mayor explotación.

La seccional local de la UOM surgió simultáneamente con Acindar y bajo la impronta peronista. Su primer secretario general fue Roberto Nartallo, quien renunció en 1967 para no enfrentarse con el secretariado nacional por la injusta redistribución de los considerables fondos por obra social y sindical recaudados en la ciudad. Con el tiempo, esta situación no solo no se solucionó sino que se agravó, por lo cual los metalúrgicos villenses atribuían al secretariado nacional y a los interventores que enviaban como los responsables de los pésimos servicios que les proporcionaba el sindicato: un déficits evidente en materia de turismo, recreación, camping, pero fundamentalmente con respecto a brindar un buen servicio de salud, que era notoriamente pésimo; en casos de emergencia, urgencias o casos que revistieran gravedad o requieran servicios de mayor complejidad, a los enfermos debían trasladarlos a Rosario o San Nicolás. Cuando asistían a esos centros de salud, advertían justamente la magnitud de la discriminación que sufrían, aportaban entre 5000 y 7000 obreros afiliados y solo retornaba una ínfima parte de esos descuentos a Villa Constitución. Con esto lo que quiero decir es que hubo un grupo de trabajadores que reivindicaban las mismas demandas que planteaban los integrantes de la Lista Marrón pero que no estaban dispuestos a radicalizar su lucha. Estaban dispuestos a luchar por la obra social, por un parque recreativo, por el camping, pero no estaban dispuestos a avanzar más allá de este tipo de reivindicaciones, ni se planteaban un avance en la conciencia de clase para sí.

En ese contexto ubico a mi padre, un ex delegado que había renunciado meses previos porque consideraba que las características de la lucha se estaban radicalizando más de lo que él estaba dispuesto a asumir. Recuerdo también a Alberto Piccinini que había venido a mi casa, seguramente a tratar de convencerlo de que siga siendo delegado, y además que se identificara con la Marrón, pero que no lo logró. Por rumores, que después me confirmó Victorio (Paulón), sé que había una vinculación personal de mi papá con Piccinini, ya que mi papá había sido novio de su hermana. Luego se distanciaron y mi papá se casó con mi mamá. Si bien eso no habría agrietado la relación de mi padre con Alberto, parece que su padre no lo había asumido con la misma comprensión y amplitud.

 

GLG: ¿Qué recordás de los años 1974 y 1975 en Villa?

 

E.R.: Ya en el ‘74 me acuerdo de la toma de fábrica y de haberme acercado a llevarle alimentos a mi padre. Tengo la imagen, que puede haber sido en otro momento, de haber ido a llevar alimentos a través del alambrado a Indape, de lo cual no tengo certeza absoluta. Mi papá trabajaba en INDAPE y cuando cerró lo trasladaron a PIAA, es decir a Acindar.

Otra de las cuestiones que incidieron en mi percepción del Villazo es el hecho de que mis padres, a pesar de que éramos de un barrio de trabajadores, decidieron enviarme a la escuela primaria a la Escuela Hijas de Cristo Rey, que quedaba muy alejada de mi barrio, situación que produjo cierto extrañamiento en mí. No porque me hicieran sentir mal mis compañeros o la escuela, o no me haya sentido incluido, pero lo que yo sentía como niño es que quería ir a la escuela de mi barrio, a la que iban todos mis amigos. Malugani era un barrio recientemente creado, habitado mayormente por familias obreras, matrimonios jóvenes con varios hijos. En pocas cuadras vivíamos una enorme cantidad de muchachos, todos aproximadamente de la misma edad, que además de jugar al fútbol en el campito, la gran mayoría iban a la escuela del barrio, que quedaba a dos cuadras de mi casa. Era extraño tener que dirigirme a una escuela que quedara tan lejos de mi casa.

El tema es que varios de mis compañeros de estudios en la escuela Cristo Rey eran hijos de los jefes de Acindar, por lo cual durante el conflicto también tuve la percepción del conflicto desde otro lugar, por el afecto que sentía por mis compañeros. A mi curso iba Fabiana Barrios, cuyo papá era jefe, Ricardo Lammertyn, que su papá también era jefe, Líbera, entre otros. Pero particularmente en el caso de Lammertyn, su padre fue uno de los jefes tomados como rehenes durante el Villazo, fue conducido al subsuelo de la oficina de personal y rodeado con los tanques de solventes, amenazando con prender fuego si las fuerzas represivas intervenían la fábrica. Y con el padre de Lammertyn, particularmente, cuentan –y yo no sé si fue así, pero forma parte de los mitos urbanos vinculados al Villazo- que un obrero, por gracia o por abuso, le arrojó un balde de agua simulando que era solvente para verle la cara de espanto. En realidad, sé que no fue parte de un mito urbano porque entrevisté al trabajador que habría hecho esta broma de mal gusto y él reconoció que lo había hecho y que no se sentía orgulloso de ello.

Sabemos que una de las características de la memoria es que es fragmentaria, que es frágil, que es lábil. Yo recuerdo fragmentos, y no una película bien hilvanada.

Otro de los fragmentos que recuerdo son las pintadas del PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores) en el barrio. En uno de los tapiales que estaban cerca de la escuela, había una de esas pintadas destinadas a los alumnos y a los educadores, que fueron muy famosas. Era muy común ver la estrella del PRT, y me acuerdo, en una de las casas en construcción, jugando con mis amigos a un juego que era ver quién podía hacer la estrella de cinco puntas sin levantar el ladrillo bayo del piso. Es decir, había una familiaridad, al menos, con lo que era el PRT y las ideas de izquierda en el barrio. Otra de las cuestiones que recuerdo era que golpean a la puerta de mi casa, abro y me entregan una revista –de El Combatiente debe haber sido– y que mi mamá me pregunta quién me la había dado y yo le dije quiénes eran… unos vecinos del barrio, muchachos un poco mayores que yo, y recuerdo que ella habría manifestado preocupación por la forma en la que se exponían tan visiblemente a que los identificaran como militantes del partido.

En el ‘75, mi papá con otro de los trabajadores de mayor edad de la cuadra, con el que eran íntimos amigos –por generaciones, ya mi abuelo con su papá eran amigos y habían venido desde Buenos Aires a Villa Constitución juntos, es decir que había ciertos lazos de fidelidades. Bueno, ellos, o por lo menos no estoy seguro en el caso de mi papá, (porque mi papá solía padecer cuadros depresivos ante situaciones complicadas como esta, en el caso del amigo tengo la certeza de que sí) en algún momento durante la huelga pensó en ir a trabajar. Recuerdo que una noche, yo estaba durmiendo, mi habitación daba al frente, y me golpean la ventana con la culata del revólver, -evidentemente eran jóvenes del barrio que sabían de las amistades- y le tiran unos tiros a la ventana de este vecino amigo de mi papá, supuestamente por ser carnero. Eso me generó un gran temor, motivo por el cual no quería dormir después en esa habitación. El vecino ni se enteró de los tiros, y también creo recordar que este vecino habría hecho algo así como inteligencia casera, y descubierto quiénes habían sido los muchachos del barrio que habrían cometido el atentado, y que habría informado a alguien sobre sus identidades. Lo cual nos plantea claramente que, en el seno de un barrio obrero, en esos sectores en los que no había conciencia de clase para sí, había otros valores y otro tipo de relaciones o vínculos, lo que primó fueron esos vínculos por sobre los intereses de clase. Yo me sentía indudablemente con muchas más simpatías con los que estaban llevando adelante la huelga, y con los jóvenes de mi barrio que tenían aquellas ideas un poco más radicalizadas. Por eso también consideraba absolutamente lícito que hubiera algún tipo de represalias contra mi papá y la otra persona. No quería dormir en ninguna habitación con vidrio porque pensaba que podían confundirme a mí con mi padre durante esas represalias.

Después comenzaron los hechos de violencia. Los jóvenes del barrio y los no tan jóvenes que fueron secuestrados y asesinados. Con anterioridad, en el año 1974, recuerdo también que uno de los policías del barrio sufrió represalias, de una familia que eran varios hermanos, tenían apellidos diferentes, unos son Ricci y otros son Reche, pero son todos hermanos. El PRT estaba haciendo un reparto de alimentos en Barrio Estanislao López, un policía de civil se escapa e informa, y cuando los militantes están huyendo, la policía los intercepta, hay intercambio de disparos y fueron detenidos. Creo que una de las chicas recibe un disparo en el estómago. Todos sobreviven, fueron encarcelados, pero sobrevivieron. Después este policía recibe también algún tipo de represalia, no recuerdo exactamente si le quemaron el auto o qué fue lo que pasó, pero hubo represalias hacia este policía del barrio. Más tarde, uno de sus hermanos, Pedro Reche, fue una de las víctimas del Villazo, secuestrado en enero de 1975 junto a Jorge Andino y Carlos Tonzo y asesinados. También un sobrino, Roberto Ricci estuvo varios años preso.

Del 75 recuerdo los comentarios eran sobre si habían ido los compañeros del PRT al velorio y habían colocado la bandera del partido en el cajón con los cuerpos de los jóvenes que habían sido asesinados, esto en un contexto de feroz represión que se estaba viviendo en Villa Constitución. Esto asociado a un sentimiento de valentía de los compañeros y de coraje de los familiares que les autorizaban colocar la bandera del partido en el féretro. Creo recordar también que en algún momento habían colocado un simulacro de bomba, y se escuchaban comentarios que aludían a quién había sido, de los jóvenes cercanos al barrio, los que habían puesto esa caja; eran las cajas esas que desparramaban panfletos. Lo que recuerdo es que se lo atribuían a un joven que después fue asesinado en Villa Diego, Miguel Ángel Lobotti.

Estos son los recuerdos que tengo y que me parece que lo de la bandera fue justamente vinculado al velorio de Miguel Ángel Lobotti, que sus compañeros colocaron la bandera sobre el cajón. Y me parece que Mari, la madre de Miguel dice que sí, que le pidieron permiso a ella para colocar la bandera.

Otra de las cosas que recuerdo es que en ese clima de violencia se colocaron muchas bombas en el barrio o cerca del barrio, y que por las noches escuchábamos las detonaciones. Para nosotros, como niños, era una aventura por la mañana tomar la bicicleta e ir a ver los destrozos que habían provocado las bombas. Recuerdo la casa de Arias, el papá de una compañera de la Cristo Rey, en Barrio San Martín, y recuerdo también la bomba a Graf, en barrio Altamira, que también demolió la casa.

En 1974 estando en la escuela Cristo Rey, debo haber estado en sexto grado, un director técnico, el Gallego Morales, hace una convocatoria en toda la ciudad a todos los que quisieran participar del campeonato Evita, en fútbol. Y yo me anoté, obviamente, y quedé seleccionado, y ese año mi equipo salió subcampeón de Santa Fe, perdió la final contra Unión de Santa Fe por los penales, es decir que habíamos pasado todas las otras instancias, la local, la regional y habíamos superado todas hasta la final que perdimos con Unión de Santa Fe. O sea que salimos subcampeón de Santa Fe. Y recuerdo que el senador Marabini nos entregó una medalla, un senador que con posterioridad fue ajusticiado por alguna de las tendencias de la época, casi con seguridad por Montoneros, cuando hirieron gravemente al represor Ranure que estaba junto a él.

Después con ese equipo, que éramos un poco como “invencibles”, por el año 76 ingresamos a la Liga Regional de San Nicolás porque la Liga Regional de Sud estaba suspendida, y salimos campeones de séptima de punta a punta, y en las divisiones por encima de la nuestra, recuerdo que estaban los hijos de algunas víctimas de El Villazo, el hijo de Pedro Reche, el hijo de José García. En ese año 76 empecé la secundaria en el Industrial, en el San Pablo, y también recuerdo como compañeritos a hijos de víctimas del Villazo, no de asesinados sino de encarcelados, como Néstor Penotti, hijo de Eneas, que era también familiar de Piccinini. El caso de Néstor fue más que uno de cientos en Villa Constitución, esta ciudad obrera en donde la enorme mayoría de los trabajadores eran hombres, así como la casi totalidad de los detenidos y asesinados. En éstas ciudades con una organización social patriarcal, en donde a la mayoría de las mujeres se las confinaba al ámbito de lo doméstico y al cuidado de los hijos, los hombres eran los jefes de familia, único sostén familiar y los que podían desplegar actividades en el espacio público. De pronto, estas mujeres debieron afrontar, sin experiencia previa, no solo la tragedia sino también la responsabilidad del sostenimiento y crianza de sus hijos. Todo esto, además, en un contexto inoportuno, en donde las familias de las víctimas no solo llevaban consigo el dolor y el miedo sino también la “peste”. Ahora muchas puertas se cerraban por miedo. El terror atentó contra la inicial férrea y sostenida solidaridad inicial que se tendió en y sobre Villa Constitución. El terrorismo de Estado atentó contra esta solidaridad, fue su principal víctima. En situaciones, contextos y circunstancias diferentes, los asesinatos de Mancini, Chaparro, Corvalán, Ruescas, Palacios, De Grandis, Salinas y Ojeda se perpetraron para destrozar las muestras y ejemplos concretos de esa férrea red de solidaridad existente en la ciudad. Las familias de las víctimas quedaron no solo desamparadas sino también estigmatizadas. Algunas no soportaron la presión y el dolor y emprendieron el exilio interno dejando todo tras de sí para escapar a la estigmatización, como la familia de Ruescas. La estigmatización no era solo que algunas familias temían, por ejemplo, que sus hijos jueguen con los de la víctima. No, la persecución también llegaba a las listas negras que impedían el ingreso de las víctimas o de sus familiares a las fábricas, especialmente a Acindar. Algunas mujeres no soportaron estas tensiones y sufrieron enfermedades mentales. Sin padre, y coyunturalmente sin madre, algunas familias fueron desmembradas porque a pesar de la solidaridad, ningún familiar podía asumir la crianza de numerosos niños extras de los muchos que ya contaban. Esto sucedió, por ejemplo, con los hijos de Palacios. Por eso este es el momento de destacar la tarea desarrollada por las ciento de mujeres, heroínas anónimas y nunca del todo reconocidas de la gesta del Villazo.

Recuerdo de todos los hijos de las víctimas la extrema pobreza y la dignidad con la que la llevaban adelante, por tener el jefe de familia encarcelado. En el caso de la “China” García, uno de los hijos de José, otra víctima del Villazo, al que aludí recientemente y que jugaba al fútbol junto conmigo en el Club Constitución (que era el club del Barrio Malugani), Acindar le brindó la posibilidad de ingresar a la sección de carpintería siendo menor de edad, creo que ingresó con entre 15 y 16 años, la fábrica le permitió ingresar a trabajar para sustentar a una familia numerosa que había perdido al jefe de familia, fue asesinado por la represión. Pero por otro lado, la familia García, la hija contaba que cuando la fábrica le pagó (la empresa aseguradora pertenecía también a la fábrica) el seguro por la muerte del padre, por la noche, la patota fue, le rompieron todo y le robaron el seguro por la muerte del papá. Todo esto también forma parte del trauma y de la tragedia que se vivió en Villa Constitución.

Yo por estas otras cuestiones es que decía que algunas de nuestras decisiones no tienen que ver tanto con nuestra conciencia de clase ni con nuestros intereses particulares sino que muchas veces tienen que ver o con los valores de barrio o con los valores que nos inculcaban en aquélla época, de la fidelidad, de la unidad, de la solidaridad, de la gauchada, de la lealtad, del compañerismo, del jugarse por los compañeros, de tener “huevos”, de no ser cagón, de no ser buchón, de no ser carnero y demás.

Ya en tiempos de la dictadura, mi papá me despertó una hora antes para ir a la escuela. Es decir que tomé el colectivo aproximadamente a las seis de la mañana, era invierno. Ahí descubrí otro centro de Villa Constitución, era una ciudad ocupada, las fuerzas represivas se comportaron como fuerzas de ocupación. Cuando llegué a calle Ingeniero Acevedo, la calle San Martín estaba cortada por una barricada formada por caños. El colectivo desviaba su recorrido. El centro constituía el baluarte de las fuerzas represivas, los barrios, de los sectores populares.

 

GLG: Y también, como ya mencionaste, con mandatos o expectativas familiares...

 

E.R.: Bueno, como la mayoría de mis compañeros fuimos al industrial, yo fui al industrial, pero evidentemente no tenía mucha vocación para ser un trabajador industrial. Pero por otro lado también estaba el mandato familiar. En aquéllos hogares obreros, de un modo u otro, o por lo menos en mi hogar, me planteaban implícitamente que se sentirían sumamente orgullosos si yo estudiaba ingeniería y trabajaba de ingeniero en la fábrica –o por lo menos eso era lo que yo sentía cuando hablaban con cierta admiración de los jefes o de los que habían estudiado, en mi casa, el estudio y el ser un “buen trabajador” eran valores que se inculcaron con cierta vehemencia-. Entonces cuando terminé en la San Pablo continué con ese mandato, hice el cursillo de ingeniería, pero como me quedaba tiempo para hacer el de Historia, hice el de Historia y nunca más fui al de ingeniería. Y cuando estaba haciendo primer año de Historia, mi padre quería que yo ingresara a la fábrica y yo había trabajado en empresas contratistas durante la última etapa de la dictadura, en donde si los regímenes de trabajo eran duros para los trabajadores directos de Acindar, para las contratistas eran terribles, más en la Planta Integral en donde trabajé la mayoría de las jornadas, así que conocía casi toda la fábrica, conocía casi todas las secciones, y bueno, me llamaron para ingresar. Me dieron para hacer una prueba, creo que al jefe lo conocía porque era profesor mío en la escuela. Le pregunté dónde me iban a destinar. Me dijeron cuatro turnos, casa de Humo en la Planta Integral. Cuando me dijo cuatro turnos le pedí permiso para ir a hablar con mi padre, que estaba en la fábrica, y le dije que lo lamentaba pero que yo no iba a trabajar porque quería estudiar, y que los cuatro turnos no me lo iban a permitir. No volví a decirle al jefe que no iba a tomar el puesto.

En el profesorado tuve algunos docentes que realmente me marcaron. Docentes que habían sido exonerados de la universidad por la dictadura. Por eso nosotros, aunque empezamos a estudiar durante la dictadura, teníamos docentes excelentes y con una postura sumamente progresista, algunos habían sido exonerados, otros estuvieron detenidos o exiliados y habían vuelto al país. Estoy hablando de los casos de Nidia Areces, Edgardo Ossana, Irma Antognazzi, Cristina Di Bernardi, entre otros. Ellos también, así como la experiencia de mi niñez, dejaron su impronta en la decisión de investigar temas vinculados con el movimiento obrero, y de elegir dentro del movimiento obrero estudiar el Villazo, que como decía originalmente, no fue el tema, yo quería que mi tema fueran los anarquistas, con quienes me sentía (y siento todavía) por el comunismo libertario una fuerte identificación, sobre todo por sus militantes, pero bueno… las fuentes eran escasas para poder realizar un trabajo de investigación específico sobre los foristas en Villa Constitución y por eso lo extendí en el tiempo y estudiamos hasta el Villazo. Y sin saber empezamos a hacer desde ese primer momento historia oral, historia social e historia del movimiento obrero, en un momento donde no muchos hacían historia oral y no muchos tampoco hacían historia del movimiento obrero, por lo cual en muchos aspectos tuvimos que innovar, y cometimos errores por no existir una producción historiográfica importante al respecto.

Mi viejo era depresivo, con lo cual yo no tenía mucha onda con él por esa razón. Creo que como niño frente a un padre depresivo generé una coraza o muralla al estilo del niño de la película The Wall, la pared aísla del dolor, pero también me aisló de todos los demás sentimientos, me dejó desamparado y en soledad, vacío y con escasa capacidad de amar, insensible. Siempre traté de diferenciarme de mi papá. Si él era peronista, yo no, si él era de Boca, yo no, si él corría en bicicleta, yo no. Y por eso tampoco quería ni echarle las culpas de sus decisiones ni exculparlo desde mi mirada presente. Finalmente aparece el trauma, lo inenarrable de lo irremediable e irrevocable. El círculo se cierra y proporciona pistas sobre la pregunta inicial de mis compañeros de promoción.

 

 



[1] Profesor de Historia (Instituto Superior del Profesorado N° 3 - ISP Nº 3), ex Jefe la Sección Historia ISP Nº 3, miembro del Comité Editorial de la revista Historia Regional, docente en cátedras de historia en el mismo, historiador del movimiento obrero de Villa Constitución. Argentina. E-mail: ejrodmartin@yahoo.com.ar

[2] Profesora de Historia ISP Nº 3. Fue coordinadora del equipo de traductores y traductoras del libro de Harold Walter Nelson titulado León Trotsky y el arte de la insurrección (1905-1917), Ediciones IPS-CEIP. Argentina. E-mail: giorginal@yahoo.com.ar

[3] Una primera parte de esta entrevista fue publicada con el título de "El Villazo constituye un laboratorio de muchas enseñanzas para la clase trabajadora” en: La Izquierda. Diario. Buenos Aires, Martes 17 de marzo. Recuperado de: http://laizquierdadiario.com/El-Villazo-constituye-un-laboratorio-de-muchas-ensenanzas-para-la-clase-trabajadora?fbclid=IwAR3Ce87EldM88o1ZMnxqqwPG6nbQdZiR_rT8H_ncpPIyDWc6Kq7o6ZLyXWA. En esta versión se evitaron las repeticiones, pero se mantuvo lo sustancial de cada una de ellas.

[4] Todorov, T. (2000). Los abusos de la memoria. Barcelona: Paidos.