Los estudios de mujeres y género con perspectiva económica: un estado de la cuestión y una agenda de problemas[1]

 

Laura Pasquali(*)

(UNR. ISHIR-CONICET. E-mail: laura@bolten.com.ar)

 

 

Desde su relativa aceptación en el ámbito historiográfico la historia de las mujeres ha hecho uso de los métodos y enfoques de que disponen los historiadores; por cierto, la originalidad de la historia de las mujeres y el género no residiría tanto en un método único como en las preguntas que se plantea y las relaciones de conjunto que establece, porque como en el resto de las ciencias sociales, esas dimensiones no son neutrales y las elecciones dependen de voluntades previas, políticas o teóricas.

En este caso, desplegamos algunas preguntas y problemas que circulan en torno al análisis de la participación de las mujeres en el ámbito de la economía, tema que ha sido objeto de una importante producción empírica y teórica en el mundo académico occidental aunque nosotras nos centramos especialmente en lo producido en América latina y Argentina. Eso no es ajeno a la situación socioeconómica que viven las mujeres en las últimas décadas pero tampoco a la renovación de la disciplina: la economía no es indiferente al proceso de crítica teórica y metodológica y desde hace más de 40 años los escritos económicos que tratan la problemática de las mujeres han aumentado notablemente[2].

En estos supuestos nos afirmamos al diseñar un esquema de trabajo que pretende dar cuenta del estado de la cuestión sobre el tema y proponer un marco analítico posible, centrándonos especialmente en aquellos que nos permitan seleccionar al interior del amplio marco que sugieren los estudios que observan la economía desde el género, los preocupados por la llamada economía social o solidaria[3]. Lo que sigue son algunas referencias sobre la producción académica que se ocupa de las formas en que la economía y los economistas incorporan a sus análisis la perspectiva de género. Más adelante y a partir de lo anterior presentamos algunas propuestas conceptuales e hipótesis  de trabajo.

 

Economía feminista o economía sobre mujeres

 

Inicialmente pareciera una obviedad comenzar diciendo que los abordajes de la economía feminista difieren de los que toman a las mujeres como objeto del análisis económico, mas un recorrido no demasiado profundo por la producción económica argentina amerita esa distinción, puesto que lo que abundan son trabajos sobre mujeres pero no siempre feministas.

Lo que se ha denominado economía feminista reconoce sus inicios en las críticas al modo en que entienden la situación socioeconómica de las mujeres los marcos analíticos neoclásicos y marxistas. A la economía neoclásica se la acusa de racionalizar los roles tradicionales de los sexos tanto en la familia como en el mercado laboral y en ese sentido, justificar y reforzar la desigualdad de género[4]. Al marxismo se le critica la recurrencia a nociones con pretensión de neutralidad (proletariado, explotación, producción y reproducción) y la supuesta convergencia natural de intereses económicos entre varones y mujeres de clase trabajadora.

Una de las características más interesantes de esta perspectiva es su interdisciplinariedad que en ocasiones hace difícil separar el pensamiento económico de otras disciplinas afines como la historia, la sociología y la antropología[5]. A su vez, la economía feminista se relaciona con las implicancias de reconocer que el género afecta a la forma de “hacer economía”. Si admitimos que la práctica económica está basada en la práctica humana, desarrollada y definida al interior de la sociedad “debemos admitir la posibilidad de que las limitaciones humanas, los intereses y prejuicios tendrán serias consecuencias dentro de la cultura económica. El análisis feminista de la economía comienza con la premisa básica de que la economía, como toda otra ciencia, es construida socialmente”[6].

Entre quienes que se ocupan de la esfera de las mujeres y el trabajo para el caso argentino, Corina Rodríguez Enríquez[7] demuestra que en el mercado de empleo[8] perdura la segregación de género tanto vertical como horizontal. Las mujeres están sobrerrepresentadas en el servicio doméstico, la enseñanza, los servicios sociales y la salud. A los fenómenos ya históricos, se suma la creciente vulnerabilidad del mercado de empleo, que a partir de los años ’90 del siglo XX ha afectado a varones y mujeres, pero relativamente más a las últimas cuya presencia se acrecienta en el mercado a tiempo parcial, en el empleo no registrado, en las tareas menos calificadas, en los trabajos temporarios, etc. La autora adjudica este fenómeno a la persistencia de patrones de género, tradicionales en el reparto de responsabilidades domésticas, que se añade a la poca disponibilidad de servicios de cuidado para la mayoría de la población; todos estos parecen ser aun determinantes fundamentales de la experiencia de las mujeres en el mercado de empleo. Además, las decisiones de adjudicación de las responsabilidades domésticas se resuelven al interior de las relaciones familiares que son fundamentalmente de carácter  jerárquico, porque siguen la distribución interna de poder que marcan el género y la generación. Entonces, la inflexibilidad al cambio en la distribución de las responsabilidades domésticas al interior de los hogares contribuye a perpetuar la tensión en la incorporación de las mujeres en el empleo; la evidencia argentina para los últimos diez años corrobora esto. Debe considerarse también que la principal limitación de las mujeres para trabajar en actividades extra-domésticas se relaciona con la tenencia o no de niños pequeños en el hogar y con la ayuda familiar con que se cuente para su cuidado. En el caso argentino las escasas políticas públicas de cuidados activas no hacen más que consolidar la división tradicional del trabajo[9].  En suma, el crecimiento de la participación económica de las mujeres no aparece vinculado al mejoramiento de su situación en la sociedad, sino a procesos de ajuste estructural y reestructuración económica; eso nos permite comprender por qué la redistribución de roles según el género que tuvo lugar en el mundo de la producción no estuvo acompañada por una redistribución equivalente dentro del ámbito de la familia[10].

La salida de las mujeres fuera del hogar no es ahora (como se interpretaba en los años setenta) sólo evidencia de la modernización de la sociedad ni de la ampliación de oportunidades. En un país empobrecido, gran parte de las mujeres que trabajan o buscan trabajo han salido a reemplazar los ingresos deteriorados de sus cónyuges buscando frenar la debacle económica de sus familias. Cuando las esferas laboral y familiar se estudian en forma articulada se ven con claridad los vínculos entre trabajo remunerado y no remunerado, las relaciones de género en el mundo del trabajo y en el mundo de la familia.

Es que, aunque los expongamos en forma separada a los fines analíticos, no es posible disociar lo que afecta a las mujeres en el mercado de trabajo de la llamada Economía del cuidado[11], puesto que la asignación de roles en el ámbito privado repercute directamente en la economía en su conjunto: el trabajo doméstico es una fracción del trabajo social que contribuye al nivel de vida socialmente reconocido; en el capitalismo todos los frutos del trabajo, excepto la producción doméstica, se convierten en mercancías. Sin embargo, el trabajo doméstico permite descargar al Estado y al capital una parte del costo de la reproducción de la fuerza de trabajo permitiendo salarios más bajos que los que haría falta si hubiera que adquirir todos los bienes y servicios necesarios para la reproducción en el mercado[12]. Algunas economistas sostienen que el trabajo doméstico ha sido considerado tradicionalmente como una categoría excluida del análisis económico y la razón de esa exclusión recae sobre su propia naturaleza, ya que su output no puede ser intercambiado en el mercado mediante precio[13]; por eso, y porque existe una división sexuada del trabajo doméstico y el profesional, nunca hubo interés en sistematizar su estudio.  De hecho, aunque conozcamos infinitos informes sobre los problemas a que se enfrentan las mujeres trabajadoras, no existe un vocabulario específico, económico y científico para expresar lo que se intenta arrinconar al espacio (pretendidamente) privado y separarlo de su impronta política; como si reiterásemos la consigna de Friedan[14] sobre “el problema que no tiene nombre”. Pero la situación no es la misma cincuenta años después y uno de los logros de los movimientos feministas fue justamente nombrar las experiencias privadas –violencia doméstica, acoso sexual, discriminación económica—  y tornarlas cuestiones públicas, desafiando múltiples resistencias. Justamente hay quienes se han ocupado de instalar el debate sobre la crisis de los cuidados aunque la mayor parte de esos análisis están construidos en torno a la experiencia de los países que aun conservan instituciones del Estado de Bienestar[15].

No es reciente el debate que propone poner en números el trabajo doméstico. A mediados de los ochenta, Christine Delphy[16] con la expresa intención de otorgar al movimiento feminista los fundamentos del análisis materialista de la opresión de las mujeres, tomaba un camino guiado por el análisis de las relaciones de producción en que entran las mujeres con la hipótesis de que esas relaciones explican que el trabajo de las mujeres sea excluido del mundo del valor, del mercado y del intercambio. De ese recorrido, se destaca que las relaciones de producción descriptas como trabajo no remunerado, no tienen sólo como resultado lo que se consume en el hogar, sino también lo que se destina al mercado[17]. La autora no encuentra diferencias entre el trabajo llamado doméstico que realizan las mujeres y los bienes y servicios productivos que se consumen dentro de la familia; en tal caso, los productos que consume la familia también son comercializables (pero el valor del producto que se consume en el hogar “no se paga a la mujer”, como sí se haría a cualquier otro proveedor si se hubiese adquirido en el mercado).

La preocupación continuó entre quienes eran sensibles al tema y a mediados de la década de los noventa, economistas nicaragüenses se plantearon el desafío de visibilizar el trabajo de la mujer en la economía nacional cuantificando real y objetivamente el aporte del trabajo doméstico de las mujeres a la economía en las cuentas nacionales[18]. Más recientemente se han propuesto métodos de valoración de la producción doméstica, considerando las debilidades y fortalezas de cada perspectiva. Uno de los métodos basados en el input es el de coste de oportunidad. En ese caso, se toma como referencia el salario al que renuncia la persona que se dedica a la actividad doméstica. Este método adolece de un criterio para establecer de qué salario se habla, puesto que la valoración se hace según la calificación del trabajador y no según su producción (entonces sería más beneficioso que la mujer se quede en el hogar, porque su coste de oportunidad sería menor y por lo tanto menor su calificación). Otro método valora el trabajo doméstico según el costo que tendría contratar a alguien para que hiciese las tareas domésticas a tiempo completo. El método de coste de reemplazamieto debe responder el interrogante de cuánto cuesta pagarle a una persona que sustituya completamente al “ama de casa”; si bien es más sensato que el anterior, nunca puede tomar en cuenta la totalidad de las tareas domésticas (toma de decisiones, planificación de tareas, recordar a otros sus responsabilidades, etc.). Sólo considera las tareas de ejecución. Finalmente, el método de coste de los servicios supone una superación del anterior porque toma como referencia el costo en el mercado de la actividad doméstica por separado. Pero por exceso, este método calcula tiempo demás: no considera que muchas tareas domésticas se hacen conjuntamente (se prepara comida mientras funciona el lavarropas, se controla la tarea de los niños y niñas mientras se cose la ropa o se limpia la casa, etc.).

Por otra parte, los métodos basados en el output se dirigen al valor agregado por la diferencia entre inputs (elementos de la producción) y outputs (resultantes del proceso de producción) que viene dado por el rendimiento del tiempo aplicado a los input (sean bienes: alimento, vestido, capital físico: electrodomésticos, o capital humano: educación, salud). Primero debe calcularse el valor añadido por la producción doméstica y luego el ahorro por haber realizado la producción propia y no comprar en el mercado[19].

Esos intentos de cálculos bastarían para advertir sobre la incidencia del trabajo doméstico en la economía. Sin embargo, otras variables sociales complejizan el análisis: el trabajo de cuidado de las mujeres se despliega en el ámbito de las unidades domésticas, generalmente conformadas a partir de lazos de parentesco, por eso es importante incorporar el enfoque de género a los estudios económicos que permiten ver las diferencias intrafamiliares. En ese sentido, cuestionamos la noción de que las mujeres elijen de manera altruista una posición subordinada dentro de la división económica del trabajo familiar. Un creciente número de investigaciones prueban que el hogar es sede de conflictos económicos, además de ser un lugar de cooperación[20]. La evidencia de esa tesis es que el ámbito privado y familiar es un espacio social que como tal debe ser historizado, cuyos alcances y límites son históricamente variables y se definen en el contexto de la interacción y confrontación con las demás instituciones, públicas y privadas que intervienen en el proceso[21]. Por ejemplo, es sabido que ante situaciones de crisis estructural, las familias más pobres y menos calificadas se vieron obligadas a acrecentar la participación económica de sus miembros[22]. Al intensificar su tiempo de trabajo las mujeres contribuyen al bienestar del núcleo familiar en detrimento del propio[23].

Sobre fenómenos como el recién descrito, es decir, las formas en que los procesos sociales y económicos afectaron de modo diferente y desigual a mujeres y varones, han teorizado desde hace algunos años historiadoras y economistas críticos y marxistas. Intentando romper con los abordajes dicotómicos, algunas historiadoras marxistas comenzaron a considerar sexo y clase como divisiones sociales que se fundamentaban en los sistemas de dominación y explotación. Las décadas de los setenta y los ochenta han sido prolíficos en los debates sobre la relación entre patriarcado y capitalismo. En el centro de la discusión se hallaba la demostración de que las mujeres eran objeto de un doble sistema de explotación y se sostenía que desde la tradición marxista no se había tenido en cuenta la articulación entre capitalismo y patriarcado[24]. Desde los años noventa se introdujo al debate el análisis de los resultados del embate neoliberal en Latinoamérica: esa problemática combinaba varios elementos, pero entre ellos se destacaba la tesis según la cual “el capital” separó un espacio para el trabajo femenino y lo precarizó. En suma, es notable que la explotación del trabajo femenino fuera un laboratorio para la explotación del trabajo en general[25].

Unos años antes, cuando Braverman[26] se refería a que la lucha por el control del proceso de trabajo entre capital y trabajo había llevado a un proceso de decualificación de la mano de obra, argumentaba que una de las causas de ese proceso había sido la creciente participación de las mujeres en el mercado de trabajo. Claro que tanto esa tesis como los términos en que definía el concepto de decualificación  motivó una fuerte crítica por parte de mujeres feministas. Pero lo que nos interesa aquí no es el combate contra Braverman sino evidenciar que la noción de cualificación (como muchas otras categorías) no es un concepto exclusivamente técnico sino que está modelado socialmente y depende básicamente de los esfuerzos masculinos –canalizados a través de sindicatos- para intentar reservar los criterios de mayor cualificación para las tareas de realizan los hombres, excluyendo a las mujeres de los puestos mejor remunerados. Esto guarda relación con la diferenciación entre “trabajos masculinos” y “trabajos femeninos”, es decir con la segregación de los empleos por sexo como consecuencia de las relaciones de clase y género. Los estudios feministas críticos están poniendo de manifiesto que el mercado laboral no es una entidad sexualmente neutra y que las relaciones de género están en la base de la organización del trabajo y la producción[27]. ¿Podremos someter a una crítica similar el concepto de precarización? El análisis de la precarización laboral no sólo puede arrojar luz sobre los modos en que afecta a los trabajadores según el sexo sino también permite discutir sobre los modelos sociales de organización del tiempo asociados a mujeres; esos modelos determinan una estructura sexuada del mercado de trabajo y en consecuencia, de la precariedad.

 

Agenda de problemas

 

Los estudios feministas sobre las relaciones intrafamiliares si bien abordan en su complejidad esos vínculos y su impacto en el bienestar de niñas y mujeres, poco se ocupan de su perspectiva a largo plazo; es decir de la dimensión procesual del asunto. Investigaciones de carácter empírico sobre las áreas metropolitanas argentinas se interrogan por las formas de transmisión intergeneracional de la pobreza y lo estudian desde el enfoque de activos y estructura de oportunidades, asumiendo que la centralidad puesta en las estrategias que los pobres desarrollan para sobrevivir está íntimamente ligada al problema de su medición[28]. La idea de familia en estos casos se encuentra vinculada a los conceptos de unidad domestica y de hogar y estos se conforman mayormente en base al criterio básico del parentesco, fundamento y vehículo de la reproducción de las desigualdades sociales. Como sostiene Jelin[29] debido a su naturaleza intergeneracional, la familia es una instancia mediadora entre la estructura social en un momento dado y su evolución histórica. Pero en su interior, la familia tiende a transmitir y reforzar los patrones de desigualdad existentes.

Esto nos interesa especialmente porque la composición del hogar, la existencia de vínculos de parentesco o no en su interior y las formas en que se resuelven las condiciones materiales del mismo, son variables que forman el contexto de las mujeres que resuelven iniciar (solas o en forma asociativa) un microemprendimiento[30]. Desde  comienzos de este siglo y en parte producto de la crisis desatada en 2001, la Municipalidad de Rosario (Santa Fe, Argentina) promueve el desarrollo de formas productivas y de comercialización de tipo solidarias que son monitoreadas desde la Subsecretaría de Economía Solidaria de la Secretaría de Promoción Social y se ejecutan en diversos programas. Desde el gobierno local, se considera al sistema económico organizado en tres fracciones que se articulan para generar el producto (social) y aportan a la reproducción de la vida de todas las personas: la economía privada, la economía pública o del Estado y la economía del trabajo. Posiblemente basados en análisis de la composición de los hogares vulnerables, es que entre las condiciones del gobierno local para reconocer a los microemprendimientos es que no coincidan con las familias nucleares[31].

Buena parte del espíritu de estos programas es tributario de algunos trabajos de José Luis Coraggio[32]; en términos generales esas propuestas circulan en torno a la tesis que sostiene que debe construirse otra economía y que debe ser social porque no sólo debe producir y distribuir bienes y servicios materiales sino también generar y posibilitar nuevas relaciones sociales, mejores relaciones con la naturaleza, diferentes modos de reproducción, opciones de vida en sociedad diversas del paradigma del capitalismo individualista. Para lograr esos objetivos se debe reconocer que las estrategias tienen sujeto y el sujeto de la Economía Social y Solidaria no es una clase o un segmento de la sociedad civil sino que se trata de un sujeto que se construye, se hace como la convergencia flexible de múltiples movimientos de liberación, de resistencia, de reconstrucción orientada por la crítica al sistema capitalista como se presenta en este siglo XXI. Los conceptos reciprocidad, redistribución, planificación, autarquía son nodales en estas explicaciones.

Sin cuestionar la capacidad explicativa de estos conceptos, pensamos que suele circular cierto idealismo alrededor de estas experiencias; posiblemente sean depositarios de más expectativas de las que su estructura y las limitaciones del mercado le permitan sostener. Por ejemplo, investigaciones recientes detectaron que las dificultades más frecuentes se encuentran relacionadas a la planificación previa, ya sea su misión, visión, estrategia, objetivos y planes de trabajo y acción. De eso deviene que la planificación de estos microemprendimientos sea a corto plazo y mirando hacia su interior. En términos de gestión, eso imposibilita la incorporación de procesos adecuados de decisión, provocando fallas en la asignación de recursos, responsabilidades y distribución de tareas que en definitiva limitan la productividad del emprendimiento y en algunos casos, llevan a su fracaso (e inmediata desaparición). En las esferas de planificación, comercialización y financiamiento también se detectan desaciertos. Según los estudios[33], estas debilidades suelen ser sorteadas por el tamaño reducido de la empresa, las relaciones sociales en su interior que conforman una fuerte identidad grupal y la consiguiente solidaridad entre sus miembros.

El transcurrir cotidiano da cuenta de que las experiencias de economía social son cada vez más numerosas aunque estén subrepresentadas en las estadísticas y como señalan atinadamente Caracciolo Basco y Foti[34], ante la opinión pública se divulgan sólo aquellos que son el resultado de exitosos emprendedores individuales que hallaron nichos de mercado con productos muy diferenciados con fuerte incorporación de tecnología. Más el trabajo gris y cotidiano de las mujeres que sostienen diariamente sus pequeños emprendimientos no son conocidos del mismo modo por el conjunto de la sociedad. Sin embargo afortunadamente hay estudios específicos que se ocupan de ello. Unos son análisis sobre la participación económica de las mujeres en formas de organización del trabajo propias de la economía solidaria que buscan una inserción económica y social más equitativa; incluso se ha tomando para el análisis las modalidades de empoderamiento económico y social, que algunos consideran fuera de las relaciones salariales propias del capitalismo[35]. Para el caso de Rosario, Kahan expone un análisis exploratorio descriptivo de los microemprendimientos subsidiados; la autora se ocupa especialmente de indagar en las áreas de planificación, comercialización, y financiamiento de los mismos. Aunque no incorpora variables para analizar el caso de las mujeres, proporciona elementos para comprender los mecanismos de gestión de esos emprendimientos[36]. Sobre la misma región, Bernasani[37] ha profundizado en una de las formas que adquieren los microemprendimientos: las ferias comerciales, que presentan características específicas en tanto se originaron desde la estructura municipal (a diferencia de otras que son autogestionadas y el gobierno local solamente provee el espacio de desarrollo). Hacia fines del 2002 en las plazas más importantes de los Centros Municipales de Distritos[38] se realizaban ferias en días fijos. La investigación de Bernasani proporciona unos apuntes sustanciales que aportan al objeto que estamos construyendo. Sobre una población provincial total de 3.156.308 habitantes, la económicamente activa del Gran Rosario eran 545.220 personas y la del Gran Santa Fe 187.231; luego concluye que en el Gran Rosario se concentraba el 73% de los puestos de feria[39]. Entonces en Rosario se hallaba la mayor cantidad de personas en condiciones de trabajar y que intentaba resolver su economía a través de la comercialización de su producción en ferias municipales.

Lo que sigue es una evaluación de la cantidad de microemprendimientos según cada uno de los programas municipales[40].

 

RUBRO

% de Microemprendimientos

Agricultura Urbana

9

Producción de Alimentos

23,89

Vestimenta y Calzado

18,29

Producciones Artesanales

25

Reciclado de Residuos

4,31

Servicios a la Construcción

1,02

Producciones Animales/Crecer

4,59

Oficio

9

Servicios

4,9

 

El 65% de esos emprendimientos están liderados por mujeres y en el 83% de ellos hay participación femenina. Una simple articulación entre ambos cuerpos de datos da cuenta de que la mayoría de los microemprendimientos tiene composición y/o dirección femenina y que además se ocupan de las tradicionales tareas de cuidados a que se destina a las mujeres: alimento, vestido y atención del hogar.

Si bien existe consenso sobre que estas formas de emprendimientos asociativos más o menos novedosos, en la mayoría de los casos son estrategias de subsistencia y resistencia ante la crisis y el desempleo, pensamos que esa marca de origen puede tornarse en su devenir en una herramienta que favorezca una transformación subjetiva de los implicados, especialmente en el caso de las mujeres, que al concientizarse del significado de su trabajo (mercantil y no mercantil), le otorguen una valoración positiva, no sólo en el ámbito doméstico o familiar sino por su contribución a ubicar como eje de la actividad económica a los sujetos y no la ganancia.

Si esto fuese así ¿quiere decir que el tránsito de la actividad de cuidado a la de mercado puede contribuir a que las mujeres emprendedoras desafíen las desigualdades de género? Los microemprendimientos, ¿podrían ser  tomados como escalones hacia la subversión de las relaciones patriarcales? En principio, las mismas condiciones impuestas por el gobierno local –impedir que en los emprendimientos participen personas del mismo núcleo familiar-  contribuyen a que las mujeres puedan evadir alguna estructura de sujeción parental, que en el caso de las empresas familiares mercantiles parecen subordinar con más dureza a mujeres y niñas.[41]  Asimismo, contamos con múltiples experiencias históricas en las que las mujeres, por presión propia, o impulsadas por el contexto, han ocupado de diversos modos el espacio público y en ese tránsito fueron constituyéndose en sujetos más autónomos, librándose gradual o repentinamente de algunas estructuras de sujeción patriarcales. Evaluando las primeras aproximaciones a los casos de análisis nos inclinamos a sostener una respuesta positiva a aquellos interrogantes, que indicarían que existen condiciones necesarias para indagar en ello.

La investigación empírica orientada por marcos conceptuales económicos sensibles a las realidades generadas por la desigualdad de género serán orientaciones apropiadas no sólo para contar con nuevos datos, sino para evidenciar la significatividad de incorporar el género como variable de análisis social, demostrar la relevancia y la especificidad de la contribución de las mujeres a la economía y eventualmente, contribuir a la generación y promoción de políticas públicas inclusivas que, aun como efecto no deseado de los gobiernos de turno, lejos de reproducir las desigualdades existentes, aporten a disolverlas.

 

 

RESUMEN

 

Los estudios de mujeres y género con perspectiva económica: un estado de la cuestión y una agenda de problemas

 

La intención de esta presentación es recorrer la producción académica más reciente sobre las formas en que la economía y los economistas incorporan a sus análisis la perspectiva de género, para destacar entre ellos los que se ocupan de las experiencias de mujeres que lideran o conducen formas productivas y de comercialización (los llamados “microemprendimientos”) tendientes a una mayor inclusión de los sectores sociales vulnerables, cimentadas en la creación y fortalecimiento de redes sociales y la recuperación y apropiación de conocimientos y prácticas previos.

 

Palabras clave: Economía – Género - Mujeres - Microemprendimientos

 

 

ABSTRACT

 

The women's studies and gender with economic perspective: antecedent and an agenda of problems

 

The aim of this text is to revise the academic current production on the way in which the economy and the economists incorporate in your analyses the perspective of gender to stand out among them those who study the women's experiences that there lead the so called microemprendimientos that mean a major incorporation of the social vulnerable sectors, social nets and recovery create and strengthen previous knowledge.

 

Key words: Economy – Gender - Women – Microenterprises

 

 

Recibido: 01/02/2011

Aprobado: 20/07/2011

Versión final: 25/07/2011

 

 

Notas



[1] Agradezco los valiosos comentarios y sugerencias de las evaluadoras de este artículo; también ha sido sometido a la lectura de algunas amigas y colegas, con quienes sostenemos que evidenciar los prejuicios sexuales en el nivel de la estructura social de las ciencias contribuye a que los prejuicios sexuales en otros niveles sean también visibilizados. Vanesa Dell' Aquila y Graciela Aguirre han realizado aportes que no han sido plenamente incorporados en esta versión, pero que ya están instalados en mi mesa de trabajo.

(*) Dra. en Humanidades y Artes (mención Historia), Docente Teoría Económica, Escuela de Historia, Facultad de Humanidades y Artes, Universidad Nacional de Rosario. Becaria Postdoctoral en el ISHIR-CONICET.

[2] CARRASCO, Cristina (Ed.) Mujeres y economía: nuevas perspectivas para viejos y nuevos problemas. Icaria, Barcelona, 1999.

[3] Esta selección se funda en nuestro interés investigativo articulado en torno a las mujeres que lideran o conducen los llamados “microemprendimientos”, formas productivas y de comercialización para una mayor inclusión de los sectores sociales vulnerables, cimentadas en la creación y fortalecimiento de redes sociales y la recuperación y apropiación de conocimientos y prácticas previos.

[4] HUMPHRIES, Jane Gender and Economics, Edward Elgar, London, 1995.

[5] CARRASCO, Cristina, op. cit.

[6] NELSON, Julie Economics for Humans. University of Chicago Press, Chicago, 2006.

[7] RODRIGUEZ ENRIQUEZ, Corina “Empleo femenino, economía del cuidado y políticas públicas. Algunas consideraciones desde la evidencia argentina”. EN: CARBONERO GAMUNDÍ, María y LEVÍN, Silvia (Comps.) Entre familia y trabajo. Homo Sapiens, Rosario, 2007.

[8] La autora recurre al término “mercado de empleo” en lugar del más difundido “mercado de trabajo”, para indicar que el primero refiere sólo a una manifestación del trabajo humano, aquel que adopta la forma de mercantil.

[9] LEVIN, Silvia. CAMPOSTRINI, Adela, SOSA, Ruth. VORAS, Claudia “La política de género de las políticas públicas en Argentina”. EN: CARBONERO GAMUNDÍ, M. y LEVÍN, S. (Comps.) op. cit.; CERRUTTI, Marcela y GRIMSON, Alejandro “Buenos Aires, neoliberalismo y después. Cambios socioeconómicos y respuestas populares”. EN: Cuadernos del IDES, Nº 5. Buenos Aires, Octubre de 2004.

[10] WAINERMAN, Catalina “Familia, trabajo y relaciones de género”. EN: CARBONERO GAMUNDÍ, M. y LEVÍN, S. (Comps.) op. cit

[11] La noción de cuidado refiere a los elementos que hacen al cuidado a las personas y que proveen las condiciones materiales y culturales para la vida en sociedad (alimento, educación, hábitat confortable). Según Rodríguez Enríquez, asociar el concepto de economía al de cuidado refiere a los aspectos que generan valor económico. “Lo que particularmente interesa a la economía del cuidado, es la relación que existe entre la manera cómo las sociedades organizan el cuidado de las personas, y el funcionamiento del sistema económico”. RODRÍGUEZ ENRÍQUEZ, Corina “¿Cuanto hay de economía en la economía del cuidado? (y por qué esto debería interesarnos)”. EN: Cuadernos Mujer Salud Nº 13, 2008.

[12] BAS CORTADA, Ana y DANIELETTO, Marta “Hacia un sistema integrado de estadísticas de la mujer: el trabajo doméstico”. EN: KNCHER, Lidia y PANAIA, Marta La mitad del país. La mujer en la sociedad argentina. CEAL, Buenos Aires, 1994.

[13] PAZOS MORÁN, María “El papel de la igualdad de género en el cambio a un modelo productivo sostenible”. EN: III Encuentro Europeo Mujeres, Género y Economía. Sevilla, Marzo 2010.

[14] FRIEDAN, Betty, “El Problema que no tiene nombre”. EN: FRIEDAN, Betty, La mística de la feminidad, Juncal, Barcelona, 1974.

[15] Por ejemplo en el caso de Estados Unidos, se denuncia que el cuidado infantil ya no es parte de la agenda nacional. Desde mediados de los años setenta el clima político se tornó cada vez más reacio a la idea de usar fondos federales para subsidiar la vida cotidiana de las familias trabajadoras más pobres, dando por resultado que “la gente sufre la crisis sola y en privado, sin advertir que la crisis del cuidado es un problema de alcance nacional. Muchas mujeres jóvenes desesperan por encontrar una forma de conciliar trabajo y familia, pero creen que el dilema que les plantea el cuidado de los niños es personal y que son ellas las que deben encontrar una solución individual”. ROSEN, Ruth “La mujer, en la crisis del éthos del cuidado”. EN: Sin Permiso, 18 de marzo de 2007. www.sinpermiso.info

[16] DELPHY, Christine Por un feminismo materialista, el enemigo principal y otros textos. La Sal, Barcelona, 1985.

[17] Por ejemplo los trabajos agrícolas cuya cosecha es vendida luego en el mercado.

[18] RENZI, María Rosa y AGURTO, Sonia La esperanza tiene nombre de mujer: la economía nicaragüense desde una perspectiva de género. Fundación Internacional para el desafío económico, Managua, 1996.

[19] Una explicación más compleja puede obtenerse en BAANANTE GISMERO, Almudena “El trabajo domestico (análisis económico desde una perspectiva de género). Observatorio de Género, Instituto de derecho publico comparado. Madrid, S/F.

[20] FOLBRE, Nancy y HARTMANN, Heidi “La retórica del interés personal: ideología y genero en la teoría económica”. EN: CARRASCO, Cristina; op. cit.

[21] GRASSI, Estela “Nuevo discurso familiarista y viejas prácticas de disociación en la redefinición de los contenidos de la legitimación del orden social”. EN: TARDUCCI, Mónica La producción oculta. Contrapunto, Buenos Aires, 1990.

[22] ENGUÍA, Amalia, PIOVANI, Juan y SALVIA, Agustín Género y Trabajo: asimetrías intergéneros e intragéneros. Áreas metropolitanas de la Argentina, 1992-2002. EDUNTREF, Buenos Aires, 2007. En las últimas décadas frente a una crisis económica generalizada continúa aumentando la participación laboral femenina. Destaca Carrasco que las mujeres son en muchos países el único sector de población cuya actividad aumenta durante la recesión. CARRASCO, Cristina (ed.) op. cit.

[23] PASQUALI, Laura, “La doble desigualdad”: género, clase y precarización del trabajo femenino”. Actas III Jornadas de Economía Crítica. Estado, políticas económicas y acumulación de capital. Rosario, 2010.

[24] DE MARTINO BERMÚDEZ, Mónica “Género y clases sociales. Debates feministas en torno a E. P. Thompson”. Revista Herramienta, Nº 23, Buenos Aires, Julio de 2003.

[25] ANTUNES, Ricardo Los sentidos del trabajo. Ensayo sobre la afirmación y la negación del trabajo. Herramienta – TEL, Buenos Aires, 2005; PICCHIO, Antonela “Conferencia Inaugural” de las Jornadas Tiempos, trabajos y género realizadas en febrero de 2001 en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Barcelona, Octubre de 2001.

[26] BRAVERMAN. Harry, Labor and Monopoly Capital. Montly Review Press, New York, 1974.

[27] CARRASCO, Cristina op. cit.

[28] GOLOVANESVSKY, Laura. Vulnerabilidad y transmisión intergeneracional de la pobreza. Un abordaje cuantitativo para la Argentina del S XXI. Tesis doctoral, Facultad de Ciencias Económicas, UBA, 2007. Si bien no forma parte del desarrollo de la autora, advierte que el hogar como unidad de análisis supone la inexistencia de desigualdades intrafamiliares; si la realidad está lejos de tal igualdad, suponerla al momento de construir indicadores sociales, puede implicar una subestimación del grado de desigualdad al interior del hogar.

[29] JELIN, Elizabeth y HERSHBERG, Eric (eds.) Construir la democracia: derechos humanos, ciudadanía y sociedad en América Latina. Nueva Sociedad, Caracas, 1996. JELIN, Elizabeth Pan y afectos. La transformación de las familias. FCE, Buenos Aires, 1998.

[30] Una definición muy básica de microemprendimiento suelen referir de un proyecto unipersonal o con un número limitado de integrantes, generalmente miembros de una familia, que ejercen un rol protagónico que resulta en liderazgos sólidos. Veremos que la Municipalidad de Rosario propone algunas condiciones para los microemprendimientos vinculados a sus estructuras (por subsidios o capacitación).

[31] Quienes estén interesados en recibir subsidio o capacitación de la Subsecretaría de Economía Solidaria de la Municipalidad, debe inscribirse en el Centros de Distrito correspondiente a su domicilio. Como condición se les requiere que sean al menos  dos personas, debe tratarse de una asociación (es decir no puede tratarse de vínculos consanguíneos directos, aunque puede tratarse de miembros de una familia extensa); ante el municipio deben tener un responsable único con domicilio en la ciudad de Rosario. Concretamente, los microemprendimientos a los que hacemos referencia están registrados ante la Subsecretaría de Economía Solidaria de la Secretaría de Promoción Social de la Municipalidad y se inscriben en diferentes programas, según el rubro económico: Agricultura Urbana, Producción de Alimentos, Vestimenta y Calzado, Producciones Artesanales, Reciclado de Residuos, Servicios a la Construcción y Producciones Animales.

[32] CORAGGIO, José “La Economía social y solidaria como estrategia de desarrollo en el contexto de la integración regional latinoamericana”. Encuentro Latinoamericano de Economía Solidaria y Comercio Justo. Montevideo, 2008.

[33] KAHAN, Yanina “Microemprendimientos subsidiados de la ciudad de Rosario”. Maestría en administración de empresas. Facultad de Ciencias Económicas y Estadísticas, UNR. 2008; ARANCIBIA, Inés, COSTANZO, Valeria, GOLDIN, Javier, VAZQUEZ, Gonzalo Una aproximación a la experiencia de los microemprendimientos en la Argentina actual. Equipo de Economía Social, Universidad Nacional de General Sarmiento. Mimeo.

[34] CARACCIOLO BASCO, Mercedes y FOTI, María Del Pilar Las mujeres en la economía social y solidaria: experiencias rurales y urbanas en Argentina. UNSAM, IADE, UNIFEM, Asoc. Lola Mora. Buenos Aires, 2010.

[35] CARACCIOLO BASCO, M. y FOTI, Ma., op. cit.

[36] KAHAN, Yanina; op. cit.

[37] BERNASANI, Jorgelina Las ferias de la Municipalidad de Rosario, ¿una salida a la crisis del 2001? Seminario general, Facultad de Humanidades y Artes, UNR. 2006.

[38] La Municipalidad de Rosario inició un proceso de Descentralización en el año 1995. Entre sus objetivos estaban la eficacia y eficiencia, acercar a los vecinos y promover un desarrollo más armónico y democrático de la ciudad. En ese sentido se proponía consolidar nuevos ciudadanos a fin de resolver en forma más práctica las problemáticas administrativas cotidianas, entre otras. Esos ámbitos, los Centros Municipales de Distritos (CMD) son producto de una zonificación que resultó de este modo: CMD Centro "Antonio Berni"; CMD Norte "Villa Hortensia"; CMD Noroeste "Olga y Leticia Cossettini"; CMD Oeste "Felipe Moré"; CMD Sudoeste; CMD Sur "Rosa Ziperovich".

[39] En base a datos de la Encuesta Permanente de Hogares (barrido territorial del CNE 2004/2005).

[40] Elaboración propia en base a datos de la Subsecretaría de Economía Solidaria, Secretaría de Promoción Social, Municipalidad de Rosario (2010).

[41] Agradezco a Graciela Aguirre la observación sobre este punto de análisis, que en virtud del impacto cuantitativo del comercio bajo explotación familiar, amerita ser profundizado.