REVISTA DE LIBROS

 

 

IÑIGO CARRERA, Nicolás. Estrategias de la clase obrera en los orígenes del peronismo. Buenos Aires, Grupo Editor Universitario, 2019.

 

Este trabajo constituye un aporte al conocimiento de un proceso de fundamental importancia en la historia de la clase obrera argentina, abordado desde una perspectiva teórico-metodológica que afirma la constitución de las clases sociales en la lucha y a través de la conformación de fuerzas sociales, concebidas como alianzas sociales y políticas en disposición de enfrentamiento, observando el desarrollo de sus estrategias y de las alternativas políticas que las expresan.

El proceso al que hacemos referencia es la realización de una estrategia de clase cuya meta consiste en la incorporación al sistema institucional político del conjunto de la clase obrera; que se propone democratizar el régimen social y político del capital, consolidando al mismo tiempo su vigencia en tanto se desplaza la meta de su superación por la vía revolucionaria. El despliegue de esta tendencia debe, a la vez, comprenderse dentro de lo que el autor periodiza como el segundo ciclo en la historia de la clase obrera argentina, situado entre principios de la década de 1930 y mediados de la de 1970, lapso temporal en el cual dicha estrategia manifestó sus potencialidades y sus límites históricos.

Iñigo Carrera se centra en el momento de génesis del peronismo, entendido como fuerza social y política. La observación de las relaciones de fuerza políticas muestra que entre 1943 y 1946 se produjo una profunda reconfiguración de las mismas. Esto implica retomar, una vez más, la cuestión sobre las “continuidades” y “rupturas” dentro del movimiento obrero en relación al período previo al surgimiento del peronismo: pero lo novedoso del enfoque de Iñigo Carrera consiste en que lo hace tomando como dimensión de análisis la lucha, y no el factor sociocultural o el político-institucional (el “vínculo movimiento obrero-estado”).

En relación con esto último, no está de más señalar, frente al eclecticismo y al empirismo reinantes desde hace largo tiempo en el ámbito académico, otro aporte del trabajo: la reivindicación y puesta en práctica de un cuerpo teórico necesario no sólo para el registro y análisis del complejo relaciones histórico-sociales, sino también para la formulación de problemas que otorguen sentido y dirección a la labor del investigador.

El trabajo parte de la descripción y análisis del hecho ocurrido en octubre de 1945, destacando tres aspectos principales: el enfrentamiento entre dos fuerzas sociales, el contenido clasista del hecho en sí y el carácter de masas de la huelga general con movilización.

A partir de allí avanza en la contextualización del hecho en cuestión, con el registro de la relación de fuerzas objetiva propia de la sociedad argentina en el período, señalada sobre todo por el desarrollo en extensión de las relaciones capitalistas; y su manifestación a nivel de las relaciones de fuerza políticas, con un proceso de ciudadanización que se corresponde con los incrementos en la afiliación sindical y la participación electoral.

En el contexto de las relaciones políticas, el autor traza un panorama de la situación del movimiento previo a la génesis de la fuerza social peronista: inicia su recorrido con la crisis del sistema institucional político expresada en el golpe de estado de 1930, hecho a través del cual la cúpula de la burguesía argentina aseguró su control sobre el gobierno del estado, recurriendo a sus cuadros militares primero y a sus cuadros político-profesionales después, con el objetivo de resolver la crisis económica y social en función de sus intereses; continúa con la descripción de la ofensiva desplegada desde el gobierno contra el movimiento obrero tras el golpe de estado; el mayor grado de unidad alcanzado por los cuadros sindicales con la fundación de la CGT y la continuidad de una política llevada a cabo por una parte del movimiento obrero y dirigida a la preservación de la organización sindical misma y de intereses inmediatos, lo que significa la disposición a mantener relaciones con todos los gobiernos (y eventualmente a establecer alianzas con éstos, como pareció ser el caso de la conducción sindicalista de la CGT en la primera mitad de los ’30); finalmente, y superando los límites de la resistencia obrera inicial frente al golpe, el despliegue de un momento ascendente (en términos de mayor unidad de los cuadros sindicales y menor aislamiento político en relación a otras clases y fracciones sociales), desde 1932 en adelante.

El momento de ascenso en la lucha de los obreros tomó la forma de un movimiento social de oposición, que incluyó a la mayor parte del movimiento obrero junto con fracciones de la pequeña burguesía, enfrentado al fascismo y a las regresivas condiciones políticas impuestas contra el campo del pueblo desde el gobierno del estado a partir de 1930. La definición de sus adversarios y de sus metas le permite a Iñigo Carrera caracterizar a este movimiento como democrático, popular y antiimperialista.

Su desarrollo, articulado con una renovada disputa por la conducción del movimiento sindical (realizada con el cambio de dirección de la CGT en diciembre de 1935), llegó a su punto más alto con la huelga general de masas de enero de 1936, hecho en el que se definió la lucha teórica entre dos grandes alternativas políticas dentro del movimiento obrero, expresiones de diferentes estrategias de clase: la que planteaba la superación revolucionaria del orden social capitalista y la que tenía como objetivo la incorporación al sistema institucional político de los obreros, organizados en tanto grupo social alrededor de sus intereses parciales en tanto asalariados y ciudadanos. Si la primera estrategia, surgida en el contexto de las condiciones políticas mencionadas más arriba, tomó forma en las acciones de lucha llevadas a cabo por los obreros entre 1930 y 1935 -huelgas generales, manifestaciones y actos callejeros, movilizaciones y saqueos organizados por los trabajadores desocupados-, la segunda estrategia -observable en algunas fracciones obreras desde la década de 1910- fue la que en definitiva se impuso, hecho manifiesto en la huelga general con movilización del 1° de mayo de 1936. A partir de entonces, y en el marco de un mayor grado de unidad de los cuadros políticos de la burguesía, el grueso del movimiento obrero (organizado en la CGT y en los partidos obreros) llevará adelante una lucha política de carácter democrática, postulándose como dirección de una fuerza social de alcance nacional.

Completado este cuadro de presentación Iñigo Carrera retoma el análisis del momento 1943-1946, haciendo hincapié en la recomposición de las relaciones entre las fuerzas sociales y en la nueva crisis de los cuadros de la burguesía por el alineamiento a seguir en la Segunda Guerra Mundial y por las acciones a llevar adelante frente al proceso de transformación económica y sus consecuencias sociales; en la crisis de los cuadros sindicales (manifestada en la división de la CGT en marzo de 1943); en el golpe de estado del mes de junio y en las vicisitudes de las políticas del nuevo gobierno en relación al movimiento obrero hasta la creación de la Secretaría de Trabajo y Previsión y el establecimiento de alianzas entre los cuadros militares encabezados por Juan Perón y una parte de los cuadros sindicales; y, finalmente, en el proceso de formación de dos nuevas fuerzas sociales con participación de sectores del movimiento sindical en ambas, lo que constituye un indicador de la fractura política del movimiento social de oposición surgido a comienzos de la década anterior.

La huelga general con movilización de masas de octubre de 1945 manifestó un carácter clasista en términos de oposición de intereses entre el capital y el trabajo organizado; a la vez, mostró la existencia de condiciones para el enfrentamiento armado entre las dos fuerzas, aunque finalmente la lucha se resolvió dentro del sistema institucional en la forma de contienda electoral. En ese proceso, la mayor parte de la clase obrera, integrante de la fuerza social que tomó la forma de peronismo, identificó sus intereses parciales (en tanto asalariados y ciudadanos) con los del conjunto de la nación misma, y a la vez disputó, sin éxito, la conducción de su fuerza a través del instrumento político-electoral que fue el Partido Laborista y en la renovación de la cúpula de la CGT, resultando por fin subordinada a la dirección personificada en el liderazgo de Perón.

Retomando la mencionada cuestión de las “continuidades” y las “rupturas” en la situación del movimiento obrero previo y posterior al surgimiento del peronismo, Iñigo Carrera nos muestra, por un lado, la persistencia y realización de la estrategia de clase orientada a la democratización del régimen social y político, a la ciudadanización y a la institucionalización de las luchas –personificada en los cuadros obreros presentes en las dos fuerzas sociales enfrentadas en 1945-1946-; por otro lado, el elemento novedoso significado por el establecimiento de una alianza política entre una parte de la dirigencia sindical y cuadros militares en el gobierno, alternativa que aparecía ante aquélla como la que creaba las mejores condiciones para la defensa de las conquistas obtenidas, la preservación de la organización sindical y el acceso al gobierno del estado, aunque de ello resultaron el abandono de la meta de transformación revolucionaria del orden capitalista y la plena identificación de la mayor parte del movimiento obrero organizado con el nacionalismo y el reformismo.

La investigación de Iñigo Carrera se centra en el proceso de formación de la clase obrera. De la lectura de su libro, de todos modos, surgen preguntas que refieren al proceso de formación de la fuerza social peronista desde una perspectiva mayor, es decir, observando el conjunto de la relación de fuerzas políticas y en especial la lucha interburguesa en el momento histórico estudiado. El autor plantea como hipótesis que, en el contexto del enfrentamiento entre las dos fuerzas sociales, los cuadros militares en el gobierno expresaban el interés general de la clase capitalista, fundado en la relación capital-trabajo asalariado y en la necesidad de que dicha clase asumiera de forma plena la función de clase dirigente. En ese sentido, resulta más que pertinente la referencia al conocido discurso de Perón en la Bolsa de Comercio. Por el contrario, la Unión Democrática organizaba los intereses de los capitalistas en el nivel económico-corporativo. En este cuadro de situación queda claro que la fuerza peronista no incluía, en ese momento, a ninguna fracción capitalista en tanto sujeto político capaz de plantear con autonomía el interés general de la clase y, a la vez, la realización de sus intereses económico-corporativos. Y abre el espacio para preguntas relativas a cómo se dirimió la disputa por la hegemonía al interior de la clase capitalista (y por extensión al conjunto de la sociedad) en el momento de referencia y durante el período que se cierra en 1955.

 

 

Fabián Leonardo Fernández

Programa de Investigación Sobre el Movimiento de la Sociedad Argentina /

Universidad de Buenos Aires

Email: faleofer@hotmail.com, faleofer@yahoo.com.ar

ORCID: https://orcid.org/0000-0001-8637-1141

 

 

 

 

PEÑA GUERRERO, María Antonia y BONAUDO, Marta (directoras). Historia cultural de la corrupción política. Prácticas, escenarios y representaciones contemporáneas. Prohistoria Ediciones. Rosario. 2019. 168 pp.

 

El trabajo toma como desafío el análisis de uno de los fenómenos políticos más difundidos y presentes en la historia mundial: la corrupción. Este análisis presenta un aporte de la nueva historia cultural de la corrupción política tratando de pensar el lugar que tienen las prácticas políticas corruptas en diferentes espacios regionales. Una de sus preocupaciones es la necesidad de historizar la corrupción puesto que su significado semántico ha ido cambiando a lo largo de los años y también ha ido cambiando sus prácticas, representaciones y la percepción o su “aceptación” social. De alguna manera, da cuenta de los significados de la palabra corrupción a lo largo de los años y como esos significados o sentidos de la palabra han ido cambiando con el tiempo. El libro de 160 páginas de divide en ocho capítulos donde los diferentes autores van a disertar en materia de corrupción, para comprender y visibilizar las prácticas de la corrupción en diferentes espacios y lugares. En cada uno de los capítulos que aborda el libro nos vamos a encontrar con un conjunto de autores y autoras que van a presentar sus aportes referidos al tema de la nueva historia cultural de la corrupción política, en un intento de dotar este estudio de un calado profundo para pensar la corrupción política y como la podemos visualizar en diferentes escenarios: la Iglesia, el Estado, la Legislatura, las novelas, el cine, obras de beneficencia, entre otros tantos espacios. Entre estos autores tenemos a: Ivo Engels, las propias compiladoras del libro, Manuel José de Lara Ródenas, Diego José Feria Lorenzo, Romina Garcilazo, capítulo María Luisa Calero, Encarnación Bernal y Víctor Manuel Núñez García, Cristina Ramos Cobano, Asunción Díaz y Francisco Contreras.

El siglo XIX fue un siglo signado por los grandes procesos de cambios y transformaciones que se viven a nivel mundial, pero hay prácticas, de larga data, que sortearon los obstáculos modernizantes de la burguesía emergente y lograron consolidar su presencia al interior de los espacios políticos del siglo XIX y llegar hasta nuestros días como una práctica que no planea retirarse por el momento. Específicamente, el trabajo de Bonaudo y Guerrero atraviesa un conjunto muy amplio de ámbitos en donde es perceptible la continuidad de las prácticas corruptas como en la iglesia, el Estado, los partidos, la administración, la justicia o la sociedad civil.

Las primeras páginas comienzan con un análisis conceptual del término corrupción, haciendo un punteo de los diferentes momentos en donde se registra un viraje de la definición del mismo en los principales diccionarios de la lengua castellana. De esta manera se puede visualizar de manera explícita como la concepción de la palabra/práctica de la corrupción fue variando a lo largo de los años. En 1739 “la Real Academia Española acometió la redacción de su Diccionario de Autoridades”, solamente incorporó el vocablo corrupción en su acepción latina original, que deriva del concepto corruptio que está asociado al mundo natural o sanitario. La corrupción era entendida entonces como “putrefacción, infección, contaminación y malicia de alguna cosa, por haverse dañado y podrido.” En 1780 el Diccionario de la Real Academia Española además de su acepción sanitaria, definirá la corrupción como “vicio o abuso introducido en las cosas no materiales, como corrupción de costumbres, de voces.”

En las primeras páginas Ivo Engels reflexiona acerca de las prácticas corruptas en la modernidad, introduciendo al debate preguntas y argumentos convincentes para materializarlo en las sociedades modernas y pensarlo como una práctica arraigada históricamente, pero cambiante. También plantea su diferencia con el patronazgo y el clientelismo. Su abordaje plantea la modernidad que tiene la corrupción política y considera que hay grandes cambios y transformaciones que se dan en estas prácticas. La historia de la corrupción hizo un giro durante la modernidad y esos cambios imponen una nueva manera de ver y percibir la corrupción. También le da un lugar privilegiado al debate como momento de diálogo para desnudar las prácticas corruptas que atraviesan la realidad política dentro de la sociedad. Finalmente, el autor remarca la resignificación y transformación de las prácticas corruptas, contradiciendo la perspectiva de considerar al clientelismo, favoritismo como prácticas estáticas.

En el segundo capítulo Marta Bonaudo y Peña Guerrero ponen de relieve la permeabilidad hacia lo corrupto de las sociedades españolas y latinoamericanas, respondiendo a viejos paradigmas que localizan a la corrupción en términos espaciales y de desarrollo económico. Las autoras hacen un esfuerzo por desarticular el discurso que asocia América Latina a la concepción de ser un territorio corruptible por sus condiciones internas y contrariamente a este paradigma, esgrimen los argumentos para pensar que la corrupción puede ser entendida como una realidad política global y deslocalizada. La urgencia de las autoras, por tanto, es inscribir estas investigaciones en una clave comparada y transnacional a fin de abordar toda la complejidad del fenómeno en cuestión. Ellas trabajan con una idea de corrupción que introduce una comprensión compleja y abarcativa de la corrupción como fenómeno global e histórico. Manifiestan la constante histórica de una práctica que logró acomodarse a los diferentes contextos y sociedades del mundo, sin distinción de ningún tipo. Versatilidad y adaptabilidad son grandes compañeros de la corrupción política y con ellos le acompaña la naturalización de esta praxis al punto del acostumbramiento. Todo este universo político alimentado por la ineficacia e insuficiencias de los mecanismos reguladores de las instituciones.

En el tercer capítulo Manuel José de Ródenas explica la corrupción en Huelva, donde el clero es el personaje principal. El autor presenta una situación local, donde varios miembros del clero son acusados de corrupción por haber tomado dinero de ciertos miembros de la sociedad y no haber cumplido con sus votos y promesas ante Dios. Este aporte nos lleva a reparar en las formas por las cuales la iglesia logró amasar grandes fortunas a lo largo de la historia y cómo estas prácticas, en plena modernidad, continúan formando parte del itinerario religioso.

En el cuarto capítulo Diego José Feria Lorenzo centra sus estudios y aportes en las denuncias públicas de corrupción dentro de las instituciones de beneficencia en los debates parlamentarios de la Década Moderada en España (1844-1854). El capítulo presenta una de las lógicas más claras y sencillas de la política que pareciera no encontrar su lugar en el entramado político moderno. La corrupción en las instituciones de beneficencia implicaba sustituir los intereses de la población por la satisfacción del egoísmo personal de aquellos que dirigían estos establecimientos o sus amigos y parientes. ¿Había control hacia estas instituciones? Y si los había ¿Qué calidad presentaban esos controles? Estas y otras preguntas son las que dirigen el capítulo de Diego José Feria Lorenzo. El ordenamiento del mismo se desarma en dos partes: la primera parte del capítulo habla sobre la beneficencia y sus establecimientos en la Década Moderara. La segunda parte se concentra en analizar las denuncias formuladas durante el debate parlamentario de la ley de 1849 (Ley sobre Establecimientos de Beneficencia por el Ministerio de Gobernación).

El quinto capítulo desarrollado por Romina Garcilazo, analiza los debates parlamentarios nacionales entre los Senadores contra la figura del exgobernador de la Provincia de Santa Fe José Gálvez. La autora propone analizar el debate y pensar las posturas que para finales del siglo XIX se están tomando en Argentina con respecto a la corrupción interna y las justificaciones hacia dichas acusaciones. También pone de relieve la utilidad discursiva de la corrupción como autolegitimación de los diferentes espacios políticos en la arena legislativa. La comprensión de los debates no solamente pone de relieve la visibilidad política y discursiva de la corrupción, sino que además la autora rescata las apelaciones hacia las acusaciones que acopian los miembros del Congreso. El recurso a las acusaciones fue una estrategia política para poder, por un lado, legitimar las posiciones de un grupo político que anhela ascender políticamente y, por otro lado, tenemos destruir la postura de poder que tienen las figuras oficialistas u opositoras políticas.

En el sexto capítulo María Luisa Calero, Encarnación Bernal y Víctor Manuel Núñez García analizan el lugar de la corrupción en las instituciones de control de la alimentación en Sevilla. Específicamente su estudio se centra en visualizar la corrupción de la institución política asociada a las instituciones facultadas para controlar la sanidad de los alimentos y prevenir enfermedades. A partir de este trabajo, se muestra el entramado de relaciones que se tejen al interior del orden político y como esas relaciones ponen en juego la vida de las personas a partir de una manipulación corrupta del sistema. Para llegar a estas conclusiones, el análisis se focaliza en un caso particular que ocurrió en la ciudad de Sevilla, donde un miembro distinguido de la sociedad intenta perfilar su lugar de trabajo como un centro municipal para el control de la calidad de los elementos y la detección de posibles irregularidades en la carne que deriven en posibles enfermedades. También este espacio sería subsidiado para desarrollar una investigación sobre las posibles enfermedades que pueden florecer en la sociedad. Ante este episodio, otro espacio buscaría por medio de amistades y contactos convertirse en el centro municipal y gozar de los beneficios del mismo.

En el séptimo capítulo Cristina Ramos Cobano analiza la manera en que fue trabajada en varias producciones cinematográficas la corrupción de los personajes del libro “El Abuelo” de Benito Pérez Galdós, haciendo énfasis en tratar de visualizar cuales son aquellos comportamientos que el cine ha desdibujado de la obra inicial y cuales ha seguido trabajando de manera puntillosa. Esta pieza de la obra es sumamente interesante y atrapante porque pondera el uso de la literatura novelesca para demostrar y visibilizar las prácticas corruptas de los sectores más altos de la sociedad a partir de los entramados relacionales y la búsqueda de cumplir con los intereses personales.

En el octavo y último capítulo Asunción Díaz y Francisco Contreras proponen un acercamiento a las prácticas corruptas en el ámbito de las políticas urbanísticas españolas durante la dictadura franquista (p. 141) a partir de lo que expone el cine español de los años 50. El aporte tanto de Díaz y Contreras, como de Cobano, son muy interesantes porque sus ideas se apoyan sobre fuentes históricas poca explotadas (como por ejemplo el cine) para explicar la corrupción y como el cine trabaja con ella, confeccionando rutinas de humor o drama y extendiendo al público una visibilidad práctica de la corrupción de las instituciones políticas. El tratamiento del capítulo en cuestión aborda el problema del alto nivel de corrupción que existe en el ámbito de la función pública haciendo énfasis en el manejo de la política urbanística, debido al elevado grado de discrecionalidad a la hora de tomar decisiones y las importantes repercusiones económicas.

A modo de conclusión, el trabajo expuesto previamente nos invita a pensar en la corrupción como una práctica que atraviesa todo el entramado político universal. A su vez, el trabajo nos interpela para que podamos aproximarnos a la complejidad histórica que caracteriza a la corrupción política. Finalmente propone pensar críticamente a la corrupción como realidad política y cultural de las sociedades contemporáneas. La increíble maleabilidad y adaptabilidad de la corrupción hacia los diferentes espacios institucionales habla de las múltiples formas que adoptan las prácticas a lo largo de los años. Un aspecto interesante y que vale la pena recalcar es esta crítica a la idea de la corrupción como identidad de América Latina. A lo largo del trabajo analizado se ha constatado en varias ocasiones la deslocalización de la corrupción y su presencia constante en el mundo en diferentes años adaptándose a las diferentes circunstancias y coyunturas.

 

 

Federico Baravalle

Universidad Nacional de Rosario

Email: fedebaravalle19@gmail.com

ORCID: https://orcid.org/0000-0002-6282-9143

 

 

 

 

DÍAZ, Hernán; De Saint-Simon a Marx. Los orígenes del socialismo en Francia, Biblos, Buenos Aires, 2020, 297 pp.

 

Publicado el año pasado, el nuevo libro de Hernán Díaz constituye un aporte original e indispensable para aquellos/as lectores/as de habla hispana interesados/as en las raíces del socialismo. Mediante una vasta investigación, por demás minuciosa y estratégica aún sobre autores y problemáticas históricas tan diversas, Díaz logra reconstruir con éxito el período formativo (o “prehistórico” o “utópico”) de la corriente política más importante y duradera de la modernidad capitalista, en términos generales, y de la clase obrera, en particular.

Desde las primeras páginas, el “Prólogo para marxistas” nos advierte: “No es nuestra intención aquí reivindicar políticamente el socialismo anterior a Marx para enmendar un supuesto marxismo incompleto, sino justificar históricamente el movimiento a través del cual una serie de conceptos del socialismo se fueron conformando y consolidando a través de tres generaciones anteriores a Marx y Engels” (p. 9). En esta dirección, el libro no es solo una historia de las ideas socialistas lato sensu y de sus pensadores sino también, y saludablemente, mejor, una historia social y política sobre las condiciones que le dieron origen. Para la audiencia militante, en especial aquella formada bajo la tríada leninista del marxismo como la triple afluencia de “economía política inglesa – filosofía clásica alemana – pensamiento social francés”, el trabajo permite ir más allá del simple mote “socialismo utópico” o “pre-científico”, amplificado en Francia por el famosísimo folleto homónimo de Engels.

De esta manera, el primer capítulo repone el contexto histórico 1815-1830, una etapa fundamental para entender la transición política hacia el dominio pleno de la burguesía capitalista, atravesada por movilizaciones y luchas de masas que conmovieron el siglo XIX. En cierto modo, el capítulo permite reestablecer los hilos de continuidad histórica entre la Gran Revolución de 1789, el interregno napoleónico y la reacción política posterior a nivel europeo, situando y caracterizando las fuerzas políticas en presencia.

Sobre este aparentemente calmo escenario (al menos hasta 1830), el segundo capítulo analiza la trayectoria biográfica y la producción del conde de Saint-Simon, desde sus primeras Cartas de un habitante de Ginebra a sus contemporáneos (1802) hasta sus obras de madurez, publicadas entre 1822 y 1825: Del sistema industrial, Catecismo de los industriales y Nuevo cristianismo. La tarea hermenéutica por parte de Díaz hace justicia a un filósofo que, como bien se señala en el texto, “siempre [fue] más un político que un científico, aún cuando sus obras se presenten como tratados científicos” (p. 182). En perspectiva, la herencia de Saint-Simon parece inabarcable: la división de la sociedad en clases (siguiendo el famoso folleto de Sieyes, “Qu’est-ce que le tiers état?”); la “fisiología social” como ciencia humana holística y totalizante; el rol de la clase industrial y de la industria en particular; el papel llamado a desempeñar por “los que trabajan con sus brazos”; su perspectiva sobre el devenir histórico y el cambio social; entre otros aportes relevantes.

El tercer capítulo avanza en la indagación sobre cuáles fueron los derroteros de la corriente saint-simoniana luego de la muerte de su fundador. En este punto, la lectura se vuelve densa y cautivada por los distintos giros y peripecias que jalonaron las vivencias de sus principales continuadores, como Saint-Amand Bazard, Philippe Buchez o Prosper Enfantin. Aquí deben destacarse aportes fundamentales a la historia del socialismo tales como: la idea de “explotación del ser humano por el ser humano”; la función del periódico (Le Producteur) en tanto “organizador colectivo”; la asociación entre personas como contrario de la libertad formal abstracta, propia del egoísmo burgués; la necesidad de que la clase obrera se organice en un partido político independiente (no obstante, este finalmente adoptara una forma religiosa).

A esta altura del análisis, se evidencia en parte la necesidad de agregar a esta clase de trabajos un glosario con nombres y conceptos, una herramienta fundamental para facilitar su lectura y permitir un mejor abordaje del texto.

Sin riesgo a equivocarse, es probable que el capítulo cuatro constituya una de las apuestas más destacadas del libro, examinando las raíces del feminismo socialista. En este plano, Díaz subraya el contraste entre los proyectos emancipatorios de Fourier y de la nueva “religión” saint-simoniana, que alentaban la participación femenina (casi) de forma igualitaria, con la Revolución francesa, que declaró la igualdad formal de derechos de los hombres ante la ley pero dejó intactas las cadenas de opresión y marginación sobre las mujeres. Especial dedicación merecen, al respecto, las poco conocidas vida y obra de Flora Tristán, autora de La Unión Obrera (1843), elementos sobre los cuales el autor ya había trabajado y donde nuevamente se destaca su expertise, combinando aquellos hitos biográficos fundamentales con sus principales aportes teóricos y políticos.

Siguiendo las líneas que trazó el cambiante espectro de las fuerzas políticas galas, el capítulo cinco se ocupa de un tópico recurrente en la historia del socialismo (aunque no por ello menos importante): el pasaje de distintas figuras del saint-simonismo a las filas del republicanismo. En esta dirección, ganaron la escena algunos “reformadores sociales” poco conocidos (como Pierre Leroux o Jean Reynaud), que coexistieron con las intentonas conspirativas de Auguste Blanqui (quien finalmente integró el gobierno provisional surgido de la revolución de 1848). Este análisis es decisivo, pues permite entender que la evolución de las ideas socialistas no fue en absoluto lineal y que, por el contrario, su desarrollo estuvo ligado a las vicisitudes características de las trayectorias militantes e intelectuales así como de sus heterogéneos derroteros teóricos. Aquí el libro deja pendiente un examen con mayor detalle sobre los procesos sociales de este período.

De alguna manera, el capítulo seis ofrece una mirada panorámica sobre esta constelación de sentidos, enfocándose en los prolegómenos que dieron lugar a la formación disciplinar de la historia y la sociología. Como acierta en demostrar Díaz, buena parte de la inspiración marxista acerca del método de indagación histórica se nutrió de la obra de Saint-Simon aunque también, y en una medida no menor, de la producción de sus discípulos, como Augustin Thierry (“padre” de la lucha de clases en la historiografía francesa), Auguste Comte o los ya mencionados Bazard y Buchez. Así, el capítulo aborda las mutaciones que coagularon en las ciencias “del hombre”, reflejando a su modo las transformaciones sociales en curso.

En este marco de transición histórica se ubicaron los experimentos comunitarios de Fourier y Cabet, a cuya comprensión se dedica el capítulo siete. En este punto, aquellos/as lectores/as versados en la obra marxista no podrán cuanto menos disimular su sonrisa, no obstante cabe reflexionar que la suerte adversa de estos proyectos alternativos previno a Marx y Engels de adelantar cualquier tipo de pre-concepto elaborado sobre las formas que pudiera asumir la vida bajo una sociedad comunista, sin clases sociales. En todo caso, la redención de la religión saint-simoniana devino años después en el pasaje socialista al “reino de la libertad” de trabajar, es decir, el comienzo de la “verdadera” historia de la humanidad gracias al desarrollo exponencial de las fuerzas productivas humanas sobre la naturaleza.

Finalmente, el largo recorrido del libro de Díaz concluye en los capítulos ocho y nueve, dedicados al “fantasma que recorrió Europa” post Gran Revolución y la “síntesis de Marx y Engels”, respectivamente. Para quienes están más ilustrados en la genealogía inmediata del marxismo, es probable que muchos de los nombres mencionados resuenen de forma más o menos cercana: Robespierre, Graco Babeuf, Filippo Buonarrotti, Joseph Moll, Wilhelm Weitling… La mirada transversal sobre estos autores así como sobre los llamados “dieciocho años de luchas” permite contextualizar con precisión el lugar que vinieron a llenar (antes que a ocupar) Marx y Engels, profundizando además sobre un tópico marxista “clásico” como fue la relación personal e intelectual entre ambos revolucionarios. Aún quienes conozcan de forma parcial la trayectoria de un joven Marx demócrata-radical, no dejarán de encontrar referencias y elementos originales, como el vínculo con su suegro, Ludwig von Westphalen, o las peripecias que signaron sus relaciones con los jóvenes hegelianos, el poeta Heinrich Heine, el filósofo Arnold Ruge o con Eduard Gans, docente de Marx en la universidad.

En el final, las conclusiones ameritarían una mayor extensión, quizás bajo la forma de un epílogo con algún tipo de juicio u opinión sobre la actualidad y vigencia de estos planteos. De cualquier modo, se recuperan dimensiones clave como el significado de las derrotas en la historia obrera o la función de la guerra y la religión en la formación del socialismo.

En síntesis, el nuevo libro de Hernán Díaz condensa un conjunto de debates, tópicos y acontecimientos históricos que el autor logra concatenar con maestría, resaltando en especial la calidad de su escritura.

Ya sea consideremos al socialismo como movimiento social global, ya sea en tanto corriente política del movimiento obrero, y también como matriz de pensamiento teórica para la transformación práctica, el nuevo libro de Díaz deja planteado una serie de sugestivos puntos de partida para el análisis, revalidando los orígenes del socialismo como un campo de indagación prolífico para la formación académica y militante.

 

 

Walter L. Koppmann

Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”

(Universidad de Buenos Aires /

Concejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas)

Email: walter.koppmann@gmail.com

ORCID: https://orcid.org/0000-0001-7281-4052